La frontera de piedra Capítulo IX
26%

Capítulo IX

CAPÍTULO IX

–¡Hermanita! Es una alegría tan grande como inesperada verte aquí –exclamó Alateo, acercándose a Hilduara con los brazos extendidos.

El greutungo, armado hasta los dientes, la abrazó, no sin a la vez recorrer con una mirada retadora a los hombres que se agolpaban detrás de Safrax. Ella se dejó hacer, con el rostro contraído por la tensión.

Además de la goda, Amage, Akkal, Hermerico y Tasio flanqueaban al alano.

Los hombres le cubrirían las espaldas en la guerra; las mujeres serían sus consejeras en la paz.

No se llegaba a la edad de Amage siendo una ilusa, y Safrax se había dado cuenta del valor de la sabiduría; además, tanto ella como Hilduara estaban familiarizadas con los entresijos del poder.

Quizá no mucho tiempo atrás no habría atendido al consejo de las mujeres; quizás había tenido que madurar a marchas forzadas; quizá la muerte de Beuca lo había dejado sin referentes, pero ahora entendía que las necesitaba: su visión, su temple, y también sus conocimientos sobre los godos, en el caso de Hilduara.

Tras de sí, una cincuentena de guerreros alanos y greutungos completaba la comitiva.

El mismo número acompañaba a Alateo, tal y como habían pactado.

Aunque, rodeado por todos aquellos godos, su pueblo original estuviera en franca minoría, Safrax había aprendido a considerar como suyos a todos aquellos que le habían jurado lealtad, fuera cual fuera su origen.

Y el destino lo había puesto al frente de más de dos millares de almas.

Jamás había ambicionado tanto poder, pero ahora que podía perderlo todo en el envite que se avecinaba se sentía incómodo, atenazado por la incertidumbre.

En cuanto los hermanos deshicieron el abrazo, los hombres que acompañaban a Alateo dejaron que un pequeño de unos seis años se adelantara por entre sus filas.

El niño, con un rictus que trataba de ser solemne, lo observaba todo con los ojos muy abiertos.

Safrax le dedicó una mirada curiosa; Hilduara, que había regresado a su lado, permanecía seria, algo envarada, y no hizo ademán alguno de acercarse a él. Sin duda, debía ser Viterico.

El alano reprimió el impulso de buscar la mano de la mujer.

La miró de reojo, sin entender por qué parecía dar a la aparición de aquel niño tanta importancia.

En ese mismo momento, reyes, reinos, todo podía cambiar, desaparecer en un instante; quizá pronto no habría un pueblo greutungo al que encabezar, y con ello se desvanecerían las aspiraciones, y los problemas, tanto del pequeño como de Hilduara.

Alateo dio un paso al frente, pero Akkal se interpuso en su camino y, con un gesto, le indicó que le entregara su espada envainada, tal como Safrax había hecho a su llegada.

El godo consintió con una sonrisa forzada que suavizó un tanto su rostro ancho, grave, enmarcado por una frondosa barba pelirroja.

Según les había contado Hilduara, Alateo era mayor que ellos; un guerrero en la plenitud de la treintena, fornido, seguro de sí mismo y del respaldo de los suyos tras haber disfrutado de una posición relevante en tiempos del difunto Vitimero.

–Éste debe de ser el pequeño Tulga. –Alateo, una vez entregado el tahalí, se acercó hasta Amage, que sostenía al bebé–. ¿Vienes con tu tío, pequeño? –preguntó, alargando las manos hacia la criatura.

Amage buscó la mirada de Hilduara, que asintió levemente. El guerrero tomó a Tulga con cuidado y se arrodilló frente a Viterico para mostrárselo.

–Mira, Tulga, este grandullón es tu primo Viterico –dijo, provocando una sonrisa en el muchacho.

Hilduara apretó los labios en una fina línea; parecía estar conteniendo la respiración.

Safrax y ella habían vuelto a discutir antes de la reunión con Alateo; la mujer había alabado la merecida posición con la que el alano se había alzado entre los suyos, y él había tratado de tranquilizarla, asegurándole que poco le importaba el poder, que sólo pretendía ser feliz a su lado.

Entonces Hilduara había montado en cólera: le había gritado enfurecida que no había dignidad en huir, que los dioses habían marcado un alto destino para el pequeño y que ella haría lo que fuera necesario para asegurarse de que éste se cumpliera.

Él, conocedor de sus sueños y ambiciones, pero viendo en ella sólo a una mujer perdida y preocupada por el destino de su pequeño, había aguardado con paciencia a que la ira se apagara, para abrazarla después.

Ahora, a su lado, Hilduara tenía los brazos cruzados sobre el pecho, el cuerpo tenso, la mirada alerta.

Alateo la había saludado con cariño, aunque quizá con cierta condescendencia también, y mostraba una sonrisa mientras sostenía a Tulga.

Sin embargo, la actitud de la mujer dejaba claro que la relación entre ellos no debía de resultar sencilla.

Safrax estudió al guerrero pelirrojo, tratando de leer su expresión, buscando cualquier rastro de amenaza.

Para los alanos, los lazos de sangre eran sagrados, pero entre los godos las cosas parecían ser diferentes.

Tras devolver a Tulga a los brazos de Amage, Alateo se sentó en el suelo frente a Safrax, haciéndole un gesto para que lo imitara.

–Safrax. Es ése tu nombre, ¿verdad?

–Saludos, Alateo –respondió el alano con un asentimiento.

–Eres alano. Mis hombres no se equivocaban... Cuando empezaron a llegarme rumores de que muchos supervivientes de mi pueblo se habían unido a un caudillo de ese nombre, me extrañó que no me resultara familiar, que no se tratara de alguien cercano a Vitimero, de un noble entre los nuestros.

La mirada de Hilduara atravesó a su hermano. A sus ojos, usaba aquellas palabras para intentar despojar a Safrax de su recién adquirida autoridad, y ella no pensaba permitirlo, no al menos mientras su fortuna y la de su hijo estuvieran unidas a la del alano.

–Nada de eso tiene sentido ya. No hay alanos ni greutungos, y pronto tampoco habrá tervingios.

Sólo habrá esperanza si los pueblos se unen como uno solo frente a la tormenta que se aproxima desde naciente.

–La voz de Hilduara sonó suave pero peligrosa, como el roce de una espada al abandonar la vaina.

Alateo se echó a reír, pero su risa resonó sola entre el silencio de los presentes.

–Mi querida hermana... Celebro verte con vida, así como al pequeño Tulga. Una gran pérdida la de Hildibaldo; aunque, por lo que veo, ya has encontrado a quien te ayude a mitigar el dolor.

Safrax dio un respingo. Aquello era una clara provocación.

Sintió que Amage clavaba en él una mirada de advertencia y suspiró; habían hablado sobre la necesidad de mantener la calma, de ignorar las ofensas y dejar a un lado el propio orgullo cuando lo que estaba en juego eran las vidas de tantas personas.

–No tenemos mucho tiempo, Alateo, y no me gusta malgastarlo –lo cortó con voz dura–. Atanarico cree que Balamir estará sobre nosotros en unas pocas semanas. Responde con claridad: ¿de cuántos hombres dispones y qué harás?

–Tres mil guerreros. Cuatro veces ese número, si contamos a sus familias. ¿Y vosotros?

–Cerca de cuatro mil almas, aproximadamente. Quienes huyen de Balamir engrosan la cifra cada día.

–¿Un millar de guerreros? –preguntó Alateo mesándose la barba.

–Sí, todos a caballo.

–Perdonad si os pregunto, pero ¿cuántos son de los míos?

–No tienes hombres entre nosotros, hermano –intervino Hilduara con presteza–. Todos han jurado servir a Safrax y a tu sobrino, y los dioses respaldan ese juramento.

Alateo chasqueó la lengua. Hilduara: fuerte, despierta, ambiciosa, siempre dispuesta a que los sacerdotes regalaran sus oídos con profecías de grandeza.

Sin embargo, él no confiaba en ofrendas ni en oraciones tanto como en su espada, en su cuna y en el poder que ambas le conferían.

Su espada le había permitido sobrevivir a la batalla en la que Vitimero y muchos de sus nobles más cercanos habían perdido la vida.

Entonces, sin desfallecer, había abandonado el campo de batalla y, tras reunir a cuantos supervivientes había encontrado en su camino, había regresado al campamento, se había hecho con el tesoro que acarreaban consigo desde que abandonaran su Scandia natal y se había erigido en protector del joven príncipe y las mujeres de su casa.

De esa manera se había asegurado una supremacía entre los suyos que estaba convencido de que nadie discutiría; al menos hasta que aquel alano se había cruzado en su camino.

–Entiendo –afirmó–. No pretendía cuestionar tu liderazgo, Safrax. En cuanto a mí, como regente, sólo tomaré las decisiones en nombre de Viterico hasta que él crezca lo suficiente como para ostentar el poder.

–La sangre de Vitimero también corre por las venas de tu sobrino –intervino Hilduara–. Deshazte del muchacho y encumbra a Tulga –añadió con un hilo de voz, de manera que sólo él pudiera escucharla.

–Hildibaldo era bastardo. Tulga no puede reinar.

–Claro que puede, y ése es el camino que los dioses han marcado para él. ¿No recuerdas, acaso, lo que sucedió en su nacimiento?

Alateo hizo un gesto brusco para que se callara. Claro que lo recordaba; bien se había ocupado su hermana de repetírselo una y otra vez.

La noche en que Tulga nació no había luna en el cielo, pero la tormenta se desató de tal modo que el resplandor de los rayos parecía tornarla en día por momentos.

El agua corría a raudales, como en avenidas, amenazando en su feroz camino las chozas de los menos pudientes, y los truenos parecían sacudir las mismas montañas al retumbar.

Cuando el pequeño, tras un parto demasiado largo, consiguió abandonar por fin el vientre de su madre, ningún llanto se había sumado a los ruidos de la tormenta.

La partera había tratado por todos los medios de insuflar vida en su cuerpecillo, pero finalmente, rendida, había ido en busca de Hildibaldo para transmitirle la funesta noticia.