La frontera de piedra Capítulo XIII #2
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Capítulo XIII #2

Rebuscó entre las ropas del cadáver cualquier cosa de valor. En la mano derecha brillaba un anillo de oro, y decidió tomarlo también. Cercenó el dedo de un tajo en vez de extraerlo. Ése sería un mensaje que Fritigerno entendería.

No se atrevería a cambiar el anillo por alimentos, por si alguno de esos romanos reconocía el sello y lo señalaba como asesino.

Los romanos los habían ido obligando a adentrarse en la Tracia, y habían dispuesto tropas en los alrededores para contener cualquier posible reacción, retirando incluso tropas de las orillas del río para asegurarse de tenerlos controlados.

Pero debían despertar, movilizarse, defenderse.

Él ya había vuelto en sí, y la cólera ardía en su pecho.

Lo había perdido todo, así que ya no le quedaba nada que arriesgar.

Se lo debía a sus hijos. A su hija. A la memoria de su mujer.

Envolvió el dedo en un trozo de tela y se lo tendió a Baddo.

–Entrégale esto. Dile que ha llegado la hora de vengar tanta deshonra sufrida.

La chica dudó. ¿Acaso su padre se atrevía a hablarle de honra?

Demasiado tarde para ella. Sin embargo, sus hermanos seguían siendo vulnerables; si perdían a su padre, lo serían aún más.

Los miró. Teudiselo le dedicó una sonrisa cansada; Alarico y Gosvinta, aún aferrados a su falda, estrujaban nerviosamente la tela entre sus manos.

Carraspeó, sintiendo el sabor de la bilis en la boca.

Se preguntó si algún día se libraría de aquella amarga sensación.

–¿No temes que te entregue en cuanto los romanos se den cuenta de lo que ha ocurrido?

Gundebaldo se encogió de hombros. Había actuado sin reflexionar: había sentido que debía acabar con la vida de aquel miserable, y lo había hecho sin valorar las consecuencias.

No era momento de echarse atrás. Si Fritigerno lo culpaba, al menos moriría con la satisfacción de haber tratado de enmendar, en parte, su terrible error.

–Lleva a Alarico y a Gosvinta contigo. Búscalo y dile que necesito hablar con él. Esto debe terminar, y él es el único que puede llamar a los nuestros a las armas. Si no es el hombre que pienso que es, nada perderé si me quita la vida.

* * *

Habían enterrado el cadáver y lavado las manchas de sangre de sus ropas en el arroyo.

Cansados, se dirigieron al campamento. Gundebaldo sentía despertar en su interior sensaciones largamente olvidadas, como una tímida esperanza y una cierta excitación.

En cuanto pusieron pie en los caminos creados entre las tiendas, comenzó a imaginar cómo sería escuchar el sonido metálico de las armas y los gritos de venganza.

Eran muchos los que deseaban aquello, y, sin embargo, todo parecía tranquilo, demasiado tranquilo, allá donde mirara.

Junto a la tienda de Fritigerno se había reunido una pequeña muchedumbre.

No se apreciaba el brillo de arma alguna; sólo ropas limpias y cuidadas, en nada parecidas a las que él mismo lucía.

Reconoció entre ellos los rostros de los principales caudillos, aquellos que habían medrado bajo el auspicio de Fritigerno y Alavivo, los enemigos de Atanarico.

La figura menuda de Baddo, cuya expresión era inescrutable, se destacaba entre los hombres.

Antes de que pudiera dirigirse a su hija, uno de los jefezuelos presentes, de nombre Gesaleico, lo abordó.

–Gundebaldo, ¿dónde te habías metido? Ya pensaba que tendríamos que partir sin ti.

–Padre, no llevan armas –susurró Teudiselo, pero el balto lo acalló con un asentimiento.

–Lleva a tus hermanos a la tienda. Encerraos allí hasta que yo regrese –se limitó a responder–. ¡Ahora! –lo instó, antes de dirigirse con paso firme hacia Gesaleico–. ¿Y adónde os ibais? Os veo muy elegantes; no pensaba que contarais con este tipo de ropas...

Gesaleico no sonrió.

–Esperamos a Fritigerno y Alavivo para ir a la ciudad.

–¿Así vestidos? ¿Y dónde están las armas? ¡Esos bastardos no merecen que los agasajemos, sino el frío del metal entre sus costillas!

–Amigo, contén la lengua. Entendemos tu indignación, y bastante nos cuesta calmar a los hombres, pero el gobernador nos ha ofrecido arreglar nuestras diferencias definitivamente. Estos ropajes son parte del acuerdo para iniciar las conversaciones de paz.

Gundebaldo escupió a los pies de Gesaleico.

–Sólo otra promesa vacía. ¿Arreglar las diferencias, dices? Yo sólo me consideraré recompensado cuando hayan sufrido lo mismo que nosotros, cuando sus mujeres y sus hijos se hayan desangrado como lo han hecho los nuestros, cuando su dignidad haya sido pisoteada en la misma medida que la nuestra.

El murmullo de expectación que se generó alrededor lo hizo callar. En ese momento, Fritigerno y Alavivo salían de la tienda principal.

–¿Estamos todos? –preguntó el primero, estudiando los rostros de los hombres.

–Incluso Gundebaldo –intervino Alavivo–. ¿De dónde sales, amigo? ¿Y por qué vas vestido como un pordiosero y no con los nuevos ropajes que nos han entregado?

–Visto como lo que esos hombres me han obligado a ser –respondió el balto con brusquedad.

Alavivo sostuvo por un momento su mirada, y luego, con un bufido, se perdió entre la veintena de hombres que habían acudido a su llamada.

Gundebaldo se había quedado cara a cara frente a Fritigerno.

Notaba cómo el pecho le subía y bajaba con rapidez, fruto de la tensión.

Su relación con los dos caudillos nunca había sido la mejor; como balto, y como alguien que había llegado a ocupar un puesto de honor con Atanarico, se habían visto en bandos distintos entre los suyos en no pocas ocasiones.

Sin embargo, estaba dispuesto a dejar todo eso atrás.

A sus ojos, ahora se encontraban en el mismo agujero.

–Envié a mi hija a hablar contigo –susurró.

En Fritigerno, más orgulloso e impulsivo que Alavivo, había depositado sus esperanzas. Si él mismo había sido capaz de despertar, qué no podría hacer él.

–Y ella me transmitió tu mensaje. Entiendo tu postura, Gundebaldo. Pero tenemos que pensar en la mejor solución para todos. Ven con nosotros. Es lo que te puedo ofrecer.

–Deberíamos ir, pero con las armas en la mano –repuso, aferrándolo de la muñeca.

Fritigerno se desembarazó del agarre de Gundebaldo y lo miró a los ojos. No parecía airado porque lo hubiera tratado con tan poco respeto; había piedad en su mirada, y eso hizo que el balto se sintiera, en cierto modo, avergonzado.

–Baddo me lo ha contado todo –susurró–. Pero tuve que echarla de la tienda antes de que Alavivo se enterase de lo que has hecho.

–No me arrepiento, Fritigerno. Basta de ser cobardes, de poner la otra mejilla, como dice tu Dios... ¡Vamos a por esos cabrones! –masculló entre dientes.

–Hace sólo unas horas que Lupicino ha mandado una delegación.

Han traído comida, ropa, caballos, y nos ofrecen retomar las negociaciones para nuestro asentamiento definitivo.

Es la oportunidad que tanto tiempo llevamos esperando, Gundebaldo.

Ven con nosotros y escúchalo tú mismo. Tierras y alimentos para tus hijos.

No podemos no acudir, ¿es que no lo ves?

Gundebaldo miró a Fritigerno sin poder creerse lo que oía.

–¿Cuántos meses llevamos sufriendo todo tipo de humillaciones? ¿Y por qué nos ofrecen esto ahora, cuando muchos de los hombres estarían dispuestos a rebelarse, a ir al combate aunque fuera con las manos desnudas?

–Quizá precisamente por eso.

–¡Gundebaldo! –gritó Alavivo desde la distancia–. Decídete ya: o vienes con nosotros o te largas.

–Ya vamos –respondió Fritigerno, empujándolo con suavidad para que caminara a su lado.

* * *

Noviembre del 376. Frontera persa

Antes del alba, como cada jornada, Pablo comenzaba la instrucción en las tácticas de guerra con los reclutas iberos enviados por Bacurio.

Los había obligado a cabalgar sin descanso y a atravesar el río en al menos cuatro ocasiones, y se habían despellejado los dedos con el arco.

Hombres y bestias habían terminado bañados en sudor, agotados y deseosos de perder de vista al alano, al menos hasta el día siguiente.

Pablo observó su paso cansino de regreso con una sonrisa en los labios.

Disfrutaba con aquello y, además, le resultaba divertido que fuera él, un alano, quien instruyera a los iberos en el modo de lucha de los ejércitos de Roma.

El mundo, desde luego, no era tan simple como él creía cuando era joven y vivía entre los suyos.

Más allá de la pradera, de las estaciones y los caballos, existía algo inmenso y cambiante; peligroso también, pero a la vez fascinante.

Decidió, como otros tantos, acercarse al río para refrescarse antes de volver a la fortaleza.

Una vez allí, había almorzado junto a sus más allegados, aquellos que llevaban más tiempo a su lado: los únicos que se prestaban a compartir mesa con él.

Reservado, incluso arisco en ocasiones, sólo parecía feliz en el campo de batalla o en el de entrenamiento.

No era el mejor de los compañeros cuando de divertirse se trataba, ni el más indicado al que invitar a un paseo por la cannaba .

Aquello, lejos de contrariarlo, lo satisfacía.

Pablo era un hombre de placeres sencillos y discretos: sus armas, sus caballos y, en contadas ocasiones, quedarse dormido entre los brazos de una bella mujer.