La frontera de piedra Capítulo XIV
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Capítulo XIV

CAPÍTULO XIV

Habían terminado sus ejercicios en las afueras de la ciudad, más allá de una de las necrópolis, pero en esa ocasión no acudieron al cauce cercano para refrescarse.

Ni lo necesitaban ni hubiera sido posible, porque la superficie del arroyo se había congelado pocos días atrás.

Las temperaturas habían descendido sin pausa desde el final del verano, desembocando en un otoño fresco y lluvioso en extremo; y, en aquellos días de enero, un frío pertinaz azotaba ambos márgenes del Istro.

En esas circunstancias, las patrullas de Kelemantia no salían de la fortaleza, y tampoco ningún germano se aventuraba hasta las cercanías del río.

Pareciera que el tiempo se hubiera detenido sepultado por la escarcha.

Embozados en las capas, alanos y auxiliares avanzaron por el camino, anegado en varios puntos, hasta la ciudad.

Allí tampoco se movía un alma, pese a que hasta pocos días antes los cristianos habían festejado con gran boato el nacimiento de su dios, o eso, al menos, era lo que Nepociano había asegurado a Goar ante sus insistentes preguntas.

Ya en el campamento, agradecieron dejar atrás el viento y lo más crudo del frío. Los auxiliares marcharon al comedor, y los muchachos, que debían aguardar su turno para llenarse el estómago, fueron a los barracones para cambiarse las prendas empapadas por otras secas y confortables.

–¡Vaya frío! –protestó Marval.

Goar no respondió. Se quitó la capa y el sayo de lana gruesa y, tras dejarlos sobre el camastro, tomó un paño para secarse, con la esperanza de entrar en calor.

Distraído por la agradable sensación, presionó sin querer el morado que coloreaba buena parte de su costado izquierdo y se encogió de dolor.

–Mierda... –siseó entre dientes.

Malvar miró la cintura de Goar y silbó al percatarse del aspecto que presentaba la piel de su amigo. Fariban, tumbado en el catre y aparentemente dormido, se unió a la conversación:

–Negro, morado, verde, amarillo –canturreó–. Amigo, como dijo el físico, has tenido mucha suerte de no romperte ningún hueso.

Goar tensó los músculos y soltó el aire despacio: todavía le dolía. Faltaba un año para que cumpliera quince; como les ocurría a todos, el ejercicio le había modelado el cuerpo, fortaleciéndolo. Incluso Marval, el más menudo de ellos, lucía ágil y fibroso.

–No recuerdo qué plantas usaba mi madre para sanar golpes como éste. –La mirada de Malvar se perdía en algún punto del barracón, como si su mente estuviera muy lejos de allí–. Cada vez recuerdo menos cosas –susurró, con un deje de melancolía.

Goar asintió, pensativo. Llevaban casi tres años viviendo entre los romanos, y la rutina diaria parecía haberse convertido en su única certeza; los recuerdos de la niñez cada vez les resultaban más difíciles de evocar.

Se incorporó y colocó la ropa mojada junto al hogar, ignorando la mirada hostil de Palaco cuando pasó a su lado.

Desde aquel altercado en el vallado que les había costado la advertencia de Marcial, ambos tendían a evitarse.

Al menos Goar no pensaba dar al centenario la oportunidad de escarmentarlo para dar ejemplo al resto de alanos.

Y tampoco estaba de humor para discutir.

Entendía perfectamente a Malvar, pues a él le sucedía lo mismo, aunque le avergonzara hablar sobre ello.

Cerró los ojos con fuerza, pero los rostros de sus seres queridos parecían envueltos en una neblina que difuminaba sus rasgos.

Recordaba olores, sensaciones, sabores incluso; pero, como si la memoria se tratara de una playa azotada por el viento, la arena fina había ido desapareciendo, dejando tras de sí solamente las piedras más gruesas, toscas y pesadas.

Y de la misma manera la alegría y la inocencia eran frágiles, ligeras.

Si el viento terminaba por arrastrarlas, ¿qué quedaría de él?

, ¿en qué se convertiría? En un hombre sin raíces ni esperanzas, alguien duro y vacío, una versión de sí mismo que nunca hubiera deseado llegarse, pero hacia la que sentía que el destino no hacía sino empujarlo.

Siempre creyó que su camino discurriría junto a los suyos, cabalgando por la pradera, arco en mano, el viento en el rostro.

Un alano, eso había querido ser. Pero ni siquiera eso había resultado ser cierto, y no le quedaban verdades a las que aferrarse.

Tal vez sólo podía dejar todo atrás, sepultado en su memoria, y sobrevivir en el presente que parecía haberse forjado para él: se convertiría en un equite , como llamaban los romanos a quienes combatían a caballo.

Él sabía montar y disparar con el arco; y era aquello lo que servía de nexo entre su antiguo yo y el nuevo.

Toda su vida giraba alrededor de su montura y su arma, y Goar quería pensar que no necesitaba más.

No recordaba a Respendial, el padre de Safrax; pero sabía que él había perseguido voluntariamente ese destino, hiriendo profundamente a Beuca con su decisión.

En su caso, había sido éste quien lo había apartado de su lado, empujándolo a encarnar todo lo que él mismo detestaba, lo que le había enseñado a despreciar: un guerrero a las órdenes de Roma.

Y ahora trataría de convertirse en el mejor de ellos, lo que no dejaba de parecerle un pago adecuado a la doble moral que Beuca había exhibido cuando le había resultado conveniente.

–Podríamos hablar con alguna de las esclavas de la cocina para que alivien tus penas –propuso Fariban con una sonrisa, y Malvar soltó una ruidosa risotada.

–No me hace falta emplasto alguno, ya estoy casi curado –respondió Goar con cara de pocos amigos.

–Te llevaste un buen golpe –comentó Fariban–. Aunque valió la pena ver cómo Marcial, Nepociano y los otros te miraban sin caber en sí de asombro...

Goar asintió. Les había demostrado lo que podía hacer a lomos de su caballo. No le había importado que le dijeran que se trataba de una competición sólo para hombres y que él era todavía demasiado joven. Había dejado de ser un niño el día en que se quedó sin familia.

Durante la carrera se había golpeado con dureza contra el vallado, poco antes de cruzar la meta, en una arriesgada maniobra para colocarse en primer lugar y sobrepasar a Palaco, pero se había obligado a no caer del caballo; había apretado los dientes y se había aferrado a las crines del animal con fuerza hasta alcanzar de nuevo el punto de partida.

Junto a ellos habían competido también francos y burgundios, auxiliares de Kelemantia.

Y, si bien era cierto que él había sido el único en utilizar dos monturas, lo que le dio la ventaja definitiva, nadie había negado tal posibilidad a sus contrincantes.

–Deberías haber visto la expresión de Marcial cuando atravesaste la meta.

–Y la de Palaco a tu espalda –apostilló Malvar, con una sonrisa traviesa, haciendo que los otros rieran en voz baja.

–Sólo he visto a otro jinete montar así en mi vida –aseguró Fariban.

El nieto de Beuca asintió. Sabía a quién se refería su amigo: a su primo Safrax, el mismo al que siempre había aspirado a emular, quien le había enseñado a montar.

* * *

Marzo del 377. Frontera del Istro

Amanecía, pero Tulga seguía durmiendo. El niño crecía sano y fuerte pese a sus noches eran inquietas, pues no era raro que en la madrugada lo asaltara un llanto inconsolable.

Safrax lo observó desde el lecho, conteniendo el impulso de acariciar la frondosa mata de cabello rubio.

Le gustaba contemplarlo cuando dormía, relajado, ajeno a los peligros; de algún modo, sentía que le daba fuerzas para continuar adelante y sentido a los sacrificios que debían hacer.

El joven guerrero que anhelaba seguir los pasos de sus mayores había desaparecido hacía ya mucho tiempo, y ahora, como líder de su pueblo, cargaba con la responsabilidad de decidir por todos ellos.

Y además tenía que ocuparse como un padre de aquel pequeño que por fin descansaba.

A su lado, Hilduara se revolvió en sueños, y Safrax se pegó a ella.

Tenía la piel fría, como tantas veces aquellos días.

Suspiró y, tras besarla en el hombro con suavidad, la arropó.

Luego se vistió y levantó la tela de la entrada para salir al frío cortante de la mañana.

Había estado lloviendo, pero no reparó en los charcos hasta que su bota ya se había enterrado en el primero. Masculló una maldición.

Tras la marcha de los tervingios, se habían instalado en varias colinas cercanas al río, desde las que podían otear lo que ocurría al otro lado.

Conscientes de lo precario de su situación, habían utilizado las carretas, las tablas de madera y un sinfín de ramas y arbustos de espino para construir una improvisada barricada.

En los meses que llevaban allí, había sido un buen elemento disuasorio, pero tanto Safrax como Alateo sabían que de poco les serviría si los hunos o los romanos decidían atacarlos.

Saludó a unos y otros en su camino. Buena parte de los habitantes del poblado habían comenzado ya la jornada a pesar de lo temprano de la hora; con el frío, era mejor mantenerse en movimiento.

Había hogueras aquí y allá, alrededor de las cuales se reunían para beber algo caliente, aunque únicamente se tratara de agua hervida con algunas hierbas y raíces.

Hermerico le hizo una seña para que se acercara a comer algo.

Antes de que pudiera responder, su estómago gruñó su aprobación con entusiasmo.