Capítulo XII
CAPÍTULO XII
Muy pocos lograron escapar de los hunos aquel día en el río.
Modario sí se contó entre ellos, pero de poco le había servido.
Atanarico, también derrotado, se había dado a la fuga, sellando con su caída la desgracia de su pueblo; se ocultaba en las montañas del oeste junto con quienes habían permanecido fieles a su causa y a los viejos dioses.
Al igual que con alanos y greutungos, quienes no quisieron someterse a Balamir se vieron obligados a huir.
Muchos ya habían iniciado el largo y penoso camino hacia la frontera de piedra.
Pese a compartir destino, seis meses después de lo sucedido, seguían vivas las desconfianzas entre alanos, greutungos y tervingios.
Estos últimos acusaban a los otros de haberles dado la espalda cuando más los necesitaban, mientras que Alateo y Safrax continuaban argumentando que Atanarico nunca debió exigirles que se pusieran bajo su mando.
De un modo u otro, los unía la desesperación, y todos culpaban de su suerte al antiguo juez.
Entre los miles de hombres y mujeres que se hacinaban en el margen septentrional del Istro, uno tenía más motivos que ningún otro para celebrar la caída de Atanarico: Gundebaldo.
Herido y exhausto, y tras conseguir burlar a sus perseguidores en el bosque, había puesto rumbo hacia el punto pactado con su familia; sólo la imagen de Hilda y los niños lo animaban a dar un paso después del anterior.
En el mismo margen del gran río, a cierta distancia de los tervingios, se habían instalado también greutungos y alanos.
Sólo gracias a la fuerza de su número y a su tenacidad habían podido desplazar a los habitantes del lugar sin que hubiera salido a relucir arma alguna.
Ocuparon las escasas edificaciones de piedra de carpos y taifalos y levantaron chozas para el resto de los godos, y, junto a ellas, las tiendas de piel de los alanos se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
Bajo la luz mortecina del ocaso, eran visibles los contornos de los fortines que guarnecían la otra orilla.
Se cumplían dos meses desde que se habían detenido frente al río; su peregrinar había terminado, al menos temporalmente.
Aunque menos numerosos que los tervingios, dirigidos por los caudillos Alavivo y Fritigerno, quienes seguían a Alateo y a Safrax eran para entonces miles de hombres y mujeres.
Todos ellos pretendían encontrar tierras en las que asentarse, pero Safrax, desde aquel privilegiado otero, era incapaz de abarcar el terreno.
Como Goar dos años antes, sólo al llegar allí había comprendido por qué la llamaban la frontera de piedra, y también él se había sentido minúsculo ante las grandes moles de piedra.
–Esos dos quieren cruzar ya. No quieren esperar más, y el emperador los ve con buenos ojos. Cree que son serviles, y no me extraña, si atendemos a las patrañas que cuentan sus monjes. –Alateo interrumpió los pensamientos del alano.
Safrax no se volvió. No era necesario; a su espalda estaba Akkal, siempre fiel, siempre atento. Y ya había transcurrido tiempo suficiente como para que hubiera empezado a considerar a Alateo un aliado fiable, a pesar de las reticencias de Hilduara.
–¿Fritigerno y Alavivo quieren cruzar?
–Sí. Aseguran que no sobreviviremos al invierno y que semejante número de personas atraerá a los hunos, siempre hambrientos de botín, como la miel a las moscas. Como si tuviéramos algo digno de saquear... –escupió colina abajo.
–Hay quien dice que se han detenido, que Atanarico ha salvado la vida gracias a que los hunos no pueden continuar avanzando cargados con tan enorme botín.
–Hijos de perra. Todos.
–¿Todos? ¿Yo también? –preguntó Safrax con un amago de sonrisa.
–Tú eres de la familia, lo que te convierte en algo todavía peor.
El alano rio entre dientes y se dio la vuelta para acercarse hacia donde aguardaba el greutungo.
–¿Han obtenido respuesta por parte del emperador?
–Sí. Sólo quiere corderos, y sabe que tú y yo no lo somos. Sólo aceptará a los tervingios, y entre ellos únicamente a los que renieguen de Atanarico y estén dispuestos a convertirse a su fe. Un tipo listo, por lo que parece.
El alano asintió con gesto mecánico. Sí, eso mismo llevaba semanas escuchando: que el emperador sólo dejaría adentrarse en sus tierras a los tervingios cristianos.
Éstos, por supuesto, no se habían molestado en interceder por el resto, y Safrax no podía culparlos por ello.
Además, él no estaba dispuesto ni a entregar sus armas ni a renegar de sus creencias por entrar en suelo romano.
–¿Les dará tierras?
–Podrán pasar y tendrán tierras donde asentarse a condición de que se conviertan a su religión y de que los hombres luchen para él.
Y, como te he dicho, su oferta no es extensiva a nosotros.
Sólo para esos corderos debilitados que viven cerca de los romanos.
Se han acostumbrado a joyas y afeites, a las telas finas y al vino en copas; nosotros, por el contrario, seguimos siendo fuertes.
Por eso no hemos aceptado su religión de esclavos.
–Fuertes. –Safrax esbozó una sonrisa cansada–. Sí, supongo.
–Está bien –admitió Alateo–. Puede que nos hayan vapuleado, pero seguimos siendo más fuertes que ellos. Atanarico, al menos, fue más listo que estos dos idiotas: sabía que no podía esperar nada del emperador Valente y prefirió marchar hacia las montañas.
–¿Y tú? ¿Te fiarías de él, de Valente?
–Yo no me fío de nadie.
–Pensé que te fiabas de mí –dijo Safrax con malicia.
–Eso no es cierto. Eres tú el que se fía de mí –respondió Alateo, divertido.
Safrax paseó la mirada por los caudillos alanos y greutungos que aguardaban a pocos pasos de Alateo.
Conocía a cada uno de ellos por su nombre, y también a sus familias.
Se habían convertido en un grupo sólido, y Safrax estaba convencido de que aquella alianza era buena para todos.
Lo que no tenía tan claro era si existía un destino correcto que escoger.
–No me fío de los romanos. Mi abuelo no lo hacía... –murmuró.
–Yo tampoco me fío, y no entiendo cómo ese estúpido de Alavivo sí lo hace. ¡Hace apenas unos años que esos cabrones cruzaron el río y sembraron estas tierras de cadáveres y ceniza! ¿Cómo ha podido olvidarlo?
–Porque son corderos, como bien has dicho. Y nosotros, no. Así que dejemos que atraviesen la frontera de piedra y se adentren en las tierras de los romanos como mendigos; si desean contar con nuestro concurso en sus guerras, el pago va a tener que ser mucho más alto.
–Provisiones, plata, oro –asintió Alateo, soñador–. Carros repletos de todo ello.
Safrax le palmeó el hombro en ademán amistoso.
No sabía lo que podían esperar del futuro, pero tampoco pensaba detenerse a reflexionar sobre ello, pues la situación podía cambiar en un parpadeo.
No miraría más allá del día siguiente. La única certeza que conservaba era que jamás nada volvería a ser igual.
–Si a los hunos se les ocurre llegar hasta aquí, ya decidiremos qué hacer. Siempre estaremos a tiempo de cruzar el río o de continuar hacia el oeste. Tenemos casi diez mil jinetes que nos salvaguardan.
–¿Ves? Al final estás de acuerdo en que, aunque seamos menos, seguimos siendo más fuertes que esos fanfarrones –apostilló Alateo.
–O más locos, según se mire –repuso el alano, recordando a Zandipo–. Pero dicen que son los dementes los que se encuentran más cerca de los dioses...
* * *
Hilduara no perdía ojo a las figuras de los hombres reunidos en la colina.
Puede que aquellos caudillos hubieran guiado en su avance a la columna de refugiados, mayor a cada paso; pero había sido ella, una mujer, la que había decidido el destino.
O dos mujeres, para ser más justa, pues Amage había apoyado su decisión.
La anciana lo había hecho de forma egoísta, con la absurda esperanza de reencontrarse con otro de sus nietos; al menos, eso le había parecido entender.
Sin embargo, a ella no le movía el interés personal, sino el mandato de los dioses.
Había orado, y al momento una inmensa bandada de estorninos había atravesado el cielo rumbo al sur.
Poco más tarde, un grupo de cuervos había tomado el mismo camino, y con ellos llegó su respuesta y la bendición de Woden, el padre de todos, señor de los cuervos.
Gracias a ella estaban allí, más hacia el sur y el oeste de lo que jamás habían soñado.
Sin embargo, desde entonces los dioses habían permanecido en silencio.
Incluso su fe, siempre inquebrantable, comenzaba a tambalearse en los momentos más oscuros de la noche, cuando las dudas y los miedos medran y se hacen más fuertes.
Observó cómo los hombres abandonaban la colina y desaparecían de su vista.
La luna ya se había alzado en el cielo, aunque el sol no hubiera desaparecido todavía tras el horizonte.
Trató de concentrarse en ella, pero los repentinos gimoteos de Tulga distrajeron su atención.
Lo apretó contra su pecho y lo besó en la frente para comprobar la temperatura; afortunadamente, la fiebre de días atrás parecía haber desaparecido.
Comenzó a canturrear dulcemente, arrullándolo, hasta que volvió a quedarse dormido.