Capítulo XVI
CAPÍTULO XVI
Poco tardaron en llegar alarmantes noticias desde Tracia al otro lado del mar.
En ese entonces, Valente se encontraba en Antioquía.
Llevaba años en aquel extremo del Imperio.
Primero, guerreando contra los persas en la nueva frontera que había surgido tras la muerte de Juliano; después, tratando de imponer un gobernante afín a sus intereses en Armenia.
Y, cuando aquel reino parecía pacificado y creía que podrían lanzar por fin un devastador ataque sobre las tierras persas, había estallado una revuelta en el interior del territorio.
Los siempre belicosos isaurios se habían alzado en armas, y meses después la rebelión todavía no había sido sofocada.
La suya era una tierra montañosa y agreste, lo que les daba ventaja sobre el terreno; y sus duros y combativos guerreros conocían las debilidades de las tropas romanas.
Casi al mismo tiempo, Valente había recibido la noticia de que una marea humana, bajo el mando de dos nobles godos a los que desconocía, solicitaban asilo para ellos y los suyos en las provincias de más allá del Istro.
Una circunstancia ciertamente delicada para el Imperio, pero que podía resultar muy provechosa si conseguía manejarla con tiento.
Según los datos, se trataba de una verdadera horda, cuyo número variaba entre los veinte mil y los doscientos mil en función de las informaciones.
Si bien la mayoría eran ancianos, mujeres y niños, también había miles, decenas de miles de aguerridos guerreros con los que podría guarnecer la siempre vulnerable frontera del Istro.
Si bien su primera intención había sido rechazarlos sin contemplaciones, una vez supo que Atanarico, su viejo enemigo, no se encontraba entre ellos, cambió de parecer.
Se había decidido por una solución intermedia: aceptar sólo a los tervingios que renegaran de Atanarico, dejando fuera a los greutungos.
Tal vez así lograra poner remedio a la preocupante situación del limes septentrional y concentrarse en su sueño de recuperar las antiguas provincias de Roma en territorio persa.
Pero ahora, pasados los meses, empezaba a temer que había conseguido precisamente lo contrario a lo que se había propuesto.
–No puedo creerlo. ¿Es acaso tan difícil conseguir un maldito año de paz? ¡Uno sólo! –exclamó Valente, irritado.
Eran dos los hombres que aguardaban sin saber si era necesario, o inteligente, responder a su pregunta.
El tribuno Flavio Constancio, que continuaba instruyendo a las diferentes scholae de caballería en espera de atacar a los temibles jinetes persas.
El otro, un hombre de edad avanzada, cabello blanco y corto y aire marcial; hacía tiempo que había dejado atrás la disciplina militar, y desde entonces se encontraba retirado de la vida pública, pero seguía contando con el respeto del emperador.
Se trataba de Amiano Marcelino, antiguo magister militum ; tras la debacle de Juliano, se había instalado en Antioquía, la ciudad que lo había visto nacer, y se dedicaba a transcribir la historia de cuanto había visto durante sus múltiples años al servicio del Imperio.
Encontraba aquella labor tan fascinante como ardua: encerrado entre legajos, le quedaba poco tiempo para dedicarse a acudir a reuniones sociales.
Sin embargo, uno no podía disculparse y declinar la invitación cuando era el emperador quien lo requería a su lado.
Amiano, tras estudiar el rostro del oficial vándalo, al que poco conocía, y la expresión furiosa de Valente, se decidió a hablar. Era demasiado mayor y había vivido demasiadas cosas como para cohibirse frente a un emperador, o como para temer incomodarlo con sus palabras.
–Tus órdenes eran claras, lo que hace que me pregunte si quienes se encargaron de cumplirlas las ejecutaron tal y como indicaste o no.
Valente golpeó el marco de la ventana con la palma de la mano. Estaba furioso, y de repente se acordó de su hermano: al difunto Valentiniano su malhumor lo había llevado a la tumba, o eso le habían asegurado. Así que intentó serenarse.
–¿Es que acaso es tan difícil limitarse a seguir las órdenes?
«Sí, claro que lo es. Al menos cuando la avaricia de los hombres choca de frente con la razón», pensó el tribuno.
No tenía buena opinión de Lupicino, pero, tras tantos años al servicio de Roma y sus emperadores, era plenamente consciente de que cualquiera podía llegar a ocupar un puesto más alto del previsible, así que no sería él quien lo mencionara.
–Es evidente que no han estado a la altura –continuó el anciano.
–¡Son muy pocos los que lo están! –protestó el emperador–.
No entiendo por qué te empeñas en continuar aquí encerrado, Amiano, armado sólo con tu pluma, como si fueras la sibila, redactando un tomo tras otro.
Con la necesidad que tengo de buenos hombres y lo difícil que es encontrarlos...
, me resultarías de gran ayuda en este momento.
–Ya soy mayor, mi señor, y me he ganado largamente el descanso.
–Yo también soy ya mayor; hasta Constancio lo es –lo señaló con un ademán–. Y creo que es precisamente de los jóvenes de quienes tenemos que cuidarnos. Pueden ser estúpidos, y ambiciosos.
Constancio esbozó una leve sonrisa. También él era mayor, como demostraba que su hijo, Flavio Estilicón, estuviera cercano a cumplir los diecisiete años; no faltaba ya mucho para que pudiera darle nietos.
–Estoy de acuerdo. La energía de los jóvenes es valiosa, pero necesitan la sabia guía de la experiencia de sus mayores –respondió Amiano–. Debemos responder a este nuevo contratiempo cuanto antes y resolverlo con mano firme, como estáis haciendo con los isaurios.
El emperador volvió a mirar más allá de la ventana y comenzó a tamborilear con los dedos sobre el mármol, en un intento de controlar su nerviosismo.
–Está decidido. Enviaré a Trajano y a Profuturo para que derroten a esos rebeldes godos. No puedo prescindir de ningún otro si quiero seguir adelante con los preparativos de la campaña persa. Con ellos deberá bastar.
Flavio Constancio apretó los labios. Aquellos dos generales eran muy cercanos al emperador, pero, en su opinión, su ascendente se había debido más a sus dotes como cortesanos que a sus méritos en la batalla.
El Imperio tenía mejores militares. Y justo entonces lo sorprendió la voz de Amiano, poniendo en palabras sus pensamientos:
–¿Y por qué no envías a Víctor, el sármata? Si necesitas un hombre de fiar, juicioso, pero a la vez valiente, yo me inclinaría por él. Además, ya luchó contra esos godos hace años, cuando derrotaste a Atanarico.
El emperador tardó un instante en responder.
–No conozco mejor general que él. Y precisamente por eso lo necesito aquí, a mi lado.
* * *
Julio del 377. Brigetio
–Y así es como lucha un gladiador como Sexto –apostilló Marcial con aire triunfal.
Frente a él se encontraban la mayor parte de los alanos, y a su espalda varias parejas de los hombres de su centena. Había disfrutado de la exhibición de combate cuerpo a cuerpo, como siempre. A sus pies, todavía aturdido, Palaco trataba de incorporarse.
–Palaco es más joven, más alto y desde luego más guapo que yo, e incluso puede que sea más fuerte. Pero yo soy más listo; oh, sí, mucho más listo... ¿Y sabéis por qué? –preguntó, alargando el brazo para ayudarlo a ponerse en pie.
Los jóvenes cuchichearon entre ellos, pero sólo Malvar, siempre dispuesto a escucharse, se atrevió a responder:
–¿Porque piensas más rápido?
Marcial se echó a reír y dejó caer su espada de entrenamiento de manera que la punta se enterró en la tierra.
–No andas desencaminado, muchacho, pero sobre todo se debe a que yo soy más viejo.
¡Ésa es la clave! He vivido muchas más situaciones jodidas que vosotros y, por tanto, tengo más experiencia para afrontar los peligros que se me pongan por delante.
Pero eso se gana con el tiempo; se necesitan años, o más bien décadas, para conseguirlo.
Así que lo único de lo que debéis preocuparos al final es de buscar la manera de llegar a viejos.
Si lo conseguís, si evitáis que una hoja afilada os rebane el gaznate, que una herida mal curada pudra vuestra carne y os lleve a la tumba, o que una amante despechada os clave un puñal, con el tiempo seréis sabios. Como yo.
Dio unas fuertes palmadas, y los alanos comenzaron a abandonar el círculo alrededor del centenario. Debían seguir con la instrucción. Cerca, Goar hizo una seña a Fariban para que se situara frente a él, pues solían pelear en parejas.
–No, muchachos –se oyó la potente voz de Marcial–. Hoy no. ¡Palaco! –llamó–. Hoy pelearás con Goar.
El muchacho lo miró sorprendido. Hasta ese momento, siempre los habían emparejado con compañeros de edad similar, pero Marcial parecía haber decidido romper aquella regla no escrita. No le gustaba el arreglo, pero tampoco podía negarse.
Hacía tiempo que Palaco y él se limitaban a ignorarse.
Goar nunca había tenido interés en buscar conflictos, y el mayor de los alanos parecía haber encontrado otras ocupaciones, más peligrosas, pero también más placenteras: desde que les permitían deambular con libertad por la cannaba durante las horas que seguían a la puesta de sol, había descubierto ciertas tabernas donde se bebía, se jugaba y, por una módica suma, se podía retozar con alguna prostituta.
Y no eran ellas las únicas mujeres a las que tenía acceso: su apariencia exótica y su porte fornido le habían granjeado el interés de algunas matronas maduras, generosas a la hora de ganar su favor y compensar el tiempo que les dedicaba.