La frontera de piedra Capítulo XIII
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Capítulo XIII

CAPÍTULO XIII

Gundebaldo andaba despacio. Como si estuviera en medio de una pesadilla, incapaz de fijar la vista, sólo podía avanzar a trompicones hacia el difuso contorno de la destartalada cabaña.

Se encontraba débil, y era vagamente consciente de que su aspecto debía de resultar lamentable, aunque no más que el de tantos otros.

Finalmente habían conseguido que el emperador romano les franqueara el paso, pero eso, lejos de terminar con sus penalidades, sólo las había recrudecido.

Salla, quien había sido su mejor amigo, había perecido durante el cruce del río.

El cauce se convirtió en tumba para centenares de los suyos, pues muchas de las embarcaciones, sobrecargadas, zozobraron con la corriente.

Y, ante la desesperación de todos, aquellos que supuestamente debían auxiliarlos se contentaron con contemplar su desgracia con indiferencia.

Pero él, Gundebaldo, parecía contar con el favor del dios de los cristianos.

Al menos eso le había asegurado Hilda: que Dios había posibilitado que tanto él como su familia consiguieran cruzar al otro lado.

Y, cuando al fin pisaron tierra firme, pensó que las tribulaciones quedarían atrás para siempre. Cuán equivocado había estado.

Los romanos les habían franqueado el paso y prometido entregarles tierras a cambio de que sirvieran en las tropas imperiales y que se convirtieran al credo de Jesús.

Sin embargo, habían pasado las semanas, y las promesas no llegaban a concretarse.

A cada jornada resultaba más y más difícil conseguir alimentos.

Eran decenas de miles los hombres y mujeres que habían seguido a Fritigerno y Alavivo.

Por temor a los tumultos, los romanos los habían dispersado en grupos más pequeños, alegando que de esta manera sería más sencillo responder a sus necesidades; pero aquella promesa, como tantas otras, había sido un embuste.

Los godos se habían visto obligados a entregar sus escasas pertenencias a cambio de comida, y luego incluso sus armas, cuando éstas se habían convertido en lo único de valor que les quedaba.

Pero no había sido hasta un mes atrás cuando Gundebaldo había sentido que tocaba fondo.

Hilda, su querida Hilda, debilitada por la escasez y las penurias, consumida por una fiebre inclemente que la hacía temblar y delirar, había fallecido en sus brazos.

Como en tantas otras familias, los más débiles morían, mientras que el resto sufría una existencia miserable.

Y desde entonces él sólo deseaba morir. Hundido en la más absoluta desolación, odiaba seguir hollando aquella tierra maldita.

Se convirtió en una sombra, ausente y, perdido en la amargura, se volvió ciego al dolor de los demás, incluso al de sus propios hijos.

No tenían alimento ni ropas con las que cubrirse, ni tampoco una chispa de esperanza que mitigara su sufrimiento.

Entretanto, los romanos habían trasladado a su grupo hacia el sur, hacia una vasta extensión desolada.

Gundebaldo tenía la vaga conciencia de que, a pesar de la falta de fuerzas, algunos comenzaban a alzar la voz en contra de quienes habían asegurado ser sus benefactores.

Pero a él tampoco eso le importaba. Ni siquiera había ira en él, tampoco deseos de venganza; a sus ojos, nada valía la pena. Sólo quería morir.

Tampoco había hecho caso a su pequeña Baddo cuando ésta le aseguró que un romano llevaba días rondándola: la observaba cuando iba a por agua al arroyo o cuando caminaba entre las chozas. Ella insistió, pero él no le prestó atención.

El día en que aquel tipo se acercó a ellos, Gundebaldo lo miró como si fuera un espectro, aun cuando depositó una jarra de vino, una hogaza de pan y algo de fruta a sus pies, para luego marcharse por donde había venido sin decir una palabra.

Al rato, entró en la cabaña, donde Baddo lloraba con desconsuelo mientras sus hermanos la abrazaban, tratando de confortarla.

Los pequeños lo miraron con desconcierto, pero se acercaron a él al ver la comida.

Baddo, sin embargo, no probó bocado; se limitó a encogerse sobre sí misma, mirando hacia la pared, sacudida por las náuseas y un llanto amargo que se fue acallando cuando el agotamiento la venció.

Aquella visita se convirtió en rutinaria.

Y, poco a poco, ella dejó de llorar; su expresión se tornó vacía, indiferente.

Cuando el romano se marchaba, repartía los víveres, e incluso llevaba su porción a Gundebaldo, que bebía el vino a largos tragos, masticaba la comida en silencio y no le sostenía la mirada.

Luego, Baddo se acurrucaba en un rincón con sus hermanos, ya no tan demacrados, y rumiaba en soledad su vergüenza y su rencor.

Ese día, el ánfora repleta de vino avinagrado se le resbaló a Gundebaldo de entre las manos, cayéndose al suelo y rompiéndose en pedazos. El balto contempló en silencio el charco embarrado que formaba el líquido al mezclarse con la tierra, demasiado aturdido como para maldecir.

–Papá. –La tenue voz de Alarico lo sacó de su ensimismamiento–. Papá, ya no quiero más pan. No si ese hombre sigue haciendo daño a Baddo.

Al levantar la cabeza, se encontró con la cara sucia de su hijo pequeño.

Su mirada había recuperado parte del brillo, pero la expresión era desconsolada.

En su mente abotargada por el vino y el dolor, un pensamiento terrible, punzante, comenzó a abrirse paso.

Aquel hombre entraba en la choza para gozar del cuerpo de su hija, y él lo permitía.

Había permitido aquella atrocidad durante semanas; no había protegido a su niña, había vendido la inocencia de su dulce Baddo por un miserable trago que le permitiera hundirse todavía un poco más en la niebla, en el abismo en el que vivía desde la muerte de Hilda.

Despertó de pronto a la realidad: había salido de una pesadilla para caer en otra.

Una ira salvaje, ardiente, comenzó a devorarlo por dentro. No podía borrar lo sucedido, pero tenía que hacer algo para demostrarse a sí mismo que seguía siendo un hombre digno de tal nombre, vengar a su hija, rogar su perdón.

Se llevó la mano derecha a la cintura y aferró el puñal de caza, la única arma que le quedaba.

Se levantó con rapidez, sacudió la cabeza para vencer la sensación de vértigo que hacía temblar sus piernas y abrió la puerta de la cabaña de una patada.

El romano, de espaldas a él, con los calzones a la altura de los tobillos, se volvió con expresión entre sorprendida e indignada.

Gundebaldo tiró de él para apartarlo de Baddo.

El hombre cayó al suelo, y el balto no tardó más que un latido en abalanzarse sobre él, cuchillo en mano, y hundirle la hoja en el pecho repetidas veces.

Los gritos resonaron entre las paredes, y la sangre le salpicó las manos y las ropas.

Sus dedos temblaban, pero por primera vez desde hacía mucho tiempo no era debido a la debilidad o al vino.

Dejó caer el cuchillo sobre la hierba y se frotó las manos una contra la otra, aunque con ello no logró sino extender la sangre.

Teudiselo, Alarico y la pequeña Gosvinta lo miraban atónitos, sin atreverse a abrir la boca.

A sus pies yacía el cadáver del romano. Baddo se arregló las ropas y lo contempló con los puños apretados.

Frunció los labios y una lágrima rodó por su mejilla.

Entonces vino la rabia, y propinó al cadáver una patada, y luego otra más, riendo salvajemente.

Gundebaldo se le acercó para abrazarla, pero Baddo se apartó.

No insistió. Se preguntaba si algún día ella podría perdonarlo, y si él sería capaz de perdonarse a sí mismo.

Supuso que la respuesta a ambas preguntas era no.

Ahora que parecía haber recuperado cierta lucidez, le parecía imposible haber sido cómplice de la deshonra de su hija.

Él, que en un pasado no tan lejano había sido un hombre respetado, se había convertido en algo mucho peor que un animal.

Había perdido sus posesiones cuando Atanarico le había dado la espalda; había perdido a su mujer devorada por las fiebres, y había perdido a sus hijos de un modo todavía más atroz. Pero al menos ellos estaban vivos.

–Papá –se atrevió a decir Teudiselo, el mayor, lanzando miradas nerviosas hacia los márgenes del camino–. Debemos irnos antes de que alguien nos encuentre así...

Baddo seguía contemplando al cadáver con una sonrisa siniestra.

El hombre que la había vejado, que la había tratado como mercancía, indiferente a su miedo, su asco y su dolor, yacía al fin sin vida.

Era uno de tantos romanos dispuesto a beneficiarse de la desgracia ajena.

El cabello entrecano y la barba recortada estaban salpicados de manchas de sangre.

Los ojos abiertos, el cuello abierto. Ya no respiraba.

Ya no podría tocarla nunca más. Y no pudo contener el llanto de puro alivio.

Sus hermanos corrieron a abrazarla, pero aquel gesto, lejos de reconfortarla, la estremeció.

Incapaz de soportar cualquier contacto, apartó al mayor con menos delicadeza de la que hubiera deseado, y a los más pequeños con algo más de suavidad.

A los pies de la muchacha, arrodillado, Gundebaldo también lloraba. Su padre había matado a la bestia. Baddo vio la vergüenza y la culpa en su rostro, pero no se despertó en ella emoción alguna. «El daño ya está hecho», murmuró para sí.

Gundebaldo recogió el puñal y lo limpió en las ropas del romano. Aún le temblaban las manos cuando se levantó.

–Teudiselo –llamó al mayor, pues a sus catorce años podría ayudarlo a cargar y ocultar el cadáver–. Lo enterraremos en el bosque.

Volvió la mirada hacia Baddo, tratando de aparentar una seguridad que no sentía.

–Baddo, regresa con los nuestros y busca a Fritigerno. Dile que tengo que hablar con él.