La frontera de piedra Capítulo XVI #3
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Capítulo XVI #3

–Bueno, imagino que en unos pocos días se me pasará.

–Marta siempre guarda un poco de mostaza en la despensa... Aguarda, tomaré un poco para prepararte un emplasto. Mañana nadie se dará cuenta de que la hemos usado. ¿Dónde estará el mortero...?

Goar la contempló mientras se movía de un lado a otro, hablando entre dientes para sí misma, atareada.

–Quítate la camisa –le dijo, con un tono que no admitía réplica.

El alano dudó, súbitamente avergonzado, pero no le quedó más remedio que hacer lo que le decía.

Cuando los dedos de Fara, fríos, le recorrieron la piel, sintió que el vello de la nuca se le erizaba.

La chica se esforzaba en extender la mezcla y, entretanto, otras partes de su cuerpo también comenzaron a reaccionar al contacto; la tensión comenzó a concentrársele bajo el ombligo, en un punto concreto de su entrepierna, y Goar se removió, ruborizado.

Pero Fara simplemente prosiguió con su tarea, aunque el muchacho habría jurado que mantenía el contacto unos instantes más de lo necesario.

Un ruido procedente del comedor los sobresaltó. Goar se enfundó la camisa con rapidez, pero, antes de que tuviera tiempo para abrir la boca, Fara había depositado un fugaz beso en sus labios y luego se había marchado.

* * *

Julio del año 377. Cerca de Ad Salices

Marcianópolis había ardido hasta los cimientos.

Los godos se habían derramado como un torrente furioso por sus calles, e incluso las piedras, ennegrecidas por el fuego, seis meses después seguían mostrando las huellas de su rabia.

Las llamas habían danzado a placer, y nadie se había molestado en retirar los cadáveres ni en maquillar las heridas de la masacre.

Tras saquear la urbe, rapiñar los objetos de valor, enseres, ropas, comida y armas, los godos habían vuelto a su campamento en los campos cercanos.

Fritigerno, que había propiciado la rebelión, se había convertido, en cierta manera, en el nuevo caudillo, aun cuando eran muchos los que preferían no reconocer autoridad alguna.

Y cada día improvisadas partidas de saqueadores se dispersaban hacia los cuatro puntos cardinales para dar rienda suelta a su sed de botín y venganza.

Se habían convertido en un pueblo desmembrado, ebrio de sangre, huérfano de guía.

Las tropas de Ricomero y Frigerido se acercaban un poco más cada día.

Habían avanzado hacia el este sin contratiempos, dejando atrás Panonia y adentrándose en las provincias bajo la autoridad del emperador Valente.

A medida que se encontraban con aquellos grupos de godos, se ocupaban de aislarlos y reducirlos; eliminaban a los combatientes y enviaban a las mujeres y niños al oeste.

Sin embargo, conforme se adentraban más en Oriente; los problemas parecían multiplicarse: nuevas bandas de greutungos, alanos y taifalos se habían unido al caudillo principal de los tervingios.

La situación resultaba cada vez más delicada para los generales de Valente.

Esa noche, todos los oficiales, incluido Cayo Nepociano, fueron reclamados en la tienda de campaña de Ricomero.

Nepociano estudiaba en silencio a los dos comandantes principales de la columna de apoyo llegada desde Occidente.

Tras tantos días de marcha, la mayoría de ellos salpicados de escaramuzas e incertidumbre, ambos parecían cansados.

«Y eso que todavía no ha llegado lo peor», se dijo, acordándose de las palabras de Torcuato; por lo que había relatado el comerciante, habían permitido ingresar a decenas de miles de bárbaros más allá de la frontera sin más plan que el de esquilmarlos y beneficiarse de su miseria.

Lupicino había demostrado ser tan inconsciente como negligente, y el tribuno estaba convencido de que habría de pagar un alto precio por ello.

Allí por donde pasaban, los estragos causados por los saqueadores godos, ansiosos de botín y de venganza, eran evidentes.

Aldeas y ciudades arruinadas, campos que deberían ser fértiles anegados en ceniza, sus frutos arrasados; ruina y miseria allá donde la vista se posara.

Y, de telón de fondo, la certeza de que lo más duro de la campaña empezaba a partir de entonces.

Tras las breves palabras de Ricomero, había sido uno de los oficiales enviados por el general de Valente, Trajano, quien los había informado de los progresos de su comandante.

Aquél y su homólogo Profuturo estaban consiguiendo arrinconar al grupo principal de godos tervingios y reclamaban que las tropas recién llegadas cerraran la tenaza para acabar de una vez con aquellos hombres que, tras haber arrasado Marcianópolis, habían puesto cerco a Adrianópolis, aunque sin éxito todavía.

Pero había que darse prisa, pues los exploradores de Profuturo, a cargo de la caballería de Valente, aseguraban que una nueva horda, en este caso de greutungos, alanos y taifalos, descendía desde el Istro a marchas forzadas, dispuesta a unirse a las tropas de Fritigerno.

Nepociano resopló. Si no conseguían evitarlo, se encontrarían en una situación realmente complicada.