Capítulo X
CAPÍTULO X
Los informantes de Atanarico más allá de sus fronteras no tardaron en enviar numerosos avisos de que las hordas hunas, tras reagruparse, habían retomado su avance.
Jornadas después del primer encuentro entre Safrax y Alateo, al juez tervingio no le quedó más remedio que enviar algunas de sus tropas para hacerles frente, con la esperanza de retrasar a Balamir mientras él terminaba de convencer a alanos y greutungos de que se unieran a sus huestes.
Si aquellos hombres se encontraban en sus territorios, no podía tolerar que hicieran la guerra por su cuenta; debían someterse a su autoridad.
Modario, como responsable de la columna, y Gundebaldo, el noble que había ejercido de embajador ante greutungos y alanos, iban al frente de esas tropas.
Por primera vez en largo tiempo, el orden parecía haberse invertido, pues ahora Gundebaldo estaba bajo las órdenes de Modario y, como tal, sería quien regresara para informar a Atanarico.
Esto lo había irritado, pero había optado por callar y transigir.
Creía conocer el motivo por el que, a pesar de los lazos de sangre, Atanarico parecía ir relegándolo cada vez más.
Pocos años atrás, Valente había mandado construir enormes puentes de madera sobre el río, y las legiones romanas destruyeron y saquearon todo lo que encontraban a su paso.
Atanarico y los suyos se vieron entonces obligados a esconderse en las montañas, como conejos asustados.
Nada escapó a la devastación: tierras de cultivo, viviendas o arboledas sagradas.
Todo sucumbió a las hachas y a las llamas.
Valente, consciente de que con aquella campaña había destruido para siempre la imagen de líder victorioso de Atanarico, le ofreció un trato desventajoso con el que sellar la paz y poner fin al conflicto.
Y el tervingio no tuvo más remedio que aceptar.
Las condiciones incluían la entrega de grandes cantidades de plata, oro y otros suministros, así como permitir la entrada en sus tierras a los predicadores cristianos provenientes de Roma.
Sólo meses después de que el ejército imperial se retirara, Atanarico, ante el acoso de sus nobles, que se habían percatado de su debilidad, trató de recuperar la dignidad erigiéndose en defensor de la vieja religión.
Pero ni siquiera ese gesto le había granjeado muchas adhesiones, pues los hombres sabían que, si el emperador volvía a cruzar el río, el juez no tardaría en volver a esconderse como un cobarde.
Mientras los nobles conspiraban a sus espaldas, otros tantos hombres libres, y sobre todo mujeres, habían decidido abrazar la nueva fe de los romanos.
En su círculo más cercano, no tardaron en comprobar cuánto detestaba Atanarico que se sometieran a la nueva religión, pues pronto, con ánimo de dar ejemplo, se fue deshaciendo de ellos, en algunos casos de manera expeditiva.
Por eso algunos, como el propio Modario, vieron la oportunidad de agradar a su señor convirtiéndose en fervientes defensores de la fe de sus abuelos.
Sin embargo, Gundebaldo, sin proponérselo, quedó en medio de ambos grupos de poder, pues Hilda, su esposa, adoraba al Cristo de los romanos, y esto no había pasado desapercibido para Atanarico.
Ahora, las órdenes en aquella nueva misión no podían resultar más confusas para Gundebaldo.
A sabiendas de las circunstancias, comprendía que no le hubieran concedido el mando de las tropas, pero que lo obligara a partir con ellas hasta el río para regresar antes de que se iniciara la lucha no tenía ningún sentido.
Mas, como no podía cuestionar a Atanarico sin incurrir en su ira, no tenía más remedio que obedecer.
–He oído lo que dicen los hombres –dijo Hilda con un hilo de voz, cuando lo vio aparecer en el hogar con el ceño fruncido.
–¡Padre! –lo llamó su hijo Alarico.
Levantó en volandas al pequeño, de tan sólo cinco años, hasta apoyarlo sobre el lomo de la cabalgadura que preparaba para la marcha.
–No puedes partir. –La mujer lo aferró por la camisa con nerviosismo–. Es una trampa, ¡tú sabes que lo es!
Gundebaldo la contempló con ternura. La había amado desde el primer día, muchos años atrás, cuando ni siquiera comprendía el verdadero significado de aquella palabra.
Se sentía afortunado: pocos disfrutaban de un amor como el suyo, y menos si por sus venas corría sangre tan noble como la de los baltos.
Habían afrontado juntos las alegrías y los reveses de la vida, y habían sido felices.
–Son órdenes de nuestro juez, y debo acatarlas –respondió, a la vez que bajaba al pequeño de la montura y le pedía que fuera a jugar con sus hermanos–. Si me negara, las consecuencias serían nefastas.
–¡Nada es peor que la muerte! –replicó ella, alterada–. ¿No lo entiendes? Ir a esa trampa es como acatar tu sentencia de muerte. No tienes amigos en el ejército. Ese maldito Modario ordenará que te ejecuten en cuanto os alejéis lo suficiente.
Gundebaldo suspiró. Era doloroso, pero era la verdad: la mayoría de los que habían sido sus compañeros de armas, incluso muchos de los que había considerado amigos, ahora lo evitaban, temerosos de granjearse la inquina de Atanarico.
Poco le importaba perder la vida, la muerte siempre era una posibilidad para un guerrero; lo triste era pensar que los que conspiraban para arrebatársela eran aquellos junto a los que había combatido.
Y, aun así, lo que tenía su alma en vilo era imaginar que, con él lejos, Atanarico podría extender su venganza en su propio hogar, con Hilda y sus cuatro hijos.
Tal pensamiento embargó de ira al guerrero.
–Disponlo todo para partir –dijo únicamente.
Su mujer lo abrazó con fuerza, sollozando de puro alivio.
–Sí, marchémonos, esposo. Nos iremos lejos de aquí, lejos de Atanarico.
–No. Tú te marcharás con los niños, y yo, con el ejército, pues si no lo hiciera pondría en riesgo vuestras vidas. Marchaos; me reuniré con vosotros en cuanto me sea posible. Te lo prometo.
–¡Te matarán en cuanto abandones la ciudad!
–No lo harán. Modario no actuará abiertamente delante de los demás, por mucho que lo desee.
Y yo me habré ido antes de que se le presente la oportunidad de hacerlo con discreción.
Hablaré con Salla y con Farnobio para que os ayuden a huir.
Ellos no me traicionarán... No nos traicionarán –se corrigió–.
Id hacia el bosque, nadie se adentra por allí desde que los romanos lo arrasaron. Allí estaréis a salvo.
–Prométeme que vendrás a buscarnos.
Gundebaldo atrajo a su mujer y la estrechó contra su pecho.
–Confía en mí.
* * *
Tres jornadas tardaron en alcanzar su destino. Y esas tres noches pasó en vela Gundebaldo. Pero, tal como se había imaginado, nadie trató de atacarlo.
Los exploradores no habían reportado señales de que los temidos hunos estuvieran cerca.
Aun así, en cuanto cruzaron el río, Modario ordenó que comenzaran a levantar muros de tierra y madera para proteger el campamento.
Debían resistir allí hasta que Atanarico hubiera convencido a greutungos y alanos de unirse a sus filas, y entonces se lanzarían todos juntos contra el enemigo.
Al alba del día siguiente, mientras los hombres, sudorosos, acarreaban los materiales de un lado para otro, Modario informó a Gundebaldo de que su presencia allí había dejado de ser necesaria.
Regresaría al oeste para informar a Atanarico de que sus órdenes se habían cumplido con la presteza debida.
A pesar de que no pensaba transmitir dicha información, Gundebaldo se entretuvo en evaluar las defensas con ojo experto antes de regresar donde había dejado sus pertenencias.
Cuatro hombres lo aguardaban allí, pertrechados como para entrar en batalla.
Lo vigilaron sin recato mientras dejaba caer el hatillo, las armas y algunas provisiones sobre las tablas de una pequeña barcaza que había quedado varada junto a la corriente.
Se disponía ya a empujar la quilla hacia el agua, cuando uno de aquellos tipos se acercó y le apoyó la mano en el hombro.
–Iremos en ésta, mi señor –señaló hacia otra barca, mucho más grande y pesada–. Os acompañaremos hasta asegurarnos de que no hay peligro.
Gundebaldo tragó saliva. Dos de los hombres se habían colocado de manera que no podía seguir empujando la embarcación hacia el río e ignorar sus palabras. No tenía opción, así que recogió sus cosas en silencio y se dejó escoltar.
* * *
Al norte del campamento tervingio, Uldin, el jovencísimo hijo del caudillo huno Balamir, trataba de descansar. Habían cruzado el río durante la noche, y muchos habían perecido en la oscuridad, víctimas de la traicionera corriente.
Pero habían conseguido sortear a las tropas de Modario. Casi cuatro mil hombres y sus monturas habían cruzado la corriente sin ser advertidos y ahora se disponían a abalanzarse sobre un desprevenido Atanarico, juez y señor de los tervingios.
Estaban a punto de convertir en realidad la profecía de Bleda, hechicero de Balamir.
Una vez más, arrollarían a los godos, como ya lo hicieran poco tiempo antes con Vitimero y sus greutungos.
Bleda había hablado sobre el agua, la sangre y la victoria, y el joven príncipe sabía que el hechicero jamás erraba.
El huno comprobó que el estuche recubierto de grasa donde guardaba el arco y las cuerdas, que había transportado con todo cuidado, había resistido sin que su valioso contenido se empapase.
Un arco mojado o una cuerda húmeda no sólo provocaban que se resintiese la fuerza con la que se lanzaba la flecha, sino que también influían en su dirección.