Capítulo XV #4
Con una leve sonrisa, ella posó su mano cálida sobre la de Safrax.
Amage hizo lo propio; sin embargo, su piel, frágil y arrugada, estaba fría.
Él les devolvió la sonrisa, sin importarle que Gundebaldo pudiera interpretarlo como un gesto de debilidad.
Aquellas dos mujeres eran sus consejeras y sus confidentes, y como tales las reconocía.
Hilduara dedicó un saludo cortés a su hermano. Desde su reencuentro, se habían mantenido al margen uno del otro, como en una tregua tácita, al menos mientras las circunstancias siguieran resultando tan precarias, y los problemas, tan acuciantes.
–También tú pareces feliz, hermano. Al igual que yo, hueles la sangre de nuestros enemigos desde aquí, y eso alimenta nuestras sonrisas.
Al otro lado de la hoguera, Amage los contemplaba en silencio; su mirada había perdido agudeza con los años, pero había ganado en profundidad.
Ella también estaba nerviosa, pero no por el mismo motivo que quienes se hacinaban en el campamento; ella no ansiaba luchar ni temía los combates que estaban por venir, pero la imagen de Goar no la dejaba descansar.
Había atravesado la frontera de piedra, algo que jamás habría soñado hacer.
A cada paso, se preguntaba si Goar habría pasado por allí también y cómo habría mirado cada lugar con sus ojos de niño.
De alguna manera, lo sentía cerca, y no podía alejar de su mente el deseo de abrazarlo de nuevo antes de cerrar los ojos para siempre.
Safrax se empleó a fondo con el costillar que descansaba sobre un paño. Cortó sendos trozos y los entregó a las mujeres.
–Tardaremos varios días más en traer hasta aquí a todos los caballos.
Esperaremos, pero si eso te complace puedo enviar a Akkal al mando de algunos centenares de hombres hacia el sur, Gundebaldo.
Sin embargo, tú permanecerás con nosotros; serás quien nos lleve hasta Fritigerno, pues desconocemos la tierra que se abre ante nuestros pies.
Un grito agudo los sobresaltó. Hermerico se asomó a la tienda para echar un vistazo y salió enseguida para indicar por señas a Hilduara que todo estaba en orden.
Debía de ser una de las pesadillas de Tulga, cuyos sueños intranquilos solían estar poblados de monstruos que emergían de la tierra y escupían un fuego devastador.
La tienda permanecía vigilada día y noche; Safrax no creía que Alateo pudiera ser una amenaza para el pequeño, pero Hilduara prefería no arriesgarse.
Agradeció el gesto a Hermerico, y a Safrax el pellejo de licor fermentado que le tendía, solícito.
Se encontraba cómoda al lado del alano; era difícil no apreciarlo, siempre atento a sus necesidades y a las del pequeño, siempre franco y servicial, aunque su simpleza la irritara a veces.
Y tan diferente a Hildibaldo, con el que había compartido dos años de un matrimonio que podría calificarse de feliz: hosco, desconfiado, atento a cualquier ofensa, real o imaginaria, y tan ambicioso como ella misma.
Aquél había sido un tipo atractivo, y Safrax no lo era menos; pero lo que más apreciaba del alano era su carácter.
Ella había nacido en el seno de una poderosa familia greutunga, siempre preocupada en medrar en la jerarquía, mientras que Safrax, heredero directo del caudillo de su pueblo, parecía albergar en su interior una generosidad, una humildad, que jamás había conocido antes.
Hilduara podía ver en su mirada el dolor por las pérdidas sufridas, la responsabilidad que lo ahogaba, el aprecio hacia quienes lo rodeaban, desde el primero de sus guerreros hasta la última de las mujeres que lo seguían, independientemente de su origen.
Todos eran su pueblo, y su bienestar, sus destinos, le importaban de verdad.
Por eso Safrax, para Hilduara, personificaba el bien, la pureza de sentimientos, aunque también fuera capaz de odiar y de provocar dolor: implacable con sus enemigos, no le temblaba el pulso, pues era también un guerrero formidable.
A veces le resultaba extraño pensar que el hombre con el que compartía sus noches, el que se sentaba tranquilamente a su lado, era el mismo fiero guerrero que Hermerico describía con admiración.
–Todavía nos queda una larga distancia –rezongó Gundebaldo, resignado a la idea de esperar.
–Yo sé lo que necesitas, Gundebaldo –intervino Alateo–.
Mantenerte ocupado, cortar algunas cabezas romanas, y sé dónde podemos hacerlo.
Recorreremos la ribera, tú, yo y medio millar de jinetes, y no quedará piedra sin quebrar ni madero sin quemar.
Estoy seguro de que eso hará la espera más llevadera. ¿Qué te parece, Safrax?
Safrax asintió. Sí, habían cruzado el río y estaban más allá de la frontera de piedra; habían traspasado aquella barrera, y el mundo, su mundo, no había llegado a su fin, como creía cuando era niño. Sólo había comenzado otro, totalmente diferente a cuanto sus ojos habían visto hasta entonces.
–No quedará piedra sin quebrar ni madero sin quemar –repitió Gundebaldo en un susurro, satisfecho con la ocurrencia.