La frontera de piedra Capítulo IX #2
27%

Capítulo IX #2

Alateo, al ver la expresión de la partera, había colocado de inmediato una mano sobre el hombro de Hildibaldo en un gesto de ánimos.

Sin embargo, un lamento agudo y prolongado rasgó el aire, acompañado de un trueno tan potente que obligó a los hombres a taparse los oídos con las manos.

Cuando cesó el estruendo, también lo hizo la tormenta; las gotas dejaron de repicar, el viento de aullar, y una tensa calma se extendió sobre la tierra en la que los greutungos habían establecido sus raíces.

A la mañana siguiente, cuando Hilduara había presentado a su retoño ante los mayores, todos habían estado de acuerdo en que Tulga había nacido con el beneplácito de Donar, dios del trueno, pues el hijo de Woden, señor de los dioses, había prendido la chispa de la vida en su pecho y había traído su alma de regreso desde la oscuridad.

Sin embargo, por mucho favor de los dioses con el que pudiera contar su sobrino, Alateo se tenía por un hombre anclado a la tierra.

Mientras fuera regente en nombre de Viterico, nadie discutiría su derecho.

Así que, aunque su sangre corriera por las venas de la criatura, no pensaba sustituir a un infante por otro.

Además, si no se equivocaba, Hilduara era muy capaz de conspirar para que fuera Safrax quien ostentara la regencia si consideraba que podía manipularlo mejor que a él.

–No vuelvas a decir eso, Hilduara. No lo haré, pero tampoco levantaré la mano contra ti ni contra mi sobrino. Puedes estar tranquila.

–¿Qué es lo que quieres de nosotros, Alateo? –intervino Safrax, consciente de que la paciencia de Hilduara estaba llegando a su límite.

–Sólo quería conocerte, Safrax, y asegurarme de que realmente era mi hermana quien estaba a tu lado. No haré nada contra vosotros, y tampoco estoy interesado en que aquellos que os siguen se pongan bajo mis órdenes. No deseo más bocas a las que sólo puedo alimentar con desesperanza.

–Tampoco tú debes temer nada por nuestra parte –respondió el alano–. No ambiciono tu posición, y, si alguien desea abandonarnos y seguirte, puede hacerlo libremente. No busco problemas contigo ni con Atanarico; ninguno de vosotros es mi enemigo.

Alateo asintió, satisfecho con la respuesta.

–Con respecto a lo que nos ha traído hasta aquí, ¿combatirás junto al tervingio, como nos solicita? –continuó Safrax.

–¿Acaso luchó él por nosotros? –bufó Alateo–. No, no lo hizo. Así que tampoco yo lo haré bajo sus órdenes.

–Entonces lo condenaremos a sufrir el mismo destino que los nuestros.

–Sí. Ni más ni menos. Ninguna ayuda obtuve de su parte frente a Balamir; nada le debo ahora –hizo una mueca–. Por mí, Atanarico puede ahogarse en su propio orín cuando se encuentre frente a los jinetes hunos.

Era justamente la respuesta que Ubaldo había predicho, y Safrax lo buscó con la mirada. Luego miró alternativamente a Hilduara y a Amage. Si no iban a combatir, debían seguir avanzando.

–No podemos continuar aquí si no atendemos a su llamada. ¿Hacia dónde piensas dirigirte?

–Hacia el oeste.

–Hacia la frontera de piedra –murmuró Safrax.

–Hacia Roma. Allí podremos ofrecer nuestros servicios a cambio de tierras y riquezas, y más aún cuando los hunos comiencen a presionar sus fronteras.

La mirada de Safrax volvió a encontrarse con la de Amage. En sus ojos se leía angustia, pero también una chispa de esperanza. El alano supo que estaba pensando en Goar, en la posibilidad de que los dioses le permitieran reunirse nuevamente con él antes de que la muerte la reclamara.

–Nuestro tiempo aquí ya ha pasado –afirmó la anciana con voz clara, para sorpresa de Alateo.

Safrax contempló el rostro de su abuela; desde la muerte de Beuca, había estado dominado por la tristeza, las arrugas de su frente se habían hecho más profundas, y la risa ya no acudía a sus labios como antaño.

Era como si el tiempo la hubiera alcanzado por fin, como si hubiera envejecido de golpe hasta aparentar los más de cincuenta inviernos que había vivido.

–Estoy de acuerdo –convino Safrax, sintiéndose extraño.

Conocía la opinión de Amage e intuía sus motivos.

Más le había sorprendido la aprobación de Hilduara, quien les había explicado que había visto a los cuervos, mensajeros de su dios Woden, volar hacia poniente, y que ésa era una señal clara de su voluntad.

Así que dirigirían sus pasos hacia las tierras que su abuelo les había prohibido pisar, las mismas en las que su padre había encontrado la muerte.

–Si os parece bien, marcharemos juntos, pero cada uno se hará cargo de sus hombres –concluyó Alateo–.

Tampoco pediré a nadie que jure fidelidad a Viterico; el que así lo desee puede seguir apoyando las pretensiones de Hilduara en nombre de su hijo Tulga.

Eso no es un problema ahora. Aguardaremos el resultado de la lucha entre Atanarico y los hunos, y después marcharemos hacia la frontera de piedra.

Una vez allí, volveremos a evaluar nuestras posibilidades. ¿Hay acuerdo?

Alateo aguardó, expectante, la respuesta de Safrax.

Sí, habría acuerdo. Al menos, por el momento.

* * *

Octubre del 375. Brigetio

Goar concentraba su atención en la diana que uno de los auxiliares había colocado a cien pasos.

Las yemas de los dedos le hormigueaban, pero eso no le impedía sujetar el arco con firmeza y tensar la cuerda con precisión.

Todos los ojos estaban centrados en él, pero él sólo miraba fijamente a su objetivo.

Ya había eliminado uno a uno a sus oponentes, todos ellos mayores y más experimentados.

A los alanos, pero también a algunos de los instructores, francos y burgundios en su mayoría.

El blanco se había ido alejando cada vez más, pero no por eso había errado el tiro; le resultaba sencillo apuntar cuando no había que compensar siquiera el movimiento de una montura, sino sólo el ligero viento que soplaba desde el oeste, alborotándole el cabello.

Llevaban más de una hora entretenidos con aquel divertimento, y para ese entonces sólo quedaban él mismo y su compañero Palaco.

Nunca habían congeniado bien, y Goar deseaba la victoria.

La flecha de Palaco había alcanzado la diana, pero alejándose ligeramente del centro. Goar sabía que él podía hacerlo mejor.

Acompasó la respiración con los latidos de su corazón.

Llevó el brazo derecho, que sujetaba la cuerda y el proyectil, hasta más atrás de su oreja sin esfuerzo aparente.

Cerró los ojos en un breve parpadeo, y sus dedos dejaron atrás el familiar tacto de la madera del astil de la flecha.

El aire se arremolinó junto a su cara a medida que ésta partía hacia su objetivo a toda velocidad.

Escuchó entonces el murmullo de quienes se encontraban a su espalda, así como el de las hojas de los árboles al arrullo de la brisa; el tiempo mismo pareció volver a correr, recuperando su curso habitual.

El grito entusiasmado del burgundio que custodiaba la diana confirmó lo que Goar ya sabía desde antes de disparar.

–¡En el centro! En el mismísimo puto centro ha clavado la flecha el mocoso.

–Este cabrón tiene un pacto con algún demonio –añadió, admirado, uno de los auxiliares.

–Por el Toro, muchacho, bien hecho –lo alabó Marcial.

Goar se giró con una sonrisa hacia donde Malvar, Fariban y el resto de los alanos con los que había hecho amistad reían y lo vitoreaban con entusiasmo. Mientras tanto, Palaco y sus amigos lo escrutaban con mal disimulada inquina.

–Verlo para creerlo –continuó Marcial, dejando atrás su frialdad habitual para golpear la espalda de Goar con una serie de amigables palmadas.

–Es fácil. –El muchacho se encogió de hombros, restando importancia a su hazaña con cierta timidez.

–¿Fácil? –Marcial estalló en una carcajada–. ¡Ha dicho que es fácil, Orestes! ¿Lo has oído? Muchacho, si tan fácil fuera, el resto lo habrían logrado también.

Mientras la mayoría se acercaba para felicitarlo, Palaco y los mayores siguieron mirándolo despreciativos y desafiantes.

Solían ignorar a los más jóvenes y trataban de divertirse a su costa, molestándolos.

Que el centenario mostrara cierta predilección por esos mocosos de apenas doce o trece años irritaba a Palaco, y el resto seguían su liderazgo sin rechistar; mientras, los más pequeños, de forma inconsciente, habían convertido a Goar en su cabecilla.

El chico sonrió cuando el tal Orestes arrancó la flecha de la diana y se la entregó con un guiño amistoso.

Habría preferido que el grupo al completo se mantuviera unido, pero no pensaba plegarse frente a Palaco y su ridícula actitud.

Rodeado por sus amigos y felicitado por sus superiores, Goar sintió en el pecho una agradable calidez parecida a la felicidad.