Capítulo XII #2
De repente, un largo trueno retumbó en el aire, y desde un cielo hasta entonces despejado comenzaron a caer gruesos goterones.
Al momento, las gentes que holgaban junto a la orilla buscaron resguardo.
Pero Hilduara, no. Se quedó allí, presa de una repentina alegría, bailoteando con el pequeño en los brazos bajo la lluvia; rio a carcajadas cuando los relámpagos iluminaron el cielo y celebró cada trueno.
Vio como algunos de los que corrían a refugiarse la observaban como si pensaran que había perdido la razón, y rio con más fuerza en respuesta.
Porque no había perdido la razón, la había recuperado: porque la tormenta había estallado cuando nadie lo esperaba, y aquello sólo podía significar que Donar, el dios del trueno, el hijo del bendito Woden, el mismo que intercediera por su pequeño en el momento de su nacimiento, había atendido a sus ruegos una vez más.
* * *
Septiembre del 376. Brigetio
Marcial aseguraba que ya habían transcurrido dos años desde que llegaran a Panonia Valeria.
Goar se había convertido en un muchacho alto y fuerte, acostumbrado a ver edificios de piedra allá donde mirara: templos, tabernas, casas y bloques de varios pisos, almacenes enormes, como los que había junto al puerto fluvial, y fortificaciones militares de todo tipo.
Todo lo que le había resultado nuevo a su llegada se había convertido en familiar, y los recuerdos de su vida pasada parecían difuminarse en su mente, como si cada nueva experiencia acumulada sepultara en su interior lo vivido durante la infancia, cubriéndolo de arena, desgastándolo a su paso.
Sin embargo, había un edificio en particular que seguía resultándole imponente: el anfiteatro.
Humilde en comparación con los de las grandes urbes, le provocaba una sensación a caballo entre el asombro y la ansiedad.
Ante él, el corazón le latía más rápido, y sus pies se negaban a avanzar.
Más de una vez Marcial se había carcajeado de su reacción, y Nepociano, siempre más comedido, había aprovechado para darle explicaciones.
El tribuno les había contado que podía albergar a miles de personas, y que éstas se reunían allí para solazarse con diferentes tipos de divertimentos, incluso algunos en los que hombres y bestias luchaban entre sí.
El centenario se había animado entonces a describir con entusiasmo un sinfín de sangrientos lances ante los asombrados muchachos, en los que Sexto, su gladiador favorito, siempre resultaba vencedor.
Hasta ese momento, sólo habían permitido a los de mayor edad, como Palaco, atravesar el río para formar parte de las patrullas que vigilaban el cauce del Istro día tras día, aunque no se habían visto envueltos en combate alguno.
Tras la muerte del emperador, la frontera se mantenía misteriosamente tranquila, y, por unos días, Brigetio se había convertido en el lugar hacia el que los influyentes ciudadanos de Roma habían dirigido su mirada.
El ejército de campaña y el de Panonia habían proclamado emperador al hijo más pequeño, fruto de su último matrimonio, que compartía nombre con su progenitor.
Pero este nuevo Valentiniano contaba con sólo cuatro años de edad, así que el peso de dirigir los designios del Imperio hasta su madurez había recaído en Graciano, hijo del primer matrimonio del difunto emperador, a quien su padre había promovido a la dignidad de César años antes.
Y la primera disposición de Graciano fue el regreso de su hermano y la viuda de su padre a Italia, mientras que él permanecería en la frontera, dispuesto a sofocar las previsibles revueltas.
El verano estaba próximo a su fin cuando Cayo Nepociano pudo obtener su primer permiso en mucho tiempo.
Tras casi una luna entera en la fortaleza de Kelemantia, al otro lado del río, se lo había ganado, y ya sólo le quedaba por cumplir un pequeño encargo.
Recogió el documento sellado por Tito Valerio, pasó por la habitación donde solían reunirse los oficiales para recordar a Marcial que disfrutaría de una jornada libre al día siguiente, y se marchó del pretorio con una sonrisa y las protestas del centenario todavía resonándole en los oídos.
Se dirigió al puerto, donde las animadas tabernas estarían abiertas hasta bien entrada la noche.
Tras el frío de los meses anteriores, los vecinos, más animados, parecían tener ganas de pasárselo bien, y el alboroto propio de la zona pronto le resultó audible.
Sus pasos, rápidos y decididos, propios de un oficial, contrastaban con los de los marineros borrachos que salían tambaleándose de los tugurios de peor fama de la ciudad.
Brigetio no era un puerto muy concurrido, pero en los meses estivales la actividad se multiplicaba.
El local convenido era la taberna El Secutor, llamada así como recuerdo de un famoso gladiador nacido en Brigetio que había combatido exitosamente durante años antes de trasladarse a la gran ciudad de Carnuntum y hacer carrera allí.
Como muchos otros, había fallecido durante el terremoto que azotara la vecina urbe años atrás.
Al llegar a la puerta, Nepociano comprobó que tres de sus legionarios estaban allí cerveza en mano; en cuanto lo vieron, lo saludaron alzando los cuencos, y uno de ellos se puso en pie a su paso y luego se situó en la puerta.
Al instante, otro se colocó rápidamente a su espalda, como si de su sombra se tratara.
Nepociano suspiró y se apoyó en la barra. Estaba recubierta de madera, pero su interior era de piedra revestida de losa para conservar mejor la temperatura de las salchichas y empanadas.
–Tribuno –saludó el tipo detrás del mostrador, frunciendo el ceño y llevándose un dedo a la boca tras quemarse con uno de los recipientes.
–Nemesio –correspondió Nepociano.
–¿Le digo a Ingrid que te espere en la habitación de siempre? –bajó la voz; esbozaba una sonrisa cómplice.
El tribuno negó con la cabeza. La imagen de la mujer le vino a la mente: Ingrid, la joven de origen vándalo que llevaba poco más de un año en la ciudad y a la que visitaba con toda la frecuencia que sus obligaciones le permitían.
Sin embargo, en esta ocasión sí estaba de servicio, aunque no vistiera uniforme.
–Quizá pueda volver más tarde, pero hoy he venido por otro asunto. Ha llegado a nuestros oídos que un comerciante proveniente de Mesia ha pedido hospedarse aquí. Se llama Torcuato y tiene un esclavo de origen godo.
–Os espera en el comedor privado –afirmó Nemesio–. Me avisó de que alguien preguntaría por él.
Con un gesto de agradecimiento, Nepociano se volvió para dirigirse hacia el comedor. No le hacía falta que nadie lo acompañara; conocía aquel lugar tan bien como su propio campamento.
Se escuchaban noticias escalofriantes desde Oriente: varias tribus godas, compuestas por millares de hombres y mujeres, habían atravesado el Istro en su huida de unos salvajes de cabezas y piernas deformadas e infinita crueldad, auténticos demonios surgidos de una pesadilla que arrasaban cuanto encontraban a su paso.
Si la amenaza de aquellos demonios ya resultaba de por sí inquietante, la perspectiva de decenas de miles de godos buscando acomodo en el Imperio no lo era menos.
Y si Valente, hermano del difunto Valentiniano, conseguía asentar a aquellos hombres en sus tierras, se aseguraría el concurso de miles de fieros guerreros, lo que alteraría con rapidez el equilibrio de fuerzas entre tío y sobrino.
Si no lo conseguía, los problemas no serían entre Graciano y Valente, ni a medio plazo: comenzarían de inmediato, y lo más probable era que terminaran salpicando a ambos.
Y por ello Tito Valerio le había encomendado aquella tarea antes de otorgarle el día de permiso.
El legionario que hacía las veces de guardaespaldas esa noche siguió los pasos de Nepociano hasta la puerta del comedor, donde se detuvo.
–Cayo Nepociano, ¡celebro verte! –exclamó Torcuato en cuanto el oficial hubo cerrado la puerta. Dejó la comida sobre la bandeja y usó un trapo húmedo para limpiar la grasa que le goteaba por los dedos. Teuda, su esclavo godo, estaba de pie al otro extremo de la estancia.
–Me alegra que en este tiempo sin vernos la vida te haya tratado bien –saludó Nepociano, evaluando la oronda estampa del mercader.
–No me puedo quejar. –Se palmeó la barriga con las manos, sonriente–. El último negocio con tu señor, Tito Valerio, resultó muy productivo. ¿Acaso esta reunión es la antesala de una nueva y lucrativa propuesta?
Nepociano tomó asiento y notó la madera crujir bajo su peso.
–No esta vez, Torcuato, pero no creo que por ello el peso de tu bolsa deje de aumentar. ¿Qué te ha traído hasta Brigetio?
–Tal vez podría ofrecerte... –se interrumpió al ver la expresión del tribuno, que le daba a entender que no deseaba perder el tiempo, y se apresuró a cambiar de tema–. El negocio del ámbar, querido amigo. Me dirijo a Moguntiacum con la esperanza de cerrar un buen trato.
–Sueles tener buen ojo para estos asuntos. Estoy seguro de que te resultará productivo.
–Es muy peligroso recorrer el Istro en estos tiempos. Así que los beneficios deben ser acordes a los riesgos para que merezca la pena la inversión.
–Me parece justo, pues quien no arriesga no gana. Sin embargo, no he venido aquí para hablar de tus negocios, Torcuato... ¿Cuándo abandonaste Mesia?
El mercader hizo un gesto apenas perceptible a su esclavo para que los dejara solos. Al momento, Nepociano indicó al soldado que lo dejara marchar.
–Hará unos diez días.
–Bien. Entonces creo que puedes sernos de utilidad. –Miró cómo Teuda cerraba la puerta a su espalda–. ¿Confías en él? ¿No piensas que quizá pueda estar planeando reunirse con los suyos ahora que han traspasado las fronteras?
–Se avecinan tiempos extraños, ciertamente.
–Habla, por favor. Tito Valerio quiere saberlo todo, y puedes adivinar quién quiere saberlo a través de él...
–¿Habrá algún pago por ello?
Nepociano se llevó el recipiente a los labios y bebió con tranquilidad.