Capítulo XV
CAPÍTULO XV
El puesto de oficiales del campamento de Brigetio era un hervidero.
Los hombres iban y venían mientras los coléricos gritos de Tito Valerio resonaban de fondo más allá del patio.
Las noticias que llegaban del este empeoraban cada día, y el emperador Graciano ya había comenzado a movilizar un ejército con el que apoyar a las tropas de su tío Valente, quien, para entonces, comenzaba a abrazar la idea de que más temprano que tarde tendría que acordar la paz con los persas y regresar a su capital.
Y el puesto avanzado de Brigetio no permanecería ajeno al conflicto, pues se vería obligado a apoyar con una vexiliación de la I Adiutrix al ejército de campaña que marcharía hacia Tracia.
Cayo Nepociano releía una y otra vez la misiva que había llegado esa misma mañana desde Occidente.
Uno de los generales de mayor confianza de Graciano, el franco Ricomero, había partido de la Galia y en pocas jornadas llegaría a Panonia.
Allí se reuniría con el ejército del dux Frigerido para, sin tardanza, partir hacia el este, dispuestos a poner cerco a los godos rebeldes.
Y él, Cayo Nepociano, iría con ellos al frente de dos centenas de legionarios.
–¡Mierda! –blasfemó Marcial al entrar en la habitación.
Los sirvientes, asustados, se apartaron al momento, buscando cualquier ocupación para escapar de las malas pulgas del veterano.
Nepociano puso los ojos en blanco y le hizo un gesto para que tomara asiento–.
¿Acaso el fuego apaga el fuego? ¿Es que soy el único cuerdo en esta puta provincia?
El tribuno lo miró sin disimular su irritación. Era peligroso hablar así en público, por mucho que contaran con el beneplácito de Tito Valerio. Por menos, fuera del campamento, podría haber acabado apaleado. O algo peor.
–O te callas de una vez o tus gloriosos días en el ejército acabarán en un calabozo.
–Todo se va a la mierda, ¡todo! –insistió Marcial, golpeando la mesa con el puño.
Nepociano se masajeó la frente con los dedos, tratando de calmarse, aun cuando veía que Marcial no parecía querer controlarse. El tribuno, consciente de que cualquiera podría escucharlos, suspiró y le hizo un gesto para que lo siguiera al exterior.
Hacía calor fuera. El verano se encontraba a las puertas, y en la nueva estación podrían recorrer la enorme distancia que los separaba de Tracia en pocas jornadas.
Miles de hombres marcharían por las calzadas a paso ligero con la esperanza de acorralar a los salvajes a quienes Valente, en su estupidez, había permitido entrar en las provincias orientales.
Ésa, al menos, había sido la conclusión a la que había llegado Cayo Nepociano.
Y aquella misiva contenía su nuevo cargo como comandante de los hombres de Brigetio.
Con Marcial a su lado, se alejó con paso vivo del edificio de los oficiales. Se sorprendió al reconocer a Goar en las cercanías, junto a sus inseparables Fariban y Malvar, atendiendo a los caballos.
–Muchacho –lo llamó a voces–, habla con Eustaquio y pídele de mi parte que te entregue comida y bebida. Quédate algo para ti y lleva el resto a la cuarta torre del muro norte, frente al río. ¿Sabes cuál te digo?
En cuanto el muchacho asintió y les dio la espalda, los oficiales continuaron su camino hacia la muralla norte, donde Nepociano esperaba encontrar la tranquilidad necesaria para hablar sin que la incontinencia verbal de Marcial los metiera en un buen lío.
–Si no fueras mi mejor amigo en este lugar, te diría que eres un estúpido bocazas, Marcial.
El centenario escupió hacia un lado, molesto.
–Sí, seré todo lo estúpido que quieras; pero, aunque sólo sea por la edad que tengo, deberías escucharme.
He conocido a nueve jodidos emperadores, ¡a nueve!
, y este último muchacho es el sexto al que sirvo.
Sé cuándo algo huele mal..., y créeme: esto apesta.
Desde que el estúpido de Juliano se inmoló en Persia, no estábamos tan mal.
Nepociano se obligó a contener una carcajada. Se acercó en silencio al lienzo, comprobó que apenas un puñado de vigías hacían la ronda en los alrededores y tomó a Marcial del brazo.
–Está bien, viejo bocazas, di lo que quieras. Pero hazlo aquí, donde sólo yo pueda oírte, y no en medio del resto de oficiales de la legión.
–Tonterías. Estoy convencido de que todos pensáis como yo, lo que pasa es que no os atrevéis a decirlo.
–Lo que demostraría bastante más inteligencia... –bufó Nepociano, dejando asomar una leve sonrisa–. Está bien, amigo, desahógate.
–¿Desahogarme? Lo que necesito o, mejor dicho, necesitamos es un puto milagro.
Uno en forma de un jodido emperador de verdad, alguien como Juliano antes de que se enajenara.
El jodido calor de Oriente debió de cocerle el cerebro.
Una pena. Ese tipo era lo mejor que le había pasado al Imperio en mucho tiempo.
El tribuno miró hacia la calle, donde todavía no había rastro de Goar.
–Si tú lo dices...
–Nos vamos a la mierda, amigo. Primero permitimos que esos cristianos proliferaran de manera imparable. Una jodida secta judía, ¡una pandilla de estúpidos supersticiosos! Y dejamos que arrinconaran a nuestros dioses...
–¿Has vuelto a visitar el Mitreo?
–¡Y pienso seguir haciéndolo, por más que esa gentuza analfabeta se empeñe en increparme!
He soñado muchas veces con sacrificarlos al toro, pero ni siquiera sé si su martirio sería grato a sus ojos –resopló–.
Pero eso no es lo peor, no... Creo que el peor error, la mayor estupidez, ha sido permitir que salvajes como Merobaudes, Frigerido o Ricomero ocupen los puestos que ocupan.
Hemos mantenido las provincias durante siglos gracias a la sangre y el valor de los hijos de Roma...
¿Y ahora dejamos nuestros ejércitos en manos de los germanos?
¿Qué será lo siguiente? ¿Acaso se puede cometer una estupidez mayor?
Nepociano meneó la cabeza. Él personalmente no tenía queja alguna acerca de Frigerido; el godo llevaba algo menos de dos años al frente de la provincia y, a su entender, había actuado de forma correcta.
A Ricomero y a Merobaudes no los conocía, pero, si Graciano confiaba en ellos, ambos de origen franco, él no era quién para poner en duda su valía.
Sin embargo, comprendía a las gentes como Marcial, tanto a los que formaban parte del ejército como a los que vivían en Roma o alejados de las fronteras.
Después de todo, quienes habían saqueado e incendiado parte de Tracia eran godos también: ¿Qué sería más fuerte?
¿Su sangre, sus raíces o su lealtad a Roma, el hogar que los había acogido y colmado de prerrogativas?
La imagen del tribuno Flavio Constancio se dibujó en su mente.
Lo había visto por última vez en el mismo momento en el que regresaba al Imperio trayendo junto a él a Goar y al resto de muchachos, y ahora debía de encontrarse con Valente en la frontera oriental, con el estado mayor.
¿Qué haría alguien como él en una situación así?
Alguien cuyo hijo era plenamente romano, pues había sido engendrado en el vientre de la hija de un senador.
En ese momento, la silueta de Goar se recortó al final del camino, y Nepociano le hizo señas con el brazo. Dejó allí a Marcial y bajó al piso inferior.
–Gracias, hijo –dijo, tomando la mayor parte de lo que el muchacho acarreaba. Le tendió uno de los paquetes–. Ahora quédate aquí y avísanos si viene alguien.
El chico asintió y se sentó apoyando la espalda en la pared de piedra. Desenrolló la bolsa que le había tocado en suerte y, para su sorpresa, se encontró con dos tajadas de jugosa carne, algo que los suyos no estaban acostumbrados a disfrutar.
De vuelta al segundo piso, Nepociano entregó el pellejo de vino a Marcial.
–Piensa en Goar, sin ir más lejos. No queda mucho para que ese muchacho pise un campo de batalla. ¿Crees que nos traicionaría si tuviera ocasión?
–Es diferente. Nunca veremos a alanos en el otro margen del río.
¡Y Goar ha crecido entre nosotros! Se ha adaptado a nuestras costumbres y compite con denuedo para destacar.
Nada puede pesar más que el lugar donde se está haciendo un hombre: olvidará lo que vivió cuando no era más que un mocoso y, aunque siga cabalgando como un jodido centauro, lo hará bajo nuestras enseñas.
–¿Olvidarías tú a los tuyos si te arrancaran de su lado? ¿Habrías olvidado a tus padres allí, en Roma, si hoy vivieras al otro lado del río?
–Eso es diferente –se obstinó Marcial.
–¿Por qué? Goar, como tú, nunca podrá olvidar a quienes le dieron la vida. Pero no te preocupa mientras sea él quien esté bajo tus órdenes, y no al revés. Frigerido y Ricomero comandan tropas, y por eso no te parece bien.
–Exacto. Siempre ha habido auxiliares, extranjeros que han luchado por Roma, desde Britania hasta Egipto.
Pero ahora esos bárbaros ocupan puestos de privilegio, y eso no se debería permitir.
Si Frigerido quisiera ayudar a los suyos, le bastaría con retrasar el avance del emperador, hacer que acudiera tarde al campo de batalla.
Ni siquiera sería necesario que desvelara su naturaleza traicionera: unas pocas palabras venenosas vertidas en el oído correcto o alguna desafortunada «casualidad» –remarcó con sorna– podría significar nuestro fin.
Nepociano le hizo una seña con la mano para que se calmara.
–Marcial, por los dioses..., ¡podrían ocurrir tantas cosas!
Eso también podría hacerlo alguien nacido en el Aventino, en Aquincum o en Cartago, en Lugdunum o en Emerita Augusta.
Cualquiera con más ambición que lealtad.
Los hombres como tú y como yo no nos preocupamos por asuntos como ése; sólo obedecemos, marchamos, luchamos y vencemos, como han hecho nuestros antecesores desde tiempos inmemoriales.