Capítulo XIV #3
Desde entonces, se habían dedicado a saquear las tierras de los alrededores, obteniendo con las armas lo que les había sido negado hasta entonces.
Pero ni Fritigerno ni Gundebaldo ni aquellos hombres que comenzaban a ocupar las cabezas de los clanes eran ningunos estúpidos.
Habían tomado por sorpresa a los romanos una vez, pero sabían que su respuesta no se haría esperar.
Y por eso, unas pocas lunas después, Gundebaldo regresaba a la frontera, con la esperanza de poder atraer a nuevos aliados hacia el sur.
–Los romanos nos tendieron una trampa. Asesinaron a Alavivo durante un banquete.
Fritigerno, sin embargo, sobrevivió, y es quien me envía a vosotros.
Hemos matado a miles de romanos; nos hemos hecho con miles de espadas, escudos, cascos y armaduras, y hemos saqueado sus almacenes e incendiado sus hogares.
Creedme si os digo que esos cobardes atesoraban ingentes riquezas...
Pero los hemos vencido sin apenas medios ni armas, y con el estómago vacío, y ahora ni nosotros ni vosotros, si aceptáis esta propuesta, volveremos a pasar hambre.
Están muertos de miedo, y el emperador está muy lejos, en un lugar llamado Persia; no serán rivales si os unís a nosotros.
Juntos podemos conseguir lo que nos propongamos, incluso plantarnos ante las puertas de su capital, aquella a la que llaman Constantinopla.
El alano lo contempló con asombro. Habían escuchado informaciones imprecisas sobre lo que sucedía en la otra ribera, pero nada que les hubiera permitido prever algo de tal magnitud.
Si atendía a las palabras de Gundebaldo, más allá del río el camino se encontraba expedito; las temibles legiones romanas habían partido hacia el sur y, lo mejor de todo, allí habían sido derrotadas.
Todo cuanto explicaba aquel hombre era favorable a sus intereses. Casi demasiado.
–¿Y cómo puedo saber que lo que cuentas es verdad? Tal como tú mismo has dicho, los romanos son traicioneros y no conocen el honor. ¿Cómo podemos estar seguros de que no os han convencido para entrar en su juego, de que no os utilizan para convencernos y acabar también con nosotros?
Gundebaldo se metió la mano entre sus ropas.
Sacó una bolsa pestilente, retiró el cierre y dejó caer el contenido sobre la tierra húmeda, a los pies de Safrax.
Un montón de dedos amputados, y en cada uno de ellos, un ostentoso anillo.
La carne hedía, pues algunos llevaban mucho tiempo pudriéndose en aquel saco.
–Esto es lo que les ha ocurrido a quienes pretendían uncirnos el yugo.
Safrax examinó de nuevo el rostro del tervingio.
Parecía al límite de sus fuerzas, pero en su expresión se adivinaba una fortaleza inquebrantable; sin embargo, por momentos su mirada parecía la de alguien que no estaba totalmente en sus cabales, nerviosa, incapaz de detenerse más que un breve instante en un punto.
Bajó entonces la vista hacia el contenido de la bolsa que Gundebaldo había desparramado en el suelo y tuvo que reprimir las arcadas.
Llevaban meses esperando una señal e, inesperadamente, ahí la tenían.
La situación era delicada: gracias a la amistad con taifalos y carpos, no les faltaba comida, y tampoco agua al estar tan cerca del río, pero, a medida que las semanas pasaban y las tropas romanas desaparecían de la orilla, su número menguaba, así como también las vituallas almacenadas.
Por otro lado, los hunos parecían haber perdido su empuje arrollador, pero aquello no duraría.
Ante ellos se abría la oportunidad de cruzar el río, pero no como unos pedigüeños, como a su entender habían hecho los tervingios; lo harían como lo que eran, como verdaderos señores de la guerra. O eso deseaba pensar.
–No has podido llegar en mejor momento, Gundebaldo.
A mediodía nos reuniremos con los caudillos taifalos en este mismo lugar; también vendrá Alateo, a quien ya conoces, en nombre de sus greutungos.
Tenemos una alianza con los habitantes del lugar y, si cruzamos el río, serán muchos los jinetes que se sumen a nuestras filas.
Alanos, godos y taifalos juntos –enumeró.
Sus palabras actuaron como un bálsamo sobre Gundebaldo.
A pesar de los días comiendo frugalmente y de las largas noches sin descanso, sintió que la energía volvía a su cuerpo.
No lograba dormir bien desde que el filo de su espada desollara a Lupicino entre un mar de alaridos; no se arrepentía, pero la imagen del cuerpo martirizado del gobernador se dibujaba en su mente cuando cerraba los ojos.
Elevó una plegaria a los antiguos dioses y sonrió; si todo iba como esperaba, aquella muerte y todas las que la habían seguido sólo serían el principio de lo que se avecinaba.
Safrax se puso en pie y posó la mano sobre el hombro del godo. Aquello lo cambiaba todo. Debía entrevistarse con Alateo lo antes posible, antes de que se presentaran en el campamento los jefezuelos taifalos.
–Gundebaldo, come algo y descansa. A mediodía serás testigo de nuestro parlamento.
–¿Descansar? No necesito...
El alano hizo un gesto para acallar su réplica.
–Descansa –repitió–. Si los dioses nos son propicios, en pocos días necesitarás todas las fuerzas de las que puedas disponer.