La frontera de piedra Capítulo VIII #2
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Capítulo VIII #2

Marcial enarcó una ceja. Además de un espléndido jinete, parecía un muchacho despierto. Pasados los años, si no se torcía, podría llegar a ser un buen oficial para otros salvajes como él; alguien que hiciera el trabajo sucio por Roma.

–Clibanarios –masculló entre dientes.

Aquello era lo que ambicionaba Tito Valerio o, al menos, lo que le había encargado el comes domesticorum equitum del emperador Valentiniano.

Jinetes pesados. Pero él no creía en aquella forma de combatir.

Tal vez fuera útil en la frontera de Siria o de Armenia, donde los persas luchaban de igual manera.

Hornos móviles, los llamaban, porque dentro de aquellas armaduras los hombres se cocían como el pan en un horno.

Pero nunca había visto luchar a jinetes como aquéllos en Panonia Valeria, ni tampoco en las regiones vecinas.

Los cuados o los alamanes no disponían de fuerzas similares.

Jinetes sí, pero ligeros, más útiles para perseguir a quienes huían en desbandada que para luchar en una batalla.

En más de veinte años de servicio, jamás había visto a nadie combatir así en aquella orilla del Istro.

Nunca lo había visto y nunca lo habría de ver, opinaba, y nadie podría convencerlo de lo contrario.

¿Quién iba a saber más de la guerra allí: él o aquel perfumado comes acostumbrado a medrar en los grandes palacios de Italia?

–Goar, hijo, el tamaño no siempre es lo más importante –zanjó, malhumorado, y se largó de allí dispuesto a seguir martirizando a quien tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino.

* * *

Septiembre del 375. En tierras de los tervingios

Habían seguido a Gundebaldo a través de las suaves colinas, adentrándose cada vez más en las tierras de los tervingios.

Caía la tarde cuando alcanzaron al fin un vasto prado salpicado de hogueras y tiendas, abarrotado de gentes, en una visión en cierto modo desasosegadora.

Eran aquellos que habían unido su destino a Viterico, el niño rey.

Decidieron acampar relativamente lejos. Montaron las tiendas, quienes las tenían, y dejaron descansar a los animales, mientras las mujeres disponían alrededor de las lumbres las vituallas que llevaban consigo.

Junto a la fogata en la que se habían reunido Safrax y los suyos apenas hubo conversación.

Todos estaban cansados tras el largo camino, y el alano no podía ocultar el rictus de preocupación.

El hombre que comandaba a aquel nutrido grupo de greutungos se presentaría allí por la mañana para parlamentar, y él no tendría más remedio que atenderlo.

Si los godos que hasta entonces lo habían acompañado decidían marcharse con Alateo y su rey niño, no se lo prohibiría; estaban en su derecho.

Él seguiría adelante con los que se quedaran junto a él.

Los alanos. O quizá sólo su propia familia.

Había entablado amistad con algunos de los greutungos, apreciaba a Hermerico, y a Hilduara y Tulga ya los consideraba parte de su familia.

Se había esforzado en que ella entendiera que la amaba; la mujer sonreía, asentía y se entregaba, pero algo iba mal, y no podía quitárselo de la cabeza.

Presentía que Hilduara lo evitaba desde que se habían adentrado en territorio tervingio, como si nuevas barreras se hubieran alzado de repente entre ellos, y no le permitieran leer con claridad lo que había en sus pensamientos, en su corazón.

El llanto de Tulga rompió bruscamente el silencio, e Hilduara se puso en pie para ir a buscarlo. Safrax siguió sus pasos.

–Hilduara –la llamó con voz queda, pero ella ni respondió; ya tenía al pequeño en brazos–. Hilduara –repitió–, has estado evitándome...

Se sentó sobre las pieles que cubrían el suelo mientras ella alimentaba al bebé, acunándolo con aire ausente. El sueño no tardó en vencer a Tulga, y la mujer lo depositó con cuidado en el lecho y lo arropó.

–Hilduara, ¿qué ocurre? –insistió Safrax.

La greutunga clavó su mirada en él, destellando una ira fría que resultaba intimidante.

–Hemos venido directamente a la guarida del lobo, sin oponer resistencia. Como estúpidas ovejas –afirmó con dureza.

–¿A la guarida del lobo? Es de los lobos de quienes nos alejamos. ¿Qué habrías preferido, quedarnos en el este hasta ser devorados? No somos tan fuertes para soñar con derrotar a esos demonios, para triunfar donde mi abuelo y tu rey fracasaron. ¿Es que no lo entiendes?

La mirada de Hilduara recorrió el rostro del alano como si no lo reconociera.

–Tulga posee sangre de reyes.

–Tulga no puede empuñar una espada y acabar con los hunos. Lo único que puedes hacer mientras crece es resguardar su vida y reunir hombres dispuestos a apoyarlo.

–¿Crees que no lo sé? –estalló ella, apretando los puños–. ¡Todo son amenazas alrededor! Si tan sólo...

–¿Es eso? Ahora lo entiendo –la interrumpió Safrax–. Ese otro muchacho, Viterico... Crees que sus hombres verán a Tulga como un competidor. ¡Pero el regente es tu propio hermano! No pondría en peligro a su sobrino, no atentará contra él.

–¿Eso crees? –escupió ella con sorna–. ¿Acaso hay otras formas de llegar al poder aparte de la de acabar con los competidores?

–Claro que las hay. –Safrax la miró perplejo.

–Pues me alegra que sea así entre los tuyos, pero temo por mi hijo. Es lo último que me queda, Safrax, lo último. Estamos solos en un mundo empeñado en destruirnos.

Por primera vez desde hacía días, la coraza que parecía revestirla se agrietó, y las lágrimas asomaron a sus ojos.

Safrax sintió que sus recelos, sus dudas, se desvanecían.

Sólo era una madre asustada, una mujer a la que él amaba y a la que pensaba proteger de todo mal si estaba en su mano evitarlo.

Claro que podía entenderla: él mismo tenía a su abuela y sus hermanas a su cargo, a lo que quedaba de su pueblo bajo su responsabilidad.

Se acercó a la mujer, la tomó entre sus brazos y, estrechándola con fuerza, cerró los ojos y lo besó en el cabello con ternura.

Luego le alzó la barbilla con suavidad para buscar de nuevo su mirada.

–Te prometo que nada malo le ocurrirá a Tulga, y tampoco a ti. Te prometo que os protegeré. Lo juro por la memoria de mi abuelo.

* * *

Safrax se despertó cuando aún no había amanecido, pero se obligó a permanecer en el lecho hasta que los primeros rayos de sol comenzaron a calentar tímidamente la mañana.

Tulga había pasado una noche inquieta, llorando con desconsuelo cada vez que su madre lo alejaba de su pecho, y ahora ambos dormían plácidamente.

Se vistió sin hacer ruido y reprimió el impulso de acariciar el hermoso rostro de Hilduara antes de salir.

Agradeció sentir la brisa fresca en la cara, pero ni siquiera eso fue suficiente para borrar por completo el embotamiento que entorpecía su mente.

Introdujo la cabeza en uno de los barreños llenos de agua que había junto a la tienda, se sacudió como un animal mojado y, sintiéndose algo más despejado, puso rumbo a la primera de las hogueras, donde los hombres se arracimaban.

Tasio le ofreció una escudilla de leche recién ordeñada; también estaban Akkal y otros dos de los viejos compañeros de su abuelo.

Hermerico y Ubaldo lo saludaron con una inclinación de cabeza.

Alanos y greutungos se habían separado en dos grupos, así que él decidió ocupar el espacio que quedaba entre ellos.

–No has dormido –lo amonestó Akkal.

–¿Y quién necesita dormir? –respondió Safrax con una leve sonrisa.

–Todos, pues quien duerme no come y quien no come nos hace un favor –replicó Akkal, dándole una palmada en la espalda–. A no ser que muera de hambre, claro, pero nos aseguraremos de que no sea tu caso.

–Hoy cambiará nuestra suerte. Gundebaldo se ha comprometido a traer vituallas para todos. Espero que sea generoso, si así cree que puede asegurarse nuestra ayuda en la batalla.

–¿Lucharemos? –preguntó Tasio, con un brillo esperanzado en la mirada.

A pesar de lo complicado de la situación, parecía ansioso por entrar en combate, por demostrar su valía. Él no había partido con Safrax hacia naciente, así que ardía en deseos de emular sus hazañas y ganarse un lugar entre los guerreros.

–Eso depende de muchos factores –respondió Safrax, volviéndose a mirar a los godos–, como de lo que decida hacer ese Alateo.

Ubaldo perdió la mirada en el suelo, pero Hermerico se la sostuvo, dando pie a que planteara la pregunta que le rondaba por la mente.

–¿Qué podemos esperar de él, Hermerico? Supongo que lo conoceréis bien, si es el hermano de vuestra señora.

–Es un gran luchador –comenzó con orgullo.

–No esperaba menos –asintió Safrax.

–Pero no luchará por los tervingios –intervino Ubaldo, sorprendiéndolos a todos.

Hermerico, incómodo, clavó una mirada de advertencia en su compañero.

–¿Estás seguro de eso? ¿Qué te hace pensar así? –se interesó Safrax.

–No estoy seguro, pero es lo que yo haría –respondió Ubaldo tras una breve reflexión–.

Los tervingios ignoraron repetidamente nuestras peticiones de auxilio cuando Balamir amenazaba nuestras tierras.

Alateo es valiente, sí, pero también rencoroso con quienes lo han traicionado antes.

–Esta vez fue Hermerico el que escondió la mirada.

–¿Y qué crees que hará entonces? –insistió Safrax.

A él tampoco le convencía la idea de luchar por un desconocido como Atanarico, aunque, de no hacerlo, no podrían permanecer allí mucho tiempo.

Cualquier dirección que tomaran, cualquier camino posible, parecía lleno de dificultades.

Recordó las últimas palabras de Attax: su tiempo había comenzado.

Pero ¿sería acaso ese tiempo tan breve como todo parecía señalar?

–Continuar hacia el oeste –dijo Ubaldo, encogiéndose de hombros.

–Hacia la frontera de piedra. –La voz aguda de Amage sorprendió a Safrax, que no se había percatado de que la anciana estaba a su espalda.

–La frontera de piedra –repitió Tasio en voz baja.