La frontera de piedra Capítulo XIV #2
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Capítulo XIV #2

Hermerico se había revelado como un seguidor fiel.

Se había mantenido a su lado no sólo cuando Alateo y el hijo del difunto Vitimero habían aparecido en escena, sino también durante los últimos meses, cuando tantos habían decidido marcharse hacia el sur siguiendo la estela de los tervingios.

Safrax no los culpaba por ello, y casi agradecía no tener que buscar más alimento: se habían reunido cerca de cuarenta mil bocas hambrientas en el momento de la partida de los tervingios, una muchedumbre imposible de mantener.

Ahora, por suerte, eran aproximadamente la mitad.

Pese a las dificultades a las que se enfrentaban a diario, si hacía caso a las escasas informaciones que llegaban a sus oídos, para los tervingios la situación era incluso peor.

Durante las últimas semanas, los romanos habían desguarnecido varios sectores de la frontera, lo que refrendaba las noticias sobre los supuestos problemas al otro lado del río y despertaba la ambición de Alateo de plantarse en las fértiles y ricas tierras del Imperio que se había negado a acogerlos meses atrás.

Sólo era cuestión de tiempo que abandonaran las colinas y emprendieran la marcha.

Por ese motivo, ese día tanto Alateo como él recibirían a una comitiva de taifalos, la tribu que habitaba aquellas tierras junto a los campesinos carpos antes de que ellos se establecieran.

No se habían enfrentado entre ellos: hunos, al este; romanos, al sur, y ellos, en medio, encajonados entre las dos amenazas, sólo trataban de sobrevivir.

Safrax agradeció con un gesto el trozo de pan con manteca que le tendió Hermerico.

–Todo un lujo. –El alano masticó con calma el pan duro, cocido días antes.

–No lo echaremos de menos cuando estemos en el sur y nos deleitemos con las delicadas viandas de esos romanos –respondió el godo.

Safrax sonrió sin ganas. Si Fritigerno y los suyos, cuyo número era mucho más elevado, no lo habían conseguido, no veía cómo ellos iban a obtener un éxito mayor, por mucho que algunos millares de taifalos se les unieran.

Entrecerró los ojos, alerta, cuando algunos de los hombres situados más cerca de la barricada se pusieron en pie de golpe; era demasiado temprano para que los emisarios se presentaran en el campamento.

Enseguida reconoció a Akkal, que entraba en el collado acompañado por un tipo cuyo rostro le resultaba ligeramente familiar. Vestía como un godo, no como un taifalo, pero no parecía ninguno de los jefezuelos que seguían a Alateo.

–Safrax –saludó el alano–. Este hombre viene del otro lado del río. Sus compañeros lo aguardan en la orilla, con la barcaza oculta entre la vegetación. Asegura conoceros a ti y a Alateo.

Safrax volvió a fijar la mirada en el rostro del recién llegado: demacrado, las cuencas hundidas, pero en sus ojos brillaba una innegable determinación. Un gesto impropio de alguien que huyera o estuviera desesperado. Sólo agotado y aterido.

–Yo soy Safrax, pero no creo conocerte. ¿Quién eres y qué quieres?

Hermerico se puso en pie y escrutó al hombre con aire desconfiado. Pero Safrax lo contuvo con una seña e indicó al tipo que tomara asiento junto a la fogata para calentarse.

–Entiendo que no me recuerdes y no puedo culparte por ello, pues mucho han cambiado las cosas desde que nos vimos por última vez. Mi nombre es Gundebaldo. Me presenté ante ti por orden del juez Atanarico, con la esperanza de que os unierais a nosotros ante Balamir, el huno.

Safrax dio un respingo. Apenas había pasado poco más de un año desde entonces, pero, atendiendo al rostro de su interlocutor, podría haber sido una eternidad.

–Gundebaldo... Tal vez hubiera esperado verte aparecer desde el norte, pues, como tú mismo has dicho, servías a Atanarico.

El rostro del tervingio se contrajo en una mueca, mas se obligó a responder:

–Vengo desde el sur por orden de Fritigerno.

–¿Y qué haces aquí? Los mercaderes carpos nos contaron que os habían reubicado más al sur, que os abrieron las puertas de su hogar...

Gundebaldo asintió. Había atravesado el Istro sin problemas, gracias a que la mayoría de las tropas limitanei en la frontera se habían trasladado cerca de Marcianópolis unos meses atrás, cuando la yesca había prendido por fin, avivada por el asesinato de Alavivo a manos de Lupicino.

Fritigerno y él habían logrado escapar de la ciudad, y pronto alzaron en armas a cuantos godos encontraron en la provincia.

Después de tanto tiempo sometidos a toda clase de privaciones y humillaciones, no había sido difícil conjurarse para pasar a la acción y buscar merecida venganza.

Así, una horda de godos furiosos había irrumpido a sangre y fuego en el refugio de Lupicino.

Marcianópolis había ardido hasta los cimientos, y la sangre de sus habitantes había corrido por el empedrado como un torrente desbordado.

Durante dos largas jornadas habían descargado su ira y su rabia contra cualquier romano que se pusiera a su alcance; sólo el tercer día, cuando las llamas ya no tenían qué devorar y no se escuchaba sonido alguno en las calles desiertas, Gundebaldo se había permitido descansar.