La frontera de piedra Capítulo XVI #2
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Capítulo XVI #2

Goar lo miró, tranquilo, mientras Palaco estiraba los brazos para dejar a la vista sus bien desarrollados bíceps.

Era más grande y fuerte que la mayoría de los legionarios que estaban ese día con ellos, no sólo que Marcial.

Alto, fuerte y provocador, por fin iba a poder dar su merecido a aquel mocoso, y con el beneplácito de su instructor.

Se acercó a él con una sonrisa siniestra en los labios, pero Goar permaneció inmóvil, sosteniéndole la mirada.

No pensaba darle el gusto de escucharlo protestar por un emparejamiento tan desequilibrado.

Como si fuera un combate real, no había posibilidad de elegir.

–¿Estás preparado, chico? –le preguntó Marcial.

–Siempre lo estoy –aseguró, escupiendo a un lado y sin desviar la mirada de su oponente.

Marcial estalló en una carcajada. Le gustaban aquellos alanos indómitos y valientes hasta la locura.

–Es más grande y fuerte que tú, Goar, y no tienes arco ni caballo que inclinen la balanza a tu favor. –El muchacho lo miró con gesto serio–. Pero así es la vida, hijo. Considera que el sufrimiento también forma parte de tu instrucción.

Goar fijó su atención en su espada de entrenamiento. Era casi del tamaño de su brazo y, aunque de madera, un golpe con ella resultaba muy doloroso, como había comprobado no pocas veces.

–Nos queréis como fuerza de caballería. ¿Qué sentido tiene combatir a pie? –masculló Goar entre dientes.

Marcial no sonrió.

–Roma lucha a pie. Yo lucho a pie. Y vosotros, por más que os agarréis al caballo como si fuerais garrapatas, también tendréis que hacerlo alguna vez.

Podéis perder vuestra montura o caer al suelo en algún lance.

Lo único que pretendo es que, llegado ese momento, salvéis la vida.

¿Te parece suficientemente loable mi propósito, chico?

Goar cerró la boca, aunque seguía sin estar de acuerdo.

Sin más, golpeó el suelo con el pie y se giró para situarse cara a cara frente a Palaco.

Éste lo miraba con una expresión a caballo entre el desprecio y la ansiedad de tenerlo al fin a su alcance.

Goar volteó la espada en la mano con parsimonia antes de colocarse en la posición de defensa que les había enseñado Marcial: la pierna izquierda flexionada y ligeramente atrasada, el escudo de madera al frente, el arma junto a éste.

Palaco le dedicó una mirada cargada de suficiencia; una mirada de cabrón, como la había descrito Fariban tiempo atrás, o pathicus , como había escuchado que se insultaban los soldados de la guarnición.

Palaco no se entretuvo en preliminares. Se abalanzó hacia él, dispuesto a apabullarlo por medio de la fuerza bruta.

Sin embargo, Goar se lo esperaba. Era un luchador ágil y tenaz, incluso a pie, y pensaba demostrarlo.

Desvió los golpes balanceando el escudo con ímpetu.

Su abuelo nunca había utilizado una de aquellas protecciones; él confiaba su defensa en la armadura con que se revestía y utilizaba ambas manos para afianzar el contus .

Sin embargo, aquella protección de madera no le parecía tan mala idea.

Amparado tras ella, consiguió fintar un ataque y alejarse de su oponente para buscar un respiro.

–¿Piensas retroceder hasta la ciudad, chico? –protestó Marcial a voz en grito–. Vamos, ¡vamos!

La expresión de Palaco se contrajo en una mueca de placer, anticipando su primera victoria sin paliativos sobre aquel mocoso que hasta ese día parecía hacerlo todo mejor que él.

Goar tenía la frente perlada de sudor, y su brazo izquierdo pasaba del dolor ardiente al entumecimiento a cada golpe.

Contrariado y furioso, dio un paso adelante y golpeó con su rodela en la de Palaco, quien, obligado a retroceder por primera vez, lo miró ahora con sorpresa.

–¿Ves? ¡No es tan difícil! Avanza, chico, avanza. Un romano siempre avanza, bajo cualquier circunstancia.

Goar apenas escuchó esas palabras. Apretaba los dientes, pues la espada de Palaco golpeaba sin clemencia sobre su escudo.

Rehaciéndose con dificultad, empujó de nuevo, y por un momento su oponente descuidó la defensa.

Goar lo golpeó en el muslo, pero no con el impulso suficiente como para que la estocada tuviera fuerza.

Obligado a retroceder de nuevo, incapaz de ver lo que había a su espalda, trastabilló y cayó al suelo sin tiempo para protegerse del siguiente golpe.

Y ver al muchacho indefenso pareció dar alas a Palaco, que siguió golpeando su escudo con rabia, como si se esforzara en desmochar un tronco ya caído.

Con una expresión enloquecida, finalmente consiguió apartar de una patada la protección con que se cubría el abdomen, y Goar quedó totalmente desprotegido.

Habría querido gritar, pero era demasiado orgulloso.

El primer golpe le robó el aliento; el segundo le arrancó un aullido de dolor.

No podía alzar el escudo, atrapado bajo el pie de Palaco; lo soltó como pudo y usó los brazos para cubrirse la cabeza, aovillando el cuerpo de manera que ofreciera la menor superficie posible a los golpes que llovían sobre él.

De repente, un sonido distinto. La vara de mando de Marcial había restallado en el aire, impactando en la muñeca de Palaco, que dejó caer la espada y se volvió, bufando de furia, dispuesto a enfrentarse a aquel que se había atrevido a interrumpirlo.

El centenario le sostuvo la mirada hasta que pareció entrar en razón

–El combate ha terminado. Ya está bien por hoy. Bien hecho, Palaco; me alegra ver que aprendes de los errores. Ahora ve y ayuda a los auxiliares a reunir a los caballos, ya que dudo de que Goar esté en condiciones de hacerlo.

Goar seguía en el suelo, todavía con el rostro cubierto. Escuchó los pasos de Palaco alejándose y cómo su escudo rodaba por tierra. Apretando los dientes, probó a mover el brazo izquierdo, acalambrado. El costado, por su parte, le dolía horrores.

–Ponte en pie –le espetó Marcial.

Recostado sobre el brazo derecho, Goar escupió antes de dedicar una mirada cargada de resentimiento al instructor.

Respiraba con dificultad; había recibido unos buenos golpes, pero también una valiosa lección.

Mejor que fuera un compañero con una espada de madera que el afilado acero de un salvaje más allá de la frontera.

El centenario suavizó el semblante.

–Bien hecho, hijo. Resististe bien, mantuviste tu orgullo. Recuerda que se puede aprender mucho de una derrota; cuando te enfrentes a un enemigo de verdad, lo harás sabiendo dónde está tu límite, y sé que podrás arreglártelas para no cruzarlo.

* * *

Esa noche, Goar volvió a levantarse del catre pasada la medianoche. Tras asegurarse de que todos dormían, se dirigió a la cocina. Allí lo esperaba Fara, sentada en uno de los bancos.

–Ya pensaba que no vendrías hoy –le reprendió la chica, dejándole hueco para que se sentara a su lado.

–No me ha sido fácil levantarme –explicó él, apartando la camisola para mostrarle el costado, inflamado y amoratado.

–Déjame ver. –Fara hizo un gesto impaciente cuando Goar dejó caer la tela–. ¡Venga ya! No me voy a asustar.

Ella emitió un leve silbido al ver el aspecto de los golpes. Él contuvo la respiración al sentir las puntas de los dedos acariciándole los hematomas con extrema suavidad.

–¿Te duele mucho?