La frontera de piedra Capítulo VIII #3
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Capítulo VIII #3

Hasta hacía poco tiempo aquel lugar parecía una leyenda en la mente de los más jóvenes; un paraje inalcanzable, lejano, misterioso, que marcaba el final del mundo tal y como lo conocían. Y ahora discutían sobre la posibilidad de dirigir sus pasos hacia ella.

–¿Y qué otro lugar nos queda? –Amage hizo un gesto a su nieto.

Safrax la contempló un instante. ¿Qué otra opción quedaba? Luchar junto a los godos o aceptar el ronzal, renunciando a la libertad por la que sus mayores habían entregado su vida. A su pesar, no tenía más remedio que tomar partido por una de ellas.

El silencio que se había instalado en torno a la hoguera fue interrumpido por la algarabía propia de los hombres celebrando la llegada de varios carromatos cargados de alimentos enviados por el juez tervingio Atanarico. Ese día, el desayuno sería considerablemente mejor.

El alano se permitió sonreír antes de acompañar a su abuela a la tienda familiar, de la cual salían sus hermanas, quienes les dedicaron un alegre saludo al tiempo que echaban a correr hacia donde los hombres de Atanarico comenzaban a repartir comida.

Sin preámbulos, Amage le indicó que tomara asiento. Hacía semanas que el joven no entraba en aquella tienda, desde que compartía otra con Hilduara y Tulga, y regresar se le hizo extraño.

–Abuela, ¿de veras querrías continuar hacia la frontera de piedra?

–¿Y hacia qué otro lugar podríamos ir?

–Eso no es una respuesta, sólo otra pregunta.

–Es que no has formulado bien la tuya –replicó la anciana.

Safrax se frotó los ojos, tratando de despejarse.

–No sé qué hacer, Amage. Y no es mi propio destino el que me preocupa, sino el de los centenares de personas que han depositado en mí su confianza, sus esperanzas.

¡Hay muchas vidas en juego que dependen de lo que yo decida!

Y yo no sé lo que debo hacer... ¡Maldita sea, no sé cuál es la decisión correcta!

–exclamó, desesperado–. Tengo el corazón dividido, abuela.

Una parte de mí desea luchar más que nada en este mundo, devolver a los hunos todo el daño recibido, o al menos pelear por esa posibilidad.

Pero no puedo evitar pensar que no triunfaremos donde hombres como Beuca o Attax fueron derrotados...

Yo no soy mejor que ellos y nunca lo seré.

¿Será nuestro fin enfrentarnos a ellos? ¿Condenaré a los que me sigan al hambre o a una muerte sin dignidad, si no? ¿Es que no hay esperanza en el futuro?

Todo el dolor acumulado por la muerte de Beuca afloró nuevamente en el pecho de Amage al escuchar a Safrax.

Menos de un año atrás, ella misma había querido apartarlo de la lucha, de un simple saqueo frente a campesinos indefensos.

Joven como era, no había querido que el único descendiente varón que les quedaba tras la marcha de Goar arriesgara su vida en la escaramuza.

Sin embargo, no había tenido más remedio que combatir, y había demostrado su valía hasta el punto de que ahora era él quien ostentaba entre los suyos el lugar de su abuelo.

Y, si bien su esposo había dirigido los designios de apenas un centenar de almas, el muchacho tenía a su cargo ahora a más de un millar.

Seguía siendo un niño a sus ojos, pero uno que cargaba sobre sus hombros una inmensa responsabilidad.

–Eso no es cierto, Safrax. Tú mismo eres la esperanza, eres quien les da un motivo por el que seguir adelante.

El joven la miró con ternura. Amaba a su abuela y confiaba en ella más que en nadie ahora que había perdido la guía de Beuca.

Sin embargo, era consciente de que el cariño que le guardaba era más fuerte que la sensatez, que sus consejos nunca podrían ser todo lo imparciales, todo lo duros, que debieran.

–A veces, cuando estoy en el lecho y soy incapaz de dormir, imagino que lo abandonamos todo y simplemente nos marchamos muy lejos.

Tú, Aleda, Caina, y también Hilduara y el niño.

Que ponemos tierra de por medio entre nosotros y los hunos, pero también con todos los demás.

–Safrax escondió la cabeza entre las rodillas–.

Sin embargo, sé que es algo con lo que todavía sólo puedo soñar.

No ambiciono el poder, abuela, y tú lo sabes.

Pero me atan la responsabilidad y el legado de Beuca.

–Ahora que has nombrado a Hilduara..., desearía hablar sobre ella contigo.

–Ya hemos hablado de eso antes –replicó Safrax, a la defensiva.

–No. No lo hemos hecho.

–Sé que no apruebas que sea mi compañera. Sé que es extranjera, ajena a nuestras costumbres y a nuestro pueblo, y que todo ha sucedido muy deprisa. Pero también sé que la amo y que no estoy dispuesto a renunciar a ella.

Amage se acercó a su lado y le colocó la mano sobre el hombro.

–Y yo me enorgullezco de la pureza de tus sentimientos, Safrax. Pero tú eres joven, y yo soy vieja, y he visto más de la vida. Y tú eres hombre, y yo, mujer, y eso también me da otra perspectiva.

–La mujer más sabia y hermosa que jamás conoceré –afirmó el muchacho, con una sonrisa asomando en los labios–. ¡Ay! –protestó, cuando ella respondió al cumplido con un pescozón.

–Escúchame con atención, aunque sé que no deseas oír lo que tengo que decirte. Puede que ella sea joven, mientras que yo ya no lo soy, y tal vez pienses que a mí nadie me querría ahora; pero créeme: yo jamás habría sido capaz de olvidar el luto por Beuca tan rápido como ella ha olvidado el suyo.

–Lo sé –respondió el joven, con un nudo en la garganta.

–Hilduara es hermosa, ambiciosa... y proviene de una familia importante entre los greutungos.

Entre los animales, cuando el macho muere, la hembra que queda sola a cargo de sus crías busca un nuevo compañero, aquel que más seguridad o relevancia le ofrezca, para unirse a él y sacar adelante a su progenie.

–Abuela, yo la amo. Y ella a mí... –añadió, tratando de imprimir seguridad a su voz–. No puedo, ni quiero, apartarla de mi lado.

–No te estoy pidiendo eso, hijo mío.

–¿Y qué es lo que quieres?

–Que permanezcas alerta. Y, sobre todo, que no desoigas a los tuyos, a tu verdadero pueblo, ni dejes de ser tú mismo, el líder al que han decidido seguir. Que recuerdes que las guerras de Hilduara no son las tuyas. Al menos, de momento.

Safrax asintió y la estrechó con fuerza entre sus brazos. Cerró los ojos, deseando que aquel abrazo fuera como tantos otros, como cuando él era un niño y su abuela lo consolaba junto al fuego, a la luz de las estrellas.