La frontera de piedra Capítulo XIII #3
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Capítulo XIII #3

Esa tarde, cuando la mayoría de los hombres todavía descansaba, atravesó el patio de armas en dirección a los establos.

Por fin solo, lejos de los demás, de sus chanzas y protestas, cepillaría a sus caballos con la tranquilidad y dedicación que merecían.

Hacía años que había olvidado a sus dioses; ellos fueron los primeros de los que se alejó de forma definitiva.

Mucho más le había costado dejar de extrañar a su esposa y a sus hijos, a su familia, aunque en cierto modo lo había conseguido.

Lo único que lo mantenía atado a su pasado, a Respendial, el hombre que había sido, era su amor a los caballos y a la batalla.

Y sólo en momentos como aquél, cerraba los ojos y se sentía transportado a un lugar muy lejano.

Aunque nunca se lo reconocería a Víctor, su gran amigo y valedor, durante aquellos momentos creía volver a sentir la magia que unía a jinete y montura.

Se dejó guiar por el olor a heno y atravesó la primera de las galerías.

Siempre que podía llevaba a sus animales a pacer al exterior, por mucho que fuera innecesario, ya que, dentro de los límites de Roma, ni los caballeros ni sus monturas pasaban hambre; pero allí, en la frontera persa, no había tenido más remedio que proceder como todos los hombres de la tropa, pues la hierba era un bien escaso siempre sometido a los rigores de un sol abrasador.

Cuando entró donde se encontraban sus cinco animales, se percató de que no estaba solo. Aun de espaldas, reconoció a uno de los suyos, por aquel cabello rubio y largo. Pablo carraspeó, y de inmediato el hombre se volvió hacia él.

–Señor, espero no molestaros, pero quería atender a mis caballos como se merecen. ¡Ha sido un día duro!

Pablo asintió, complacido. El joven, parte de aquel grupo de alanos y sármatas que componían la escolta personal del general Víctor, había sido el último en unirse a sus hombres, hacía poco más de tres lunas.

Poco habían hablado, pero tanto Pablo como quienes se encontraban bajo su mando eran hombres de pocas palabras.

–Haces bien, muchacho.

Se situó frente a sus caballos, y pronto se molestaron entre ellos para acercarse a su dueño y ofrecerle los cuellos para que los acariciara.

Miró entonces a Farasmanes. Poco sabía de él; aquélla era una de las premisas de quienes lo servían: no eran necesarias preguntas, tan sólo su origen y su lealtad.

–Farasmanes, ¿cuándo abandonaste la pradera?

El guerrero, que debía rondar los veinte años, se volvió, sorprendido, pero no tardó en responder.

–Atravesé la frontera de piedra hace casi tres años. Desde entonces he ido de una guarnición a otra, allí donde hacían falta exploradores o jinetes. Fue una suerte encontraros a vos y a los demás aquí, en la frontera oriental.

El caudillo alano asintió. Sí, el joven había tenido suerte; él había tenido que perder la vida antes de convertirse en un hombre nuevo.

–Yo lo hice hace casi trece años; trece años, y todavía pienso quedarme mucho tiempo más aquí, si es que los persas no acaban antes conmigo –esbozó una sonrisa, lo que volvió a sorprender al joven, pues nunca lo había visto sonreír–.

¿Cómo estaban las tierras de los nuestros a tu marcha? ¿Alguna noticia de los malditos hunos?

Farasmanes se encogió de hombros.

–Nunca dejó de decirse que no tardarían en regresar, pero lo cierto es que, cuando me fui, todavía no lo habían hecho.

Pablo tamborileó con los dedos en el cuello de Nieve, su caballo favorito, satisfecho con la información.

Era mucho lo que había dejado atrás para seguir a Dios y al hombre que tanto le había enseñado.

No se arrepentía de su decisión, aunque durante los primeros años no había dejado de sufrir ni un solo día por la pérdida de sus seres queridos.

Cada anochecer imaginaba cómo serían los rostros de sus hijos: Safrax, Aleda y Caina.

Pero todo eso parecía haber cambiado durante el último año, después de aquel sueño que le asaltara en tierras persas, robándole el descanso.

Desde entonces, se había repetido en varias ocasiones, y siempre se despertaba bañado en sudor, con la desagradable sensación de tener la palma de su mano en carne viva tras sostener el dragón de Beuca.

Y ahora el que fuera Respendial rogaba para sí que aquello fuera tan sólo un sueño, una pesadilla, y no un atisbo de la realidad.

Rebuscó en su faltriquera, hizo una seña a su compañero y le lanzó un par de manzanas arrugadas.

–Son buenos caballos, merecen una golosina.

Farasmanes las atrapó en el aire y le devolvió la sonrisa.

* * *

Noviembre del 376. Marcianópolis

Se jugaba mucho en aquella velada; todo debía salir a la perfección.

Lupicino había dispuesto que una escolta de honor velara por los caudillos godos durante el trayecto hasta el palacio para asegurarse de que nadie, ni los soldados ni los ciudadanos, los increparan.

Y, poco antes de la caída del sol, los había recibido con una sonrisa cortés desde el triclinium , ataviado con unos ropajes dignos del mismísimo palacio imperial de Constantinopla.

Recibió los murmullos de admiración de los godos cuando ingresaron en la lujosa estancia con un gesto de suficiencia.

Lupicino se había asegurado de que todo transmitiera lujo y distinción: las teas hacían destellar los metales preciosos, iluminaban los divanes forrados con telas costosas, el historiado suelo y la loza de delicada factura.

–Bienvenidos, amigos –los saludó–. Hoy es el día señalado para que vuestras tribulaciones, y las de vuestro pueblo, terminen para siempre. Pero, antes de tratar los detalles, poneos cómodos y comed. Los asuntos de importancia no deben tratarse sin haber llenado antes el estómago.

Palmeó con fuerza, y los libertos desaparecieron al momento, dando paso a músicos y bailarinas.

El administrador imperial escrutó los rostros de los godos, decidiendo para sí quiénes parecían obnubilados por la puesta en escena y quiénes más reticentes. Desde su diván, situado sobre un pequeño estrado, no perdería detalle de todo lo que sucediera a su alrededor.

–Música y danza para nuestros amigos. ¡Disfrutad! –insistió, esbozando la mayor de las sonrisas.

Uno de los sirvientes se acercó a Lupicino con una fuente repleta de comida, pero éste le hizo una seña para que continuara la ronda entre los huéspedes.

Esa noche estaba demasiado nervioso como para comer; se conformaría con paladear una copa de vino mientras aquellos salvajes devoraban los manjares que habían preparado para ellos.

Pese a las amigables palabras del gobernador, los líderes se mostraban desconfiados.

Casi a regañadientes, se distribuyeron por los divanes libres, y al momento entre ellos se situaron una decena de oficiales, todos elegantemente vestidos con atuendos civiles.

Ninguno portaba armas, ni siquiera los cuatro soldados que se encontraban en la estancia: dos junto a la puerta, dos junto al gobernador.

El alegre sonido de los instrumentos llenó el aire, y las bailarinas comenzaron a desplazarse con gracilidad entre los invitados, rellenando las copas con licor.

Sentado a una veintena de pasos frente a Lupicino, Gundebaldo no quería perder detalle de lo que ocurría en la sala.

Pronto comprobó que era el único que ni bebía ni comía, por más que su estómago protestara ante los delicados aromas de las viandas.

Tuvo que hacer uso de toda su voluntad para ignorarlas; no aceptaría ser agasajado por quienes no habían demostrado ser de fiar.

Ignoró también el olor aterciopelado del sándalo, la belleza de las muchachas que caminaban, serviciales, entre los divanes, y se concentró en la escena.

Y, de repente, se dio cuenta de cuán fuera de lugar estaba allí, con su expresión adusta y su aspecto deplorable en comparación con todos aquellos con los que compartía banquete.

Alrededor del lugar privilegiado de Lupicino, había una decena de romanos de porte militar, aunque entre sus ropas no destacara arma alguna.

Tampoco los cuatro legionarios blandían lanza ni espada, tal como habían pactado.

Pero aquello no tranquilizaba a Gundebaldo; se encontraban en una ciudad de la que sería casi imposible salir si comenzaban los problemas, una ciudad enemiga, a su entender, pese a las nuevas promesas de los romanos.

Poco a poco el ambiente, regado con abundante vino, se fue animando.

Las voces de los godos subían de tono intentando hacerse oír, y la música, aguda y repetitiva, resonaba en los oídos de Gundebaldo amenazando con provocarle un intenso dolor de cabeza.

El sol, que hasta entonces se había colado tímidamente por las ventanas, se ocultó al fin tras el horizonte, pero era tal la cantidad de teas y lucernarios que nadie parecía echarlo en falta.

El tiempo transcurría y nada se había resuelto aún.

Gundebaldo, irritado, sintió que su paciencia comenzaba a agotarse.

Quería que todo terminara, arrancar de aquellos romanos las promesas que fueran, aunque él las temiera vacías, salir de aquel edificio y regresar junto a los suyos lo antes posible.

No le gustaba estar allí, a merced de los mismos hombres que vivían rodeados de lujos mientras su pueblo llevaba meses sobreviviendo en la más absoluta miseria.

Molesto, no fue capaz de contenerse por más tiempo y se puso en pie con brusquedad, atrayendo de inmediato las miradas de los romanos. Ignorándolos, caminó hasta donde estaba Fritigerno y se agachó a su lado.

Lupicino, en el otro extremo de la estancia, enarcó una ceja.

Hasta ese momento todo estaba saliendo a pedir de boca, pero le desagradaba la actitud de aquel bárbaro vestido como un andrajoso que no había probado bocado.

Desde la distancia, sólo vio que Fritigerno asentía con la cabeza antes de ponerse en pie.

–¡Lupicino! –gritó el jefe tervingio para hacerse oír por encima de los acordes de los músicos.