La frontera de piedra Capítulo XII #3
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Capítulo XII #3

–Ya te pagó largamente hace dos años, ¿no es cierto? Pues entiende que esto es como devolver el favor a un influyente benefactor al que conviene no soliviantar...

Torcuato dudó, pero la mirada de Nepociano fue suficiente para convencerlo de que, en esa ocasión, no vería satisfecha su avaricia. Movió la cabeza, soltó un suspiro y comenzó a hablar:

–Cuando me fui, las cosas no marchaban bien en Oriente. Créeme si te digo que estoy pensando en pasar una larga temporada en la Galia, hasta que todo se tranquilice.

–Explícate.

–Al principio, los godos atravesaron el Istro con la aquiescencia del emperador...

No todos, pues las cifras eran inabarcables, pero sí unos cuantos miles.

¡Qué digo! Decenas de miles lo hicieron.

Con el emperador lejos, los cargos más relevantes de la provincia tuvieron que asumir la responsabilidad de organizar el traslado y la acogida.

Pero ya puedes imaginar que buscar acomodo a tantos hombres, mujeres, ancianos y niños resulta una tarea realmente titánica...

Nepociano asintió, intentando imaginarse semejante escena en la pequeña Brigetio: miles de salvajes acuciados por el hambre, el miedo y las inclemencias del tiempo buscando un refugio que difícilmente podrían ofrecerles. Daba gracias por no tener que encontrarse en tal situación.

–Los que no lo habían hecho aceptaron convertirse a la fe de Cristo; como contrapartida, Lupicino, uno de los mandamases de la zona, se comprometió a darles un lugar donde instalarse y acceso a comida suficiente.

«Miles de bocas hambrientas», pensó Nepociano, consciente de lo desesperado de la situación.

–¿Permanecen en los alrededores de la frontera o se les ha reubicado en el interior?

–Siguen junto al Istro. Lupicino quiere tenerlos cerca. Por lo que parece, no los considera dignos de confianza.

–¿Y qué han hecho con sus peticiones de agua y comida? ¿Se les ha adjudicado la annona ?

Torcuato escrutó a Nepociano, tratando de descubrir si la pregunta encerraba alguna trampa; le resultaba difícil entender que se pudiera siquiera plantear que la impedimenta de los militares fuera desviada para aquellos salvajes.

–Sería un error malgastar la anonna en esos melenudos, querido tribuno. Si así se dispusiera, ningún destacamento desde la desembocadura del Istro hasta Aquincum tendría qué echarse a la boca, y su concurso es mil veces más importante que el de los godos.

Nepociano se reclinó sobre el asiento y le dirigió una mirada inquisitiva.

–Imagino que alguien tan despierto como tú no habrá dejado de aprovechar la ocasión para llenarse la bolsa gracias a sus necesidades, si son tantas. ¿Me equivoco?

El mercader sonrió con astucia. Por supuesto que sí, y se había marchado en cuanto las cosas habían comenzado a complicarse.

Arrebatar a aquellos salvajes sus pocas pertenencias a cambio de un mendrugo de pan era una cosa, y arriesgarse a que le cortaran el pescuezo por desplumarlos era otra bien distinta.

Para cuando aquello pudiera llegar a ocurrir, él ya estaría bien lejos.

–En un primer momento, sí –contestó al fin–. El mismo Lupicino me solicitó que los proveyera de grano, pues de todos es sabido que no hay mercader más fiable que yo –se vanaglorió sin rubor.

El tribuno se armó de paciencia. Conocía lo bastante a Torcuato como para saber que disfrutaba escuchándose. «Al menos me queda el consuelo de que el vino es aceptable», pensó.

–Continúa, por favor.

–Conseguí que algunos mercantes trajeran cereal desde el Ponto; a un precio elevado, claro está. Pero, en cuanto los godos se hubieron desprendido de cuanto tenían y ya no podían permitirse pagar por el alimento, comenzaron los problemas.

–¿Y cómo es posible que Valente acepte recibir a tal cantidad de extranjeros sin comprender que debe también alimentarlos? Si no lo hace, poco tardarán en rebelarse; y, cuando lo hagan, ya no estarán al otro lado del río, sino en nuestro territorio.

–Eso mismo dije yo a Lupicino antes de comprar todo el ámbar que pude y abandonar la provincia.

–Habíamos escuchado que había problemas, pero quería conocer tu versión, ya que vienes de allí.

–¿Problemas? ¡Claro que habrá problemas!

Ya los había cuando me marché. Se les había acabado el oro y el metal, los brazaletes y las armas.

Algunos empezaban a ofrecer la honra de sus propias hijas para pagar, cualquier cosa con tal de tener algo que llevarse a la boca.

He visto cómo unos padres entregaban a sus hijos a cambio de un chucho flaco y pulgoso con el que alimentarse.

–Torcuato torció el gesto, mostrando por un instante un atisbo de humanidad.

–Está bien, amigo, puedo hacerme una idea... Creo que has hecho bien en abandonar Mesia; se acercan tiempos aciagos para la zona. Quédate aquí cuanto necesites, y ya sabes dónde encontrarme si hay algo en lo que te pueda ayudar.

–Sabes que cuentas con mi agradecimiento, querido Cayo Nepociano. Y hazlo extensivo también al gran Tito Valerio, vencedor de los alamanes y azote de todos los germanos.

El tribuno retiró el taburete y se puso en pie.

–¿Podrías calcular cuántos son, Torcuato? –preguntó antes de marcharse.

–¿Los salvajes, mi señor? –El tribuno asintió–. No sabría decirlo con precisión; decenas de miles, como he dicho, pues se extienden por muchas millas en el territorio. Aunque imagino que los guerreros serán alrededor de unos veinte mil.

El tribuno asintió. Veinte mil, quizá más.

Todo un ejército; un ejército de almas desesperadas en el interior de las provincias orientales del Istro.

La yesca que, de producirse una chispa, prendería en llamas la frontera entera.

Meneó la cabeza para alejar aquellos funestos pensamientos.

Además, ya había llegado el momento de comenzar a disfrutar de su día de permiso.

Haría llamar a Ingrid; compartirían una jarra de cerveza y un rato de conversación.

Su voz, con aquel acento algo gutural, siempre le resultaba relajante.

Después, se entregarían a otros placeres.