Capítulo XI #3
Valentiniano los evaluó con interés, y por un momento se preguntó si llegaría a verlos pelear o si serían sus hijos quienes recogieran los frutos de la labor de su maestro de caballería.
Iba a decir algo, pero un nuevo repiqueteo de pasos distrajo su atención: uno de sus protectores había irrumpido en la sala con el rostro desencajado.
–Augusto –soltó, en cuanto el emperador le dio permiso para hablar–, los cuados vienen hacia aquí. Han ignorado las instrucciones y enviado a más emisarios que los acordados.
Valentiniano emitió un gruñido. La ira lo volvía a consumir. Primero lo hacían esperar, y ahora osaban contravenir sus indicaciones. Alguien tenía que enseñar modales a esos muertos de hambre.
–Tito Valerio, recibirás una gratificación acorde con tu lealtad, al igual que tú, Merobaudes. Ahora, marchaos.
Los jóvenes alanos, todavía firmes, se volvieron a la vez y comenzaron a desfilar en orden hacia las puertas tras los pasos de Cayo Nepociano. El prefecto se despidió con una inclinación de cabeza y cerró la formación.
En las primeras filas, Goar seguía de cerca los pasos de Fariban, siempre manteniendo la distancia que los separaba y el ritmo constante al avanzar.
Incluso a su pesar le había impresionado tener ante sí al señor de la frontera de piedra y todo el inmenso mundo que había tras ella.
Si pudiera contárselo a los suyos, probablemente no lo creerían.
Sacudió ligeramente la cabeza para alejar aquel pensamiento.
Nunca regresaría, nunca los volvería a ver, e invocarlos no hacía más que incrementar su angustia.
Se apartó, sorprendido, cuando, justo antes de traspasar las puertas, media docena de cuados entraron con ímpetu, dando voces y apartando a manotazos a los secretarios, que se esforzaban en detenerlos y protestaban por su actitud irrespetuosa.
A los lados, los protectores los miraban estupefactos, sin saber bien si permitirles avanzar o retenerlos por la fuerza.
En el estrado, Valentiniano se tensó, como paralizado por la ira.
Aquello era un tratado de paz, y había dejado bien claras sus condiciones: solo recibiría a dos representantes, y uno de ellos debía ser Macriano, con el que ya había acordado previamente la sumisión a cambio de algunas prerrogativas. Él debía convencer a su pueblo.
–Mi señor augusto. –Frigerido lo llamó en voz baja para que tomara asiento de nuevo, pues el emperador, sin ser consciente de ello, se había puesto en pie.
Frente al estrado, varios protectores cruzaban sus lanzas para impedir el paso a los cuados. Sus voces resonaban en el elevado techo de la habitación.
Valentiniano se llevó la mano a la garganta.
La rabia le impedía respirar con normalidad.
Un molesto zumbido comenzó a repiquetearle en los oídos, y las sienes parecían palpitar al ritmo acelerado de su pulso, al tiempo que el párpado izquierdo se vio sacudido por un temblor irrefrenable.
Aquellos malditos salvajes iban a conocer de verdad al emperador y lo que significaba contrariarlo.
–Malditos ladrones, ¿es que no sabéis contar? ¡Dije que sólo recibiría a dos, estúpidos! –bramó, furioso, indicando a los protectores que retirasen las lanzas para encararse con ellos.
–¿Ladrones? –Un cuado pelirrojo de melena ensortijada y mirada fiera se adelantó, ante el estupor de Macriano, que trató de sujetarlo por el brazo a la vez que apartaba a otro, en un intento de poner remedio a la violenta situación–. ¡Vosotros habéis sido los ladrones!
–Augusto Flavio Valentiniano, disculpad a mis compatriotas...
Su sangre es caliente, y les empuja a cometer imprudencias.
– Macriano usó los codos para imponerse y colocarse al frente del grupo.
Los cuados lo miraron con evidente irritación–.
He intentado convencerlos de que aceptaran mi representación, pero me ha resultado imposible...
–¿Imprudencias? ¡Esto no es ser imprudente, es ser necio y no conocer el respeto!
Os dije que sólo acordaría la paz con dos de vosotros.
¡No quiero ver frente a mí a ni un solo salvaje más!
–Pequeñas gotas de saliva salieron expedidas de la boca de Valentiniano, cuyo rostro estaba congestionado por la ira.
–¿Pensabas que sería suficiente con comprar a este traidor? –intervino otro de los jefezuelos, propinando a Macriano un empujón que casi lo hizo caer al suelo–. No todos somos como este buey ambicioso. ¡Somos lobos!
El cuado joven, de cabello rubio oscuro y pecho ancho, miraba fijamente a los ojos al emperador, y vio con claridad cómo se le hinchaban las venas desde el cuello hasta la frente.
Valentiniano hizo amago de responder, pero no le salió la voz.
Súbitamente mareado, alargó el brazo hacia el cuado, que sonreía justamente como lo hubiera hecho un lobo.
Trató de serenarse; dio dos pasos hacia adelante y se detuvo para aflojarse las ropas.
Pensó que hacía mucho calor para ser noviembre; el sudor le bañaba la frente, y el aire parecía quemar en su camino hacia el pecho.
Miró alrededor. Para su perplejidad, los guardias estaban envueltos en gruesos mantos, mientras que él tenía un calor agobiante, infernal.
Se concentró en dar otro paso más, en poner un pie delante del otro.
Llegaría hasta ese rubio provocador y lo mataría con sus propias manos, y luego entregaría su cuerpo a las osas para que se divirtieran con él.
Con sorpresa, se dio cuenta de que el mosaico del suelo parecía acercarse a toda velocidad hacia su rostro.
De lejos, apagada, le llegó la voz alterada de Frigerido, pero no comprendió sus palabras.
Ya se había desplomado, fulminado, sobre el pavimento.