Capítulo X #2
Hizo una seña a algunos de los suyos para que se alejaran de la orilla sin auparse aún a sus monturas.
Sólo cuando estuvieran lo suficientemente lejos del primer campamento godo sería el momento de volver a galopar, y no tardarían en plantarse frente a Atanarico por sorpresa.
Todo habría acabado casi antes de empezar.
Así lo habían interpretado los hechiceros al examinar los huesos y vísceras de aquellos prisioneros godos y alanos a los que habían abierto en canal pocas horas antes.
* * *
Gundebaldo avanzaba flanqueado por su escolta.
La silueta del campamento había quedado atrás hacía ya unas horas, y, pese a la calma aparente, el balto no se había confiado.
Por eso, en cuanto uno de los guerreros señaló que era el momento de hacer un alto para reponer fuerzas, todas sus alertas se activaron.
–No hay tiempo que perder, nos detendremos más adelante –lo contradijo.
–No tengáis tanta prisa, señor –replicó éste en tono socarrón, al tiempo que descabalgaba.
–Es mi caballo, señor; ha debido de lastimarse y cojea un poco –se justificó otro. Desmontó al instante y tomó entre sus manos la pezuña del animal, fingiendo que la observaba.
Gundebaldo evaluó la escena. Dos hombres habían desmontado ya; los otros dos, como él mismo, permanecían sobre sus caballos. El momento que tanto temía había llegado al fin. Pero, si lograba lanzar su montura al galope antes de que estos dos últimos reaccionaran, quizá tendría una oportunidad.
–Señor, recuperaremos el tiempo perdido una vez atendamos a la montura de Eufila –insistió el primero.
Gundebaldo asintió e hizo amago de pasar la pierna izquierda sobre el lomo del caballo, como si se dispusiera a bajar a tierra, pero inmediatamente rectificó la postura y clavó los talones en el animal para instarlo a galopar.
Aunque tomados por sorpresa, los dos guerreros aún montados poco tardaron en salir tras él.
Sin dudar, Gundebaldo había lanzado a su cabalgadura hacia el bosque, donde podría despistar a sus perseguidores entre la abundante vegetación, pero la ventaja resultó demasiado escasa, y uno de ellos, aprovechando un requiebro, saltó sobre él cuando apenas había penetrado en la espesura.
El fuerte impacto mandó a ambos sobre la hierba, y, entre jadeos, comenzaron a forcejear.
Fue Gundebaldo quien primero logró desenfundar su puñal y enterrarlo con todas sus fuerzas en el pecho de su atacante.
Pero, en cuanto se incorporó, el segundo de sus perseguidores ya se encontraba a pocos pasos de él, apuntándolo con la lanza como si fuera un jabalí en plena cacería.
Y, a lo lejos, resonaban ya las voces de los otros dos hombres, que habían vuelto a montar y se acercaban hacia la arboleda a toda velocidad.
–No hay salida, señor. No lo hagáis aún más difícil –dijo el tipo de la lanza.
Gundebaldo, angustiado, blandió el puñal con ademán amenazador.
Había perdido de vista su espada tras el forcejeo.
«Al menos será rápido», pensó. Y su mente voló hacia otro bosque, el cercano al río que separaba sus tierras de las de los romanos.
Suplicó a los dioses que Hilda y sus hijos estuvieran a salvo.
–Un noble debería saber morir. Entregad vuestra scrama –insistió el guerrero–. No tengo nada contra vos, sólo sigo órdenes. Acabemos con esto de una vez.
Gundebaldo miró a un lado y a otro. Lo habían rodeado, y sólo contaba con un puñal para defenderse.
Dos hombres permanecían a caballo, mientras que un tercero aguardaba en silencio, en pie, unos pasos atrás, amenazándolo con su espada desnuda.
Dejó caer el arma y se aflojó las hebillas de la armadura para dejar la clavícula expuesta.
Si no podía hacer nada por evitarlo, al menos moriría con dignidad.
De repente, se oyó un ruido impreciso cerca.
El jinete que se había erigido en su verdugo echó un vistazo nervioso por encima de su hombro, y Gundebaldo tensó los músculos, atento a cualquier oportunidad de aprovechar la distracción.
Pero, antes de que pudiera siquiera moverse, el sonido sibilante de un proyectil cortó el aire.
Al momento, el tipo cayó al suelo con la garganta atravesada, y, por detrás, el aullido de su compañero se acalló de pronto, alcanzado por una flecha.
Un segundo después, el cuarto guerrero azuzaba a su caballo para ponerse a salvo de aquel enemigo invisible.
* * *
Uldin irrumpió en el claro y echó un rápido vistazo alrededor. Su misión era acabar con cualquiera que campara por el área entre la hueste principal de Atanarico y los hombres destacados para defender el paso del río.
Confiaba en que, a aquellas alturas del día, el campamento hubiera sido ya arrasado y sus defensores estuvieran muertos.
Ya debían haberlos atacado por el frente y la retaguardia, desde el río y la pradera a la vez.
Balamir no deseaba que ningún posible superviviente pudiera avisar al juez tervingio del peligro; no hasta que fuera demasiado tarde.
–¿Los habéis matado a todos? –inquirió al ver los cadáveres.
Los hombres no respondieron, y ninguno sostuvo su mirada airada.
–¿Os habéis vuelto acaso sordos? ¿Queréis que os arranque vuestras sucias orejas y se las dé de comer a mis perros? ¡Responded! –insistió el príncipe, impaciente.
–Ha escapado uno, mi señor, pero tres de los nuestros se han internado en el bosque y no tardarán en dar con él.
Uldin lo miró sin pestañear. Nadie lo haría parecer un inútil ante su padre; no podía permitirse perder su favor.
Tomó el arco en un rápido gesto y se llevó la tripa hasta su oreja sin esfuerzo.
La flecha atravesó el cuello del desgraciado antes de que el instinto lo llevara a cubrirse.
Sus hombres debían temerlo más a él que a sus enemigos, como le había dicho su padre cuando no era más que un muchacho.
–Encontrad y matad a ese maldito godo o correréis la misma suerte –los amenazó, empujando el cadáver con el pie.
* * *
En el bosque, Gundebaldo exigía cada vez más a su montura, sin importarle desconocer por completo hacia dónde se dirigía o las veces que las ramas le arañaran la cara y los brazos.
Si lo pensaba, había sido un golpe de suerte haber sido atacados justo cuando se disponían a acabar con él, aunque ahora debía huir también a toda prisa de los involuntarios artífices de su rescate.
Había reaccionado con presteza. De un brinco, montó sobre el caballo más cercano, antes incluso de que el cuerpo sin vida del que había sido su jinete se desplomara sobre la hierba, y salió al galope por el lado contrario al godo que había decidido huir.
Totalmente inclinado contra el musculoso cuello del animal para ofrecer la menor superficie posible a los proyectiles que silbaban a su alrededor, marchó sin rumbo hasta perder totalmente la orientación.
Todavía escuchaba a lo lejos las voces de sus perseguidores, y el corazón de su montura palpitaba desbocado.
De repente, el animal sacudió el cuello, y el sudor en las manos casi lo hizo resbalar.
Se aferró como pudo a las riendas, enrollándoselas en las muñecas hasta que la presión del cuero las hizo sangrar.
Cuando consiguió controlar de nuevo el paso del animal, comprobó con angustia que aquellas voces ininteligibles parecían estar más cerca.
Pero, por más que le clavó los talones en el vientre, el caballo, agotado y dolorido, no fue capaz de responder a sus exigencias.
Se giró para echar un vistazo a su espalda, pero sólo pudo ver la impenetrable muralla verde y marrón que formaba el tupido bosque. Trató, no obstante, de prestar oído a cualquier ruido extraño, y entonces le llegó el inconfundible murmullo del agua corriendo en algún lugar al norte de su posición.
–¡Vamos, vamos! Un poco más. –Gundebaldo apremió en un susurro al animal, como si éste pudiera entenderlo, deseoso de que el curso de agua fuera lo suficientemente ancho y caudaloso como para escapar.
Pero no consiguió encontrar río alguno, sino sólo el brusco final de la vegetación que hasta entonces lo había rodeado.
Se detuvo en seco, calibrando sus opciones, y entonces, con un relincho desesperado, el caballo se encabritó y, acto seguido, como si hubiera recuperado de golpe toda su energía, emprendió un loco galope hacia delante, justo hacia donde parecía terminar el terreno.
Gundebaldo miró de nuevo por encima de su hombro y blasfemó al comprobar que una flecha se había enterrado profundamente en los cuartos traseros del animal.
Treinta pasos más atrás, se vislumbraba la silueta de uno de sus perseguidores.
Gundebaldo soltó un nuevo reniego; nunca antes los había visto, pero no había que ser muy listo para adivinar que se trataba de uno de aquellos malditos hunos.
Por delante, el terreno descendía bruscamente, y ahora sí que podía escuchar el rumor del agua con claridad.
Se encaramó con dificultad al cuello de la pobre bestia, buscando tener una mejor perspectiva, y comprobó que una enorme catarata se derramaba desde un muro rocoso sobre un río que resultaba imposible de distinguir desde donde estaba.
Sin embargo, no tuvo tiempo para pensar: una segunda flecha zumbó a su lado, rozándole el brazo, y se hundió profundamente en el cuello del animal, cuyas patas se doblaron, sin fuerza.
Gundebaldo apretó los dientes y saltó para no quedar atrapado bajo el cuerpo del caballo.
Escuchó voces a su espalda: nuevos perseguidores se añadían al individuo que había logrado descabalgarlo.
Si se quedaba allí, su final era ineludible.
Así que se arrastró a gatas hasta el borde del acantilado.
Cuando se dejó caer al vacío con un grito ahogado, sintió las gotas de agua que la brisa desgajaba de la catarata.