La frontera de piedra Capítulo XI
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Capítulo XI

CAPÍTULO XI

El otoño había llegado demasiado pronto, incluso allí, en la frontera más oriental del Imperio, donde el intenso y húmedo calor solía apretar sin piedad hasta bien entrado el año. Pero ese día de octubre una brisa fría soplaba entre las cuadriculadas calles del campamento.

Los hombres apuraban el paso para cumplir con sus obligaciones.

Hacía meses que se preparaban para la campaña que debía redimir a Roma frente a su tradicional enemigo; sin embargo, el día tan esperado parecía no llegar nunca.

Con el emperador aún en Antioquía, había sido Víctor, el magister militum sármata, el encargado de instruir a los jinetes que se medirían en combate a la temible caballería persa.

Sapor, como sus antecesores, confiaba en las tropas montadas para ganar las batallas, y el Imperio finalmente se había visto obligado a reconocer que aquella frontera dependía en buena medida del desempeño de sus jinetes.

Así que las unidades de clibanarios y sagitarii se encontraban bajo las órdenes del mejor jinete con el que contaba Valente.

El día llegaba a su fin. Víctor había decidido celebrar un banquete para agasajar al obispo Marciano y sus allegados.

Ahora, al fin relajado en el triclinium , había dejado de lado los hechos de armas para comentar asuntos de la ciudad y el obispado; hasta ese momento, en el que uno de los secretarios del comandante atravesó la estancia para plantarse junto a él.

–Mi señor, ha llegado una comitiva de medio centenar de jinetes –le informó en voz baja.

–¿Ocurre algo? –preguntó Pablo, a quien su expresión de alerta no había pasado desapercibida.

El sármata se encogió de hombros. No esperaban la llegada de ningún contingente hasta el año siguiente, pero no podía tratarse de ningún enemigo.

–¿Quiénes son? –preguntó al secretario.

–Vienen del norte, mi señor. Desde Iberia.

–Vaya. –El sármata esbozó una sonrisa–. O mucho me equivoco o el príncipe ha decidido honrarnos con su presencia antes de tiempo.

El secretario enarcó las cejas, aliviado al ver que el comandante aceptaba con calma la repentina llegada de aquellos hombres de aspecto salvaje, aunque todavía irritado por la situación.

Sin embargo, antes de poder dar voz a sus pensamientos, la puerta se abrió y dio paso a un tipo rubicundo y malcarado seguido de otros dos hombres con aspecto montaraz.

–¿Acaso es esto a lo que llamáis hospitalidad en este maldito rincón del mundo? –inquirió el ibero con voz estentórea.

Marciano casi se cayó del diván en su intento por rodar el mueble para dejar paso a aquel hombre de feroz aspecto. Entretanto, Víctor se había puesto en pie y avanzaba con los brazos abiertos para recibirlo.

–No esperábamos tan ilustre visita. Si no, habríamos preparado un desfile militar para agasajar como se merece al afamado príncipe Bacurio, terror de persas y azote de armenios.

–Hizo un guiño al recién llegado, que dejó a un lado su fingido mal humor para dedicarle una sonrisa perdida en medio de la frondosa barba.

Bacurio hizo un gesto hacia el secretario, que permanecía junto a Víctor sin saber muy bien qué debía hacer.

–Tú, siervo, prepara divanes para mí y para mis acompañantes y tráenos comida. Mucha comida. Estamos cansados y hambrientos.

El secretario dudó, como resistiéndose a seguir las instrucciones de un hombre como aquél; aguardó un gesto de Víctor que le permitiera obedecer a su señor conservando a la vez su dignidad.

–Sólo serán necesarios dos divanes más. Gustosamente cederé el mío al príncipe Bacurio –intervino Pablo, poniéndose en pie.

–Vaya, nuestro siempre reservado amigo Pablo. Te lo agradezco, alano.

Éste hizo una inclinación de cabeza. No se había acostumbrado del todo a aquellas costumbres romanas; para él, el banquete había terminado hacía rato, y prefería con creces marcharse a descansar.

Al día siguiente, como en los anteriores, le tocaría dirigir la instrucción de varias de las unidades llegadas desde diferentes lugares de la frontera.

–No creerías que iba a dejar toda la gloria para ti solo... –Fue lo último que escuchó el alano de boca del presuntuoso ibero antes de marcharse.

* * *

Noviembre del 375. Brigetio

El tiempo transcurría lentamente para Goar. Imaginaba que también para los demás, aunque pocas veces hablaban de ello. Era mejor no remover un pasado que nunca regresaría.

Pero ese día, por fin, la rutina había variado.

A primera hora de la mañana, y no al atardecer como de costumbre, los habían trasladado al campo de entrenamiento.

Pese al frío sol invernal, habían sudado de lo lindo y, al acabar, se habían dejado caer sobre la hierba húmeda, con la espalda apoyada contra la cerca de madera que mantenía a las monturas reunidas.

Goar cerró los ojos para sentir la caricia del sol sobre el rostro.

Sin pretenderlo, su imaginación voló muy lejos, junto a los suyos, de quienes no había tenido noticia alguna desde que se marchara.

Para los romanos, nada de lo que sucediera más allá de su mundo esculpido en piedra parecía tener importancia alguna.

También a ellos, inmersos en la rutina del campamento, los ignoraban la mayor parte del tiempo, e incluso los civiles con los que se topaban por la ciudad parecían ver a través de ellos como si fueran espíritus.

Goar recordó lo que contaba Zandipo: que la pradera estaba llena de fantasmas de hombres, mujeres y caballos que vagaban sin rumbo entre este mundo y el de los muertos, pero que sólo los que tenían ese don eran capaces de percibirlos.

Por cosas como ésa lo habían tildado muchas veces de demente; pero él comenzaba ahora a comprenderlo.

Quizás había madurado, o quizá comenzaba a dejar su herencia atrás para convertirse, en cierto modo, en un romano.

Se había acostumbrado a disponer de agua sin tener que ir a buscarla al río, a entrar en la letrina cuando tenía que dar de vientre, a dar por seguro que ese día, y también el siguiente, tendría a su disposición alimentos con los que llenar el estómago.

Una rutina aburrida, pero en cierto modo placentera, en la que no existían más retos que los de la instrucción ni más incertidumbre que las propias dudas que le invadían la mente.

¿Quién estaba loco, quién tenía razón? ¿Cómo podían coexistir mundos tan diferentes?

–Eh, tú, Goar, tráenos agua. –Una voz rompió su tranquilidad.

Goar abrió los ojos y se encontró con Malvar, que lo miraba fijamente. Sin embargo, no era él quien había hablado. Sacudió la cabeza.

–¿Eres imbécil, mocoso? Te he dicho que me traigas agua.

Se dio cuenta de golpe. Palaco. Junto a dos de sus amigos, reía y lo señalaba con desprecio.

Groar gruñó, harto como estaba de aquel estúpido mucho más que de cualquier romano, quienes al menos los trataban con ecuanimidad, humillándolos a todos por igual.

No recordaba haberlo ofendido; al menos, no a propósito.

Estaba seguro de que todo venía de cuando los mayores habían intentado fugarse en aquella ciudad cuyo nombre ni siquiera podía recordar.

Nadie había vuelto a mencionarlo, pero Goar había sido testigo de su fracaso, y aquello debía ser una gran ofensa para alguien tan arrogante como Palaco.

Y que, posteriormente, hubiera destacado con el arco y sobre el caballo sólo debía haber aumentado su animadversión.

Lo miró un momento, pero, como no estaba de humor para provocaciones, decidió ignorarlo, con la esperanza de que se cansara y fuera a molestar a otro.

Dirigió la vista hacia el otro extremo del vallado, donde Marcial se desgañitaba como si los muchachos a los que se entrenaba no estuvieran a pocos pasos de él, sino a las puertas del campamento.

Un movimiento a su espalda volvió a alertarlo.

Sorprendido, comprobó que el siempre amable Malvar había llenado un cubo de agua que ahora tendía hacia los mayores.

Pero Palaco no estaba dispuesto a renunciar a la diversión y, en cuanto el chico se acercó, propinó una patada al recipiente, que cayó al suelo volcando parte de su contenido sobre un sorprendido Malvar.

–No te lo decía a ti, gusano. Se lo he pedido a Goar –puntualizó con desprecio.

Los compañeros de Palaco rieron con ganas. Goar, tras dedicar un gesto entre agradecido y compadecido a su empapado amigo, se puso en pie con calma y se estiró con parsimonia, entre displicente y desafiante.

–¡Es para hoy! –gritó entre risas uno de los jóvenes.

Sin inmutarse, Goar avanzó con lentitud hacia el abrevadero y empuñó uno de los cubos.

Al llenarlo, observó su propia imagen reflejada en la superficie del agua: el cabello le caía, desordenado, por debajo de los hombros, y su rostro lucía más afilado que como lo recordaba.

Sí, el tiempo pasaba para todos; los recuerdos cada vez resultaban más difusos, y las certezas, más débiles.

Suspiró y echó a andar de vuelta. Miró de soslayo a Malvar, que parecía haber recobrado el color en el rostro, y se detuvo a pocos pasos de Palaco.

Entonces, balanceó un poco el cubo y vertió el agua sobre los estupefactos alanos.

Cuando el asombro trocó en indignación, uno de los muchachos se acercó amenazante y escupiendo insultos.

Goar, impertérrito, esgrimió el cubo como si fuera un arma, dispuesto a estampárselo contra la cara.

–Me has pedido agua, y eso es lo que te he traído, Palaco. ¿Qué problema hay? ¿Estaba acaso demasiado fría? –rio, provocador.

–¡Estúpido mocoso! Te voy a... –bramó Palaco fuera de sí.

Pero, antes de que pudiera terminar la frase, Marcial, que se había acercado a ellos acompañado de dos adustos burgundios, le puso la mano en el hombro.

–Nada. No vas a hacer nada, Palaco, maldita sea –bufó el centenario, molesto. Una cosa era fomentar un ambiente competitivo entre los compañeros de barracón, y otra muy diferente esa feroz inquina–. ¿Qué cojones os pasa? ¿Aún sois tan críos que no puedo dejaros solos ni un momento?