La frontera de piedra Capítulo VIII
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Capítulo VIII

CAPÍTULO VIII

Como cada día desde hacía ya casi un año desde que llegaran a Brigetio, Goar se había despertado bastante antes del alba.

Aún en el camastro, contemplaba el techo de la estancia, admirando una vez más la solidez del entramado de vigas.

Ya no le resultaba tan agobiante dormir allí; se había acostumbrado a pasar la noche a resguardo del viento, del frío, del calor y de los animales; de todo, salvo de los sonoros ronquidos de sus compañeros.

Aunque allí no veían las estrellas, no sentían la brisa ni percibían los sonidos que ésta transportaba.

Todo lo familiar había quedado atrás, probablemente para siempre.

Ése era su primer pensamiento al despertar cada día, y seguía rondándole en la cabeza mientras se dedicaba a los quehaceres cotidianos. Ya nada volvería a ser como antes.

Los esclavos los levantaban antes de que amaneciera.

Hacía tiempo que los muchachos habían aprendido a no quejarse, así estuvieran enfermos, pues con ello sólo conseguían que salieran a relucir las varas de madera.

Sin embargo, no sucedía a menudo. Los alanos sabían lo que se esperaba de ellos; estaban acostumbrados a las privaciones y eran poco dados a protestar.

Luego, sentados en silencio alrededor de las grandes mesas del comedor, daban buena cuenta del desayuno: un cuenco rebosante de gachas con tocino y lo que parecía algún tipo de cerveza muy aguada.

No había mucha variedad, pero la incertidumbre y el hambre que los había acechado en sus tierras había desaparecido por completo.

Allí, al sur de la frontera de piedra, todo ocurría igual una jornada tras otra.

Casas de piedra y madera en lugar de un movimiento constante, y una rutina fija en la que vivir inmersos.

Era extraño aquel mundo tan organizado en el que cada cual debía realizar un determinado número de tareas desde el alba hasta el ocaso, sin apenas un instante para charlar, compartir una bebida o relatar historias, como solían hacer sus mayores allá a lo lejos.

Después de rebañar el plato y apurar el líquido turbio, Goar había llevado la loza a la cocina, un salón enorme en el que trabajaban decenas de esclavas.

Todavía era muy temprano, pero en poco tiempo el comedor se llenaría con las exigencias de la guarnición.

Hasta ese momento, ellos debían ayudar a las mujeres a prepararlo todo.

Más tarde, mientras los romanos se dedicaban a los quehaceres del campamento, ellos estarían ocupados en el mantenimiento y limpieza de las letrinas.

Y Goar detestaba las letrinas, sin duda una de las costumbres más repugnantes de los romanos.

¿Quién en su sano juicio se reuniría con otros hombres para defecar, como animales en el interior de un vallado?

El momento preferido de Goar llegaba después, al final de la mañana, cuando debían encargarse de los caballos.

Pasaban horas acondicionando los establos, cepillando a los animales, paseándolos u ofreciéndoles algún bocado dulce.

Luego, regresaban al comedor y daban buena cuenta de las sobras dejadas por los hombres de la I Adiutrix.

Puede que los formaran como guerreros, pero existía aún una barrera insalvable entre ellos y los romanos, como si pensaran que debían ser domados primero, aprender a mantenerse en su lugar.

La instrucción comenzaba cuando el sol declinaba en el horizonte, en los campos cercanos a la ciudad.

El menor de los muchachos contaba con sólo once años, pero ya todos sabían utilizar el arco y desenvolverse con el puñal.

Los instructores se habían guardado bien el asombro al comprobar su excelente puntería, incluso en movimiento, y cada día los obligaban a esforzarse con la espada, la lanza y el escudo, la mayoría de las veces a pie.

Poco tiempo les costó comprender que los romanos eran soldados de infantería.

Cuando terminaban los ejercicios, doloridos y extenuados, los más jóvenes reunían a los caballos que habían dejado pastando en los alrededores, la mayoría ejemplares pequeños y resistentes que los mensajeros utilizaban para recorrer los distintos puestos avanzados de la frontera.

–Caballos... Esto no son caballos –había murmurado Fariban entre dientes el primer día que los vieron, provocando la sonrisa de Goar.

Hacía días que Cayo Nepociano no acudía al vallado a observar los avances de los alanos.

Se encontraba en la orilla contraria del río, en la fortaleza de Kelemantia, desde donde, junto a un centenar de jinetes, recorría buena parte de la ribera para asegurarse de que ningún enemigo se acercara demasiado.

Eran tiempos difíciles para quienes vivían en aquella región del Imperio, pero no más que desde que Nepociano o Tito Valerio se habían unido a la vida militar.

El flujo de mensajeros era constante. Cada semana recibían noticias del emperador y enviaban la información pertinente para organizar la annona que debía mantener avituallado al ejército en campaña.

Con la llegada del verano, se habían recrudecido los combates, y los hombres aseguraban, esperanzados, que bastarían unas pocas semanas, un par de meses, para que todo acabara.

Ante estos rumores, el centenario Marcial se limitaba a enarcar una ceja y a concentrarse en su copa de vino.

Él llevaba toda la vida luchando. Incluso antes de que Nepociano supiera caminar, él ya se había cobrado sus primeras vidas, y sabía sobradamente que, al igual que un panadero prepara la masa y un zapatero cose zapatos, aquél era su trabajo.

El único que conocía y el que le permitía ganarse la vida.

Él no era un político ni un terrateniente que temiera perder sus posesiones a manos de los germanos.

Pese a su origen, nacido en uno de los más humildes barrios de Roma, había llegado a lo más alto posible del escalafón militar; al menos el más alto con el que alguien como él podía soñar, y todo porque la llegada de aquellos piojosos con ganas de pelea era buena para él.

Gracias a ellos, seguía siendo necesario y continuaría comandando hombres, disfrutando de sus prerrogativas, moldeando a los soldados con palabras duras o con golpes, si era el caso, para prepararlos para la lucha sin cuartel que los aguardaba cada vez que aquellos bárbaros se atrevían a poner un pie en el margen sur del Istro.

Esa jornada, como las anteriores, había dirigido la instrucción de los pequeños salvajes, como solía llamarlos.

Fiel a su idiosincrasia, se empleaba de la forma más despiadada.

Lo hacía por su bien: debían curtirse, prepararse, pues no cabía la duda en el combate, no cuando debieran jugarse la vida en el campo de batalla.

Era lo que solía decirles, y era sincero.

No los detestaba personalmente, no disfrutaba con ello; pero era necesario.

Marcial dividía a los extranjeros en tres clases.

La primera, aquellos que continuamente asediaban la frontera; su cabezonería era lo que le permitía estar allí, lo que hacía que su trabajo fuera esencial.

En cierta forma, se sentía en deuda con ellos.

La segunda la componían los bárbaros que combatían por Roma en las unidades auxiliares, a los que había tenido que confiar su propia vida en no pocas ocasiones.

La tercera, sin embargo, representaba un caso aparte: los extranjeros que ocupaban puestos de relevancia dentro del ejército imperial.

A éstos sí los detestaba, quizá con más intensidad que a cualquiera de los superiores nacidos dentro de las fronteras del Imperio, pues desaprobaba que unos salvajes melenudos se creyeran dignos de comandar a hombres como él, a soldados que llevaban mil años asombrando al mundo.

Una cosa era luchar a su lado, aprovechar sus cualidades en beneficio propio; otra muy distinta, recibir órdenes suyas.

Dejó que fuera uno de sus ayudantes el que continuara dirigiendo los ejercicios y se acercó al lugar en el que los más jóvenes trataban de reunir a los caballos.

Allí estaba aquel chico, Goar. Aunque se negara a reconocerlo en público, lo cierto era que su agilidad a lomos de un corcel lo había maravillado.

Cada vez que lo veía saltar del lomo de un animal a otro en pleno galope y sin esfuerzo aparente se veía obligado a controlar su expresión, a esconder su asombro.

En aquel momento, uno de sus compañeros, Fariban, hablaba con él en su propia lengua.

Nepociano había insistido en que abandonaran su idioma en favor del latín, y todos se desenvolvían ya con cierta soltura; pero eran testarudos, y en muchas ocasiones los sorprendían utilizando aquella jerga salvaje.

Marcial, que manejaba ciertos rudimentos del idioma de los sármatas, no pudo resistirse.

–Eh, tú, muchacho. Sí, tú, Fariban –lo llamó. Todos se giraron hacia él, sorprendidos–. ¿Acaso has dicho que esto no es un caballo? –inquirió, poniendo los brazos en jarra a ambos lados de su cada vez más prominente barriga.

Fariban miró a sus compañeros, tratando de interpretar en sus rostros qué debía contestar. Sin embargo, se lo pensó mejor y volvió la mirada hacia el centenario.

–Sí, eso he dicho –reconoció con aplomo.

Marcial, que hasta entonces había mostrado el rictus avinagrado propio de su cargo y su labor, suavizó el semblante. Aquellos muchachos eran duros, orgullosos, difíciles de doblegar; y eso, además de suponerle un reto, le agradaba.

–Has venido de muy lejos, ¿verdad, zagal? Bien, pues esta preciosidad –dijo, acariciando el lomo del animal– procede de un lugar aún más lejano. ¿Has escuchado hablar alguna vez de Hispania?

Fariban negó con la cabeza.

–Pues debes saber que tienes ante ti un animal tan resistente como noble. Quizá sea pequeño, pero no encontrarás compañero más fiel.

–No soportaría el peso de un jinete acorazado, ni siquiera el de su propia armadura –intervino Goar, con la nítida imagen de su abuelo listo para el combate en su mente.