Capítulo XV #2
–Pero esta vez tú marcharás solo. Yo permaneceré aquí, a salvo, paseando por la cannaba cuando me dé la gana; apostando, bebiendo y fornicando. Y, mientras, tú estarás en manos de ese extranjero al que han designado para enfrentarse a los suyos.
El tribuno sonrió. Llegado el momento de la batalla, aquél sería el menor de sus problemas.
–Ignoraba que también tuviera una madre aquí, en Brigetio, que se preocupara tanto por mí.
Marcial tragó un sorbo de vino y lo miró con seriedad.
–No me escucháis, ni a mí ni a otros tantos.
Hombres como tú y como Tito Valerio nos llevaréis a la ruina.
Cuando queráis daros cuenta, será demasiado tarde: esos salvajes ya estarán aquí, y no habrá forma de enviarlos de nuevo hacia sus tierras.
Porque entonces serán ellos quienes nos arrinconarán a nosotros.
Ya lo verás... Y entonces vendrás a buscar a este viejo carcamal del Aventino para que te ayude.
–Te estás haciendo viejo, querido amigo –sonrió Nepociano–. Puede que tengas algo de razón, pero también sé que, si llega el momento, te tendré luchando a mi lado. Ahora dejémoslo estar y apuremos este pequeño banquete. ¡Quién sabe cuándo podremos disfrutar del próximo!
El centenario asintió, y el tribuno se puso en pie y se asomó a la escalera.
–Goar, sube y come con nosotros –le indicó, y se volvió de nuevo a Marcial–: Debo reconocer que me he terminado encariñando con estos muchachos, y quién sabe si los volveré a ver.
El centenario sonrió. A su modo, también apreciaba a los alanos. Era fácil despreciar a los extranjeros en general, pero, cuando se conocía a algunos a los que se ponía cara y nombre, se les tomaba cariño.
–Mira por dónde, creo que estos jóvenes bárbaros también tienen una madre aquí. O dos.
* * *
Goar se revolvió en la oscuridad. Esa noche se veía incapaz de dormir; sentía algo extraño, como si un puño le estrujara el pecho.
Nepociano partiría hacia Oriente en tan sólo una semana.
Y no se había dado cuenta hasta entonces, pero estar junto al tribuno le reportaba cierta seguridad.
Tal vez su presencia constante se hubiera convertido en una referencia para él en aquel entorno extraño.
Apenas se habían separado por algunas semanas, sólo cuando el tribuno se encontraba en la fortaleza al otro lado del río, mientras que ahora quizá no volvieran a verse nunca más.
Si lo pensaba, era una estupidez. En realidad, sólo Fariban y Malvar eran sus amigos, lo que le quedaba de familia.
Pero aun así debía reconocerse a sí mismo que el tribuno y Marcial también eran una parte importante de su vida.
Habían cenado ligero, como siempre, y se habían acostado poco después de la puesta de sol.
Los días eran largos y luminosos al inicio del verano.
Pasaban muchas horas con los caballos, cepillándolos, alimentándolos y también cabalgando, para deleite de los muchachos.
Goar no conocía a todos los legionarios y auxiliares que se acantonaban en la ciudad y los alrededores, ni falta que le hacía; pero sí era capaz de recordar a todos y cada uno de los más de quinientos caballos del campamento militar de Brigetio.
Se revolvió en el catre, incómodo. Se sentía agotado, como al final de cada jornada; pero esa noche ni siquiera el cansancio era suficiente para que el sueño acudiera a cerrar sus párpados y su mente dejara de bullir.
Tres años. Llevaban allí casi tres años, y ya no estaban tan vigilados. Podían moverse libremente siempre que no abandonaran las murallas de la fortificación. Así que puso los pies sobre el suelo fresco y se encaminó silenciosamente hacia el exterior.
Caminó entre las teas, mirando cómo las sombras se alargaban a la luz del fuego, como si bailaran adheridas a sus pies.
Dirigió sus pasos hacia las cocinas, desiertas a aquella hora: los hornos, apagados; los bancos, vacíos.
Evocó el aspecto del comedor las tres veces al día en que centenares de hombres comían y hablaban a voces mientras las mujeres y los esclavos preparaban y servían comida y bebida sin descanso.
En una mesa todavía quedaban algunas jarras de la última comida del día.
Aquello era habitual: algunos de los oficiales permanecían en el comedor más tiempo que los soldados y, para cuando se marchaban, los esclavos ya habían sido encerrados en sus celdas.
A la mañana siguiente, muy temprano, lo recogerían todo antes de que llegaran los primeros hombres de la guarnición y comenzara una nueva y agotadora jornada.
Goar tomó con ansia la primera jarra, pero estaba vacía.
Con fastidio, comprobó que el resto también lo estaba, salvo por unas pocas gotas insuficientes para aliviar su sed.
Chasqueó la lengua, decepcionado, y se encaminó a la cocina.
Al entrar, le llamó la atención un ruido brusco, como el de una rata enorme corriendo a esconderse entre los calderos.
Y, al instante, una sombra emergió de entre los sacos de grano y echó a correr hacia el comedor.
Goar saltó sobre ella por puro instinto; fuera quien fuera, si aquella figura delgada y ágil trataba de huir, significaba que no debía de estar ahí, así que no iba a ser nadie que pudiera regañarlo a él por pasear por las cocinas a horas tan intempestivas.
La figura se revolvió con violencia. Pataleó y braceó, hasta que logró clavar los dientes en el brazo del muchacho.
Goar ahogó un grito y le propinó un fuerte empujón, y quien fuera cayó sobre los sacos de cereal.
El alano aprovechó para sujetarle los brazos y mantenerlo alejado.
Ahora que sus ojos comenzaban a habituarse a la oscuridad, pudo distinguir algunos detalles más: cabello largo, ojos asustados.
Se trataba de una jovencita apenas mayor que él.
–Disculpa –murmuró, soltándola–. Sólo venía a beber algo, no pretendía asustarte, seas quien seas.
–No me hagas daño, por favor.
Goar dio un respingo. En ningún caso pretendía hacer daño a una muchacha desconocida, así que levantó las palmas de las manos para que se tranquilizara.
La miró de nuevo, más de cerca, y entonces le pareció reconocerla: era una de las esclavas de las cocinas, una germana con la que se había cruzado algunas veces.
A ciertos oficiales les gustaba que fuera ella quien les sirviera, y la recordaba escabulléndose como podía de sus manos ávidas, con expresión angustiada, como si estuviera siempre a punto de llorar.
–Tranquila, no voy a hacerte daño. ¿Qué haces aquí a estas horas?
–No se lo digas a nadie... Te daré lo que quieras, pero no digas que me has visto aquí, por favor –suplicó.
Goar se quedó paralizado. Ante su falta de reacción, la chica emitió un leve suspiro e hizo ademán de apartar la capa que la cubría, revelando una piel clara de suave apariencia. Él atrapó sus manos y volvió a extender la basta tela sobre sus hombros.
–No, no. No hagas eso –le pidió, avergonzado, con los ojos muy abiertos–. Sólo dime qué hacías aquí.
–Buscaba algo de comida –respondió ella con cautela–. Llevo dos días sin tomar nada.
–¿Dos días? Pero si te veo cada jornada aquí, entre fuentes y jarras, ¿cómo es posible?
–Soy una esclava. A mis amos no les importa si paso hambre o sed, miedo o angustia. Sólo quieren que los sirva, y sin rechistar. Si no lo hago, me sustituirán por otra, y entonces dejarán de darme incluso el poco alimento que ya me dan.
Goar asintió. Él no era un esclavo, pero a sus nuevos amos sólo les importaba que se convirtiera en un buen soldado, capaz de librar sus guerras cuando fuera lo suficientemente mayor.
–Pero los esclavos también reciben alimento a diario. Eso lo sé –replicó, confuso.
–Se me cayó una bandeja, y éste es mi castigo.
No me sentía bien ese día, estaba mareada y dolorida; tenía náuseas y un fuerte dolor aquí –se rozó el vientre con los dedos–.
Pero las mujeres me dijeron que nadie debía enterarse, que no me debía quejar.
Así que intenté trabajar como siempre, pero me sentía torpe y...
tropecé. Regué el suelo con la comida, y parte de la carne cayó sobre el regazo de uno de los oficiales.
El capataz me abofeteó por mi torpeza y luego anunció que mi castigo sería trabajar entre comida sin probar bocado.
Si alguien me ve comer, recibiré una veintena de azotes y sumaré otros dos días al castigo inicial.
–Se cubrió la cara con las manos–. No sé por qué te he contado todo esto. Ahora me denunciarás.
Goar negó con la cabeza, apurado. Se dio cuenta de que en ningún momento había prestado atención a lo que ocurría a su alrededor, inmerso como estaba en el ambiente castrense, tratando de amoldarse a lo que se esperaba de él.
Hasta que aquella caravana llegara a las tierras de su abuelo, no había sabido con certeza en qué consistía la esclavitud.
Había escuchado rumores, pues muchos de los que regresaban del sur hablaban sobre ello; pero nunca había comprendido realmente lo que significaba hasta ahora.
Ni ella ni él importaban en aquel lugar, nada tenían por decir que fuera a ser escuchado. Pero, al menos, él no era un esclavo.
–No diré nada. Me llamo Goar, ¿y tú?
La chica se sorprendió al escuchar que alguien creyera que su nombre importaba.
–Fara. Me llamo Fara.
–Está bien, Fara. Toma lo que puedas, yo vigilaré. Me sentaré junto a la puerta y golpearé la mesa con la jarra si se acerca alguien. Así sabrás que debes esconderte.
Ella tardó en reaccionar, sorprendida de que el muchacho la ayudara sin pedirle nada a cambio.
–Gracias –dijo al fin.
–Nunca había oído un nombre como el tuyo. ¿De dónde eres?
–Del norte, de las tribus vándalas. Llegué aquí hace cinco años, después de que los romanos destruyeran mi aldea y nos tomaran a mí y a mis hermanas como esclavas. Nunca las he vuelto a ver; sólo espero que hayan tenido mejor fortuna que la que yo he tenido.
El joven dio un respingo. Aquella chica procedía del pueblo de su padre, aquel al que nunca había llegado a conocer.