La frontera de piedra Capítulo XIII #4
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Capítulo XIII #4

El gobernador hizo un gesto para que dejaran de tocar.

Gundebaldo contuvo un suspiro de alivio; había odiado aquellas melodías estridentes desde la primera nota.

Sorprendido, cayó entonces en que no todos los músicos habían estado tocando: los que ocupaban las últimas filas ya estaban inmóviles antes de la seña de Lupicino.

–Lupicino –Fritigerno alzó la voz–, te agradecemos este rico banquete, pero deseamos regresar con nuestras familias y transmitirles las buenas noticias sobre el acuerdo que alcancemos.

Creo que ha llegado el momento de discutir sobre el cumplimiento de las promesas del emperador, a quien tú representas.

El administrador imperial jugueteó con la copa dorada antes de depositarla sobre la mesilla e incorporarse en el diván, sin llegar a levantarse, e intercambió miradas con los oficiales.

Luego miró a los músicos, sobre todo a los situados en las últimas filas, cuyos instrumentos aún no habían tenido ocasión de salir a relucir.

«Pronto su melodía comenzará a resonar», pensó con una sonrisa.

–¿Eres tú, Fritigerno, quien habla en nombre de todos estos hombres? –preguntó el romano, aunque de sobra conocía la respuesta.

Como activado por un resorte, Alavivo se puso también en pie y tomó la palabra.

–Yo, Alavivo, también lo hago.

Lupicino asintió y aguardó a que alguno más de los presentes se uniera a ellos.

Pero nadie más alzó la voz. Sólo Gundebaldo continuaba en pie junto a Fritigerno.

El gobernador evaluó su aspecto desaliñado y su actitud desafiante con desagrado.

No recordaba haber tratado antes con él, así que decidió ignorarlo; por lo que había podido comprobar, eran los otros dos los que parecían ejercer una mayor influencia sobre aquellos miles de desarrapados a los que, llegado ese momento, de poco más podían despojarlos.

Dirigió la vista a los dos cabecillas; podía haberlos eliminado tiempo atrás, en cuanto percibió que los godos empezaban a mostrar tímidamente su descontento, pero no quería que a aquellos líderes más belicosos simplemente los sustituyeran en el poder.

Lo que pretendía era acabar de un plumazo con todos los que pudieran ocupar esos puestos, descabezar al pueblo tervingio y arrancar de raíz cualquier posibilidad de rebelión en el futuro.

–Efectivamente, el momento ha llegado. –Lupicino se puso en pie y, con una sonrisa, alzó la copa–. Brindo por ello. Fritigerno, Alavivo, acompañadme y debatiremos las condiciones de vuestro asentamiento definitivo.

El romano se recogió la toga con gesto estudiado e hizo una seña a uno de los sirvientes para que abriera la puerta a su espalda, tras la que se encontraba su despacho privado.

Gundebaldo continuaba inquieto, incapaz de deshacerse de la impresión de que algo no iba bien.

Un súbito destello llamó su atención justo donde se arracimaban los músicos; reparó en los férreos muslos y las espaldas musculosas de los que ocupaban las últimas filas en comparación con los cuerpos delgados y extremidades delicadas de los primeros.

Soltó una imprecación y se adelantó hacia los caudillos tervingios, que ya seguían al gobernador.

Fritigerno, que se había quedado unos pasos atrás, lo miró por encima del hombro con gesto interrogativo.

Y justo en ese momento un nuevo destello terminó de confirmar sus sospechas: uno de aquellos supuestos músicos blandía un arma en lugar de un instrumento.

Sin pensárselo un instante más, Gundebaldo saltó hacia Fritigerno, gritando a voz en cuello:

–¡Llevan armas! ¡Es una trampa! ¡Es una trampa!

Mientras sus compañeros, aletargados por la comida y la bebida, todavía trataban de entender la situación, media docena de hombres se adelantaron entre los músicos y, espada en mano, se lanzaron sobre los sorprendidos godos.

Gundebaldo alargó la mano, desesperado, sujetó a Fritigerno de su capa y tiró de él, evitando así que una de las hojas cortas que utilizaban los romanos le segara la vida antes de tiempo.

Alavivo no tuvo tanta suerte: cayó a los pies de Lupicino con el desconcierto todavía pintado en el rostro, el pecho destrozado por las cuchilladas de los músicos impostores.

Cubriéndose el brazo con la capa, Gundebaldo trabó el arma del romano que lo atacaba, e inmediatamente lo golpeó en el rostro con el codo. Luego, para alejarlo de los hombres armados, empujó a Fritigerno hacia la puerta. Gritos, sangre, miedo, dolor.

Y entonces los músicos que sí habían estado amenizando la velada también sacaron puñales de entre los pliegues de sus ropajes, pero no para utilizarlos, sino para distribuirlos entre los oficiales romanos.

La sorpresa y el embotamiento provocado por el licor convirtieron a la mayoría de los caudillos godos en presas fáciles.

Muchos encontraron la muerte en el mismo diván en el que habían disfrutado de su última cena.

Los que se habían incorporado trataban de defenderse con cualquier cosa que tuvieran a mano: jarras, bandejas e incluso los espetones donde habían servido la carne asada.

Pero, pese a la desesperación que guiaba sus actos, uno a uno iban cayendo a merced de las implacables estocadas romanas.

Tras un último vistazo a aquella carnicería, Gundebaldo, espada en mano, saltó contra los soldados que custodiaban la puerta.

Logró clavar la hoja en el primero, al tiempo que el segundo, arrollado por Fritigerno en su huida, rodaba por el suelo.

Se disponían a abrir las hojas de madera cuando Gundebaldo se cuestionó el acierto de tal decisión: al otro lado se escuchaba el ruido inconfundible de pasos a la carrera.

Jurando por lo bajo, detuvo a Fritigerno.

–¡No! Nos están esperando –gritó, volviéndose hacia el centro de la estancia en busca de alguna vía de escape alternativa.

Vio a Gesaleico caer bajo el filo de las espadas, pero nada podían hacer por él.

A una decena de pasos, al otro lado de la estancia, una amplia ventana parecía ser la única salida.

El balto suspiró; no era la primera vez que debía saltar al vacío y confiar en su suerte para solventar una situación desesperada.

En ese momento, la puerta se abrió a su espalda, y una veintena de legionarios armados hasta los dientes irrumpió en la sala.

Y ya no hubo más dudas. Gundebaldo echó a correr hacia la ventana, gesticulando a su compañero para que lo siguiera.

Pasara lo que pasara, le parecía preferible despeñarse por aquel hueco tratando de apurar sus posibilidades de sobrevivir que morir a manos de sus verdugos.

En el centro de la sala, media docena de godos habían conseguido hacerse con las armas de los caídos y se defendían formando espalda contra espalda.

Los romanos, a su alrededor, los vigilaban tomándose un respiro; ya no podían matarlos a placer, y no sólo tomaban resuello, sino que también daban tiempo a los legionarios para tomar posiciones.

Lupicino permanecía junto a su diván, lo más alejado posible de la matanza que se ejecutaba a sus pies.

Señaló a Fritigerno. «¡Matadlo!», gritó, y, de inmediato, uno de los falsos músicos se dispuso a cumplir sus órdenes.

Pero Gundebaldo se adelantó y, mientras Fritigerno se encaramaba a la ventana, ensartó al romano con su espada.

No había tiempo para nada más. El balto empujó a su compañero con decisión, haciendo caso omiso de su expresión de pánico, y éste rodó por la cornisa y se precipitó al vacío.

Luego saltó tras él, y sólo fue consciente de que había llegado al suelo cuando se estrelló contra una cubierta de madera que detuvo en parte su caída.

–Mierda, mierda, mierda –protestó Fritigerno, maltrecho, pero vivo.

Gundebaldo se puso en pie de un salto, aliviado al comprobar que estaba ileso.

–¿Puedes andar? –preguntó a Fritigerno.

El caudillo tervingio protestó levemente, pero, con la ayuda de su compañero, consiguió incorporarse.

–Con tal de largarnos de aquí, gatearía si fuera necesario.

Gundebaldo asintió, tanteando apresuradamente en busca de su espada.

Las voces de los legionarios se escuchaban sobre sus cabezas, aunque ninguno se había decidido aún a ir tras ellos por la ventana.

«Estarán corriendo por las escaleras», razonó.

Si no se equivocaba, todavía quedaban muchas horas para el alba.

Tenían que aprovechar la oscuridad para escapar de aquella maldita ciudad.

Ellos eran los únicos que podían llevar la verdad hasta los suyos; los últimos que podían desatar la rebelión y llevarlos a la batalla.