La frontera de piedra Capítulo XV #3
43%

Capítulo XV #3

–No tienes nada que agradecerme, Fara, pues la misma sangre corre por nuestras venas.

–Pero tú eres alano...

–Sí, soy alano porque mi madre lo era, pero mi padre era vándalo, como el tuyo. Sin embargo, él murió antes de mi nacimiento, y me he criado toda mi vida entre alanos. –Hizo un gesto vago con las manos–. Hasta ahora, quiero decir. Así que eres la primera vándala que conozco.

Ella se encogió de hombros con una leve sonrisa.

–Extraño origen, debo decir, y extraño lugar para conocernos.

–Será mejor que te apresures –la apremió Goar–. ¿Cuándo concluye tu castigo?

–Mañana a mediodía.

–Por si ocurriera cualquier cosa o ese capataz decidiera que no has tenido suficiente, estaré aquí mañana a la misma hora, ¿de acuerdo?

Goar le dedicó un guiño cómplice, feliz al ver su expresión agradecida, y se marchó, dejándola a solas con la comida y los roedores que, como ella, buscaban la manera de mitigar el hambre.

* * *

Mayo del 377. Provincia de Tracia

El cruce del Istro resultó una labor titánica.

Nada debían temer por parte de los romanos, pero eran decenas de miles los que debían cruzar al otro margen del río, y la mayoría de ellos no habían embarcado nunca antes.

Alertados por Gundebaldo acerca de lo que había ocurrido durante el trasbordo de los tervingios, decidieron tomarse la maniobra con calma, de manera que tardaron dos semanas enteras en acometer la empresa, utilizando principalmente las pequeñas embarcaciones de los carpos y taifalos que se habían unido a su partida.

Durante ese tiempo, tampoco quienes vivían en el margen sur del Istro se atrevieron a importunarlos, más preocupados en escapar de la crueldad de aquellos salvajes a los que habían mirado con temor desde la distancia durante meses.

Esa noche, la undécima desde que comenzara el cruce del río, Safrax había dispuesto que Gundebaldo y Alateo cenaran con él.

El primero se mostraba nervioso, como era habitual, y el alano se sonreía al pensar que parecía una lechuza, siempre atenta, con los ojos muy abiertos y en constante tensión.

Alateo, por su parte, parecía relajado, casi feliz.

Tras un gran esfuerzo y no pocos contratiempos, la mayoría de los suyos se encontraba ya en la orilla romana.

Puede que el Imperio les hubiera negado la entrada, pero ahora estaban a punto de plantarse frente a Roma como guerreros, dispuestos a tomar cuanto quisieran mediante la fuerza de sus armas.

Aunque habían cargado con todas las vituallas posibles, la primera orden fue el saqueo de las aldeas, pueblos y ciudades desguarnecidas de los alrededores.

Ninguna previsión era demasiada ante la difícil tarea de alimentar a tantas almas en territorio hostil, y ese día, cuando apenas quedaban por asentarse en la orilla romana la décima parte de ese número, habían acomodado a las largas reatas de ganado, y algunas de las bestias giraban espetadas sobre el fuego, para regocijo de todos ellos.

También para Safrax, que saboreaba con deleite la carne de cerdo, masticando con entusiasmo aquella deliciosa capa exterior de grasa churruscada.

Manjares como aquéllos se conseguían pocas veces en la pradera, donde la mayoría de los animales no eran sacrificados, sino que seguían a los pueblos allí a donde fueran.

Sin embargo, no todos disfrutaban tanto de la cena como el alano.

–Deberíamos habernos puesto en marcha hoy mismo. Cada día que pasa podría representar la condena de los míos –gruñó Gundebaldo.

–No sin mis caballos –repitió Safrax, como hacía cada día–. Sin monturas, no te podemos ayudar; sería como presentarnos en el campo de batalla sin lanza ni espada.

Gundebaldo sabía que el líder alano tenía razón, pero no por eso se encontraba cómodo con la situación. Los romanos no tardarían en devolverles el golpe, y quería estar entre los suyos para entonces.

La tela de la tienda más cercana se entreabrió, y de allí salieron Amage e Hilduara. La noche era agradable, y las mujeres no llevaban capote alguno. Al no ver a Tulga, Safrax dio por supuesto que se habría dormido.

El tervingio las miró de reojo, pero no protestó cuando tomaron asiento junto al alano, una a cada lado. Apenas había conocido a otros alanos con anterioridad; eran salvajes a sus ojos: salvajes de costumbres extrañas y primitivas, que dejaban a sus mujeres opinar sobre los asuntos de la guerra.

–Estás radiante, hermana –comentó Alateo, zalamero, tratando de suavizar la perenne expresión avinagrada de la mujer en su presencia.

Safrax convino con su aliado en que tenía razón.

Hilduara era hermosa, como las propias estrellas que iluminaban la noche, y, como ellas, parecía inalcanzable en muchas ocasiones.

Sólo parecía descender a la tierra cuando se encontraban a solas, en la intimidad.

Entonces sus labios abandonaban aquel rictus altivo y la expresión de sus ojos se dulcificaba, aunque nunca llegara a relajarse del todo.

Hacía casi dos años que compartían lecho, y tenerla a su lado se había convertido para él en algo tan natural como respirar.

El misterio que la envolvía y la barrera que sólo la pasión parecía disolver lo seguían fascinando como el primer día.

Los sentimientos que albergaba por ella se volvían cada vez más profundos; la amaba tal como era, libre, embriagadora; a veces entregada, a veces distante.