La frontera de piedra Capítulo XI #2
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Capítulo XI #2

Goar guardó silencio, pero sostuvo con obstinación la mirada de Palaco. El pecho de éste subía y bajaba con rapidez, y sus puños crispados lo retaban desde la distancia.

–No toleraré que esta situación se repita, ¿queda claro? –continuó Marcial–. Como vuelva a ocurrir algo semejante, me aseguraré de dejaros las espaldas tan llenas de verdugones que no os van a quedar fuerzas ni ganas para discutir. ¿Lo habéis entendido?

Goar depositó el cubo en el suelo y contempló a su superior, que lo escrutaba con aquellos pequeños ojos oscuros casi escondidos bajo sus pobladas cejas.

En el tiempo que llevaban a su cargo, había tenido ocasión de presenciar alguno de los castigos dispensados a la tropa y sabía que al centenario no le temblaría el pulso.

Así que se obligó a suavizar la expresión y se encogió de hombros.

–Sí, señor. No volverá a suceder.

–Así es, señor –lo secundó Palaco entre dientes–. No sucederá más.

–Está bien. Recoged todo de una maldita vez y seguidme al campamento. Alguien muy importante quiere veros hoy, así que tendréis que poneros presentables.

Palaco se sacudió las ropas y dedicó una última mirada cargada de rencor a Goar. Luego dio media vuelta y, seguido por sus compañeros y escoltado por uno de los burgundios, marchó hacia la ciudad.

Goar no se movió del sitio. Y pronto notó sobre él la mirada severa de Marcial. Éste le hincó con fuerza el dedo índice en el pecho.

–Eres valiente, Goar, pero también irreflexivo y temerario.

Y de nada me sirve un valiente si no es para morir a manos de los enemigos de Roma, no de sus propios compañeros.

Así que, si me entero de que andas buscando problemas, seré yo mismo quien te los dé.

–Una leve sonrisa asomó a sus labios–. Sin embargo, me caes bien, así que estaré atento para cubrirte las espaldas si es Palaco quien se atreve a desafiarme para buscártelos a ti.

No obstante, harías bien en no confiarte, hijo. Jamás te confíes.

* * *

La campaña de Valentiniano frente a los cuados había llegado a su fin. El emperador, hijo de aquella Panonia a la que ahora regresaba, llevaba en guerra desde antes de ser encumbrado, tras la muerte de Joviano. Y realmente se alegraba de haber dado una lección a aquellos cuados malnacidos.

Pero no era sólo Panonia la que había sufrido el embate de los bárbaros los últimos años; por todas partes, en cada rincón, los problemas parecían multiplicarse.

Cada fuerte junto a la ribera del Rhenus había sufrido una batalla, la lejana isla de Britannia había hecho frente a una invasión de pictos, escotos y sajones, e incluso por la habitualmente tranquila diócesis africana había corrido la sangre.

Eran demasiados frentes abiertos para un solo hombre, y por ello, además de delegar en su hermano Valente el gobierno de las provincias orientales, había asociado a Graciano, hijo de su primer matrimonio, a su gobierno, y había confiado el mando de las tropas a generales competentes y fieles como Teodosio o el franco Merobaudes.

Y esa guerra incesante había motivado al emperador a emprender la ambiciosa tarea de reconstruir y mejorar el limes .

Por orden suya habían vuelto a levantarse torres y diques y se habían restaurado los fortines.

Tras tantos años de conflicto, parecía que al fin había llegado el momento de instalar a hombres suficientes en los puestos fronterizos.

Y ahora que en ningún frente se reclamaba su atención, planeaba pasar una temporada en su provincia natal y encargarse personalmente de todo.

Sólo le quedaba zanjar el tratado con los cuados; y ese mismo día, en Brigetio, iba a recibir a sus representantes, que previsiblemente se postrarían ante él con la esperanza de obtener clemencia para ellos y para su pueblo.

Cuando la puerta de la basílica se abrió, un haz de luz bañó el recorrido que los emisarios cuados debían seguir hasta llegar ante el emperador, que los observaba con seriedad desde el estrado.

Por primera vez, Valentiniano lamentó no disponer de un palacio donde celebrar las audiencias, donde amedrentarlos con su opulencia y demostrarles lo inferiores que eran; pero debía ser práctico, por lo que había elegido Brigetio, ciudad muy cercana a las tierras que aquellos salvajes habitaban.

La otrora populosa Carnuntum, devastada por un terremoto, tampoco había sido ajena a los estragos de la guerra, mientras que Aquincum y Vindobona quedaban demasiado lejos.

En definitiva, una vez adecentada como palacio de campaña, Brigetio habría de bastar.

Las llamas de las antorchas se reflejaban en los bruñidos petos de sus protectores, que se habían distribuido por entre las altas columnas.

A su espalda se encontraba Frigerido, a quien había decidido elevar a la dignidad de dux de Panonia una vez él abandonara la región.

El godo le había servido eficazmente contra alamanes y cuados y, además, al ser extranjero, podría quedarse en aquellas tierras tan belicosas sin temor a que los soldados lo encumbraran a la púrpura más adelante.

–Augusto –lo llamó Frigerido.

Valentiniano no lo miró, sino que continuó con la vista fija en la puerta. Tenía prisa por zanjar el asunto y continuar con otros no menos importantes, como tomar partido en las constantes disensiones religiosas que proliferaban en las grandes ciudades, que tantos disturbios provocaban.

Frigerido se armó de valor antes de insistir; a su señor le disgustaba recibir malas noticias, sobre todo cuando eran inesperadas.

–Señor, parece ser que los enviados cuados se retrasarán. Ha habido algún tipo de desacuerdo entre sus líderes, y ahora mismo están debatiendo quiénes de ellos deben presentarse ante vos.

–¿A qué juegan esos salvajes? –Valentiniano frunció el ceño, molesto–.

Podríamos atravesar nuevamente el río y no dejar en pie ni una de sus miserables chozas.

¡Que venga el menos estúpido! Con eso será suficiente –gruñó–.

Mejor será que no pongan a prueba mi paciencia o acabaré convirtiéndolos en alimento para mis osas.

Como si las bestias hubieran escuchado sus palabras, unos rugidos lejanos resonaron en la estancia.

Frigerido apretó los labios. Valentiniano no dudaba en alimentar con carne humana, preferiblemente de sus enemigos, a sus inseparables osas, Pepita de Oro e Inocencia.

Tras casi diez años de servicio, en los que había ido escalando dentro de la complicada jerarquía romana, al fin iba a convertirse en el primer bárbaro nombrado dux de Panonia, y todo gracias al apoyo del emperador.

–¿Deseáis un refrigerio mientras esos cobardes llegan, mi señor? –propuso, solícito.

–Debería echarlos a mis perros y observar cómo corren hacia el río entre dentelladas –gruñó Valentiniano, con los nudillos blancos de tanto apretar los reposabrazos–. Está bien, que traigan vino. La espera con vino siempre es más llevadera.

Apenas había comenzado a paladear la bebida cuando entró en la sala Flavio Merobaudes, su maestro de caballería. A su lado caminaba un hombre vestido de manera elegante, con un colorido atuendo militar.

–Mi señor –saludó Merobaudes con una reverencia–. Éste es Tito Valerio Flaco, prefecto de la legión I Adiutrix y fiel servidor vuestro desde hace años.

Valentiniano asintió como saludo. Le sonaba aquel nombre, pero eran tantos los oficiales y tantas las legiones que no podía recordarlos todos con precisión. Además, aunque no le gustara reconocerlo, su mente ya no funcionaba con tanta agilidad.

–Mi honor ha sido serviros, mi señor –recitó Tito Valerio, nervioso, con la vista fija en el mosaico del suelo.

Valentiniano inclinó la cabeza y se mantuvo en silencio, seguro de que el prefecto estaba a punto de plantearle una petición. Sin embargo, fue el maestro de caballería quien tomó la palabra de nuevo:

–Tito Valerio ha llevado a cabo fielmente una misión que le encomendé tiempo atrás, un regalo para vuestra grandeza, augusto.

Valentiniano paladeó el vino, bastante aceptable, especialmente tras tantos meses al otro lado de la frontera persiguiendo a los salvajes.

–¿Un regalo? –preguntó, intrigado.

–Sí, mi señor. Nos hemos permitido la licencia de poner a vuestra disposición a una escogida tropa de alanos que os servirán fielmente en el futuro.

–Alanos...

–Sí, señor. Son jóvenes aún para combatir, pero así olvidarán más fácilmente a los suyos y será más sencillo inculcarles disciplina. Lo que no han olvidado es cómo montar a caballo: son excelentes jinetes, los mejores. ¡Parece que hubieran nacido a lomos de uno!

Valentiniano sonrió. Nunca había visto en persona a ningún alano, pero había oído decir que algunos de esos salvajes de más allá del limes incluso comían sobre los caballos.

–Sus mayores están muy lejos, entonces, ¿no es cierto? –preguntó, tratando de recordar, de entre toda la amalgama de tribus, dónde se encontraban aquellos alanos.

–Muy lejos, mi señor. Jamás los veremos cerca de estas tierras.

–Con el debido respeto –intervino Frigerido, con un ligero carraspeo–, algunas de sus tribus son vecinas de mi pueblo. No me parecería descabellado que llegaran hasta nuestras fronteras algún día.

–Están lejos, y lejos seguirán –se obstinó Merobaudes, celoso de su posición de privilegio frente al emperador.

–Claro, mi estimado Frigerido. Tú solo has llegado hasta aquí porque estás en el lado correcto –afirmó Valentiniano con una carcajada que no consiguió que el godo suavizara su expresión–. Veamos a esos alanos, fiel y dadivoso Merobaudes.

A una seña de Tito Valerio, los más de cuarenta muchachos comenzaron a entrar en la sala para detenerse a pocos pasos del emperador. Aunque sus rasgos, más propios de adolescentes que de hombres de verdad, los traicionaban, lucían más altos y fuertes de lo común a ese lado del Istro.