Capítulo VII #3
–Nuestro señor Atanarico nos envía para que nos acompañéis hacia el sur y os reunáis con él. Sólo uniendo nuestras fuerzas podremos detener a esos salvajes.
El alano no varió un ápice su expresión. Aquellos tervingios nunca habían ayudado a su pueblo; ni siquiera habían movido un dedo para auxiliar a sus parientes en la batalla que había supuesto su perdición, como tampoco los habían socorrido cuando los romanos se lanzaban a saquear sus pueblos.
–¿Qué se sabe de Viterico, el hijo del difunto Vitimero? –Para sorpresa de ambos, Hilduara tomó la palabra–. ¿Ha muerto, como su padre? –preguntó, ansiosa por conocer el destino del muchacho.
Gundebaldo esbozó una media sonrisa, satisfecho por compartir una buena noticia.
–Viterico está a salvo. Se encuentra un poco más al sur, con muchos de los supervivientes de la batalla en la que Vitimero se dejó la vida. Miles de los vuestros se han salvado; la mayoría, mujeres, ancianos y niños, pero también muchos centenares de hombres.
Una sonrisa helada asomó a los labios de Hilduara.
Aquel niño, Viterico, era el único que podía interponerse en el camino de Tulga, pues los greutungos apoyarían al heredero legítimo, por mucho que ella contara con el apoyo de Safrax.
Se mordió la lengua y mantuvo la compostura. Sentía la garganta reseca.
–¿Quién los dirige? –preguntó al cabo, con voz calmada.
–Un hombre llamado Alateo. Se hace llamar a sí mismo regente.
Hilduara disimuló un respingo; asintió y guardó silencio.
Safrax estudió su rostro, incapaz de leer su expresión.
Le daba igual quién comandara a aquellos hombres.
Si los hunos avanzaban, él lucharía por poner a salvo a su nuevo pueblo, a aquellos que quisieran seguirlo.
Aceptaría la decisión de los greutungos de unirse a ellos o a los otros.
En realidad, sólo le importaba que Hilduara permaneciera junto a él.
–Y ese Alateo ¿luchará a vuestro lado?
–Él también asistirá al encuentro con nuestro señor Atanarico. Confiamos en que, al igual que vosotros, sea consciente de la magnitud de la amenaza y de que es mejor afrontarla unidos.
Safrax asintió, apretando los dientes. ¿Dónde habían estado aquellos godos cuando su abuelo se había dejado la vida para que él tuviera la oportunidad de conservarla?
Sí, hablaría con aquellos hombres, se enteraría de lo que querían, y luego pensaría qué era lo que más les convenía.
Nada perdía con escucharlos, y sin embargo sí tenía algo que ganar.
–Está bien, pero necesitamos comida. Mucha comida.
–Lo sabemos. Seguidnos, os llevaremos hasta el lugar indicado y allí ofreceremos a vuestras gentes víveres y agua. Luego os escoltaremos, sólo a vosotros, hasta nuestro señor.
Safrax reflexionó en silencio unos instantes.
Si aquellos tervingios significaran una amenaza real, podrían haber acabado con todos ellos en cuanto pisaron sus tierras.
Buscó la mirada de Hilduara, que permanecía con los puños apretados y expresión pétrea.
Ella le devolvió la mirada; parecía reticente, pero finalmente le dedicó un gesto de asentimiento casi imperceptible.
–Está bien. Guiadnos, os seguiremos. –El alano se puso en pie y buscó a sus lugartenientes entre la multitud–. Akkal, Hermerico, nos ponemos en marcha.
Éstos devolvieron las armas a los embajadores tervingios, y seguidamente comenzaron los preparativos para comenzar la marcha.
Pronto todo estuvo dispuesto. Safrax ayudó a su abuela y hermanas a subir a uno de los carromatos. Luego hizo una señal a Zandipo para que se uniera a ellas y, tras palmearlo en el hombro, buscó a Hilduara, que continuaba hablando con sus hombres de confianza.
–Por favor, considera unirte a las mujeres de mi familia durante el trayecto. Tulga es aún muy pequeño, y estaréis más seguros en la carreta.
Hilduara acarició la pelusilla que recubría la cabeza de su hijo.
–Gracias por el ofrecimiento, pero tu abuela estará más cómoda si goza de más espacio. Iré con la familia de Hermerico.
Safrax enarcó una ceja. También Amage parecía reacia a aceptar a Hilduara, aunque ahora fuera su compañera, pero confiaba en que fuera cuestión de tiempo. Todo había sucedido muy deprisa, e incluso a él le costaba asimilar tantos cambios.
–¿Lucharás por ellos? –inquirió Hilduara, interrumpiendo sus pensamientos.
–¿Por Atanarico? ¿Y por ese tal Alateo? –Estudió la reacción de la mujer–. Aún no lo sé, y no quiero tomar ninguna decisión precipitada. Pero escucharé su propuesta. ¿Conoces al greutungo? Me pareció que su nombre te resultaba familiar.
Hilduara hizo un gesto impreciso. Le agradaba la perspicacia del alano.
Había escogido a un compañero adecuado para defender, llegado el caso, las pretensiones de su retoño.
Un líder inteligente, con el carisma suficiente para que los hombres creyeran en él, al que no le temblaba el pulso a la hora de tomar decisiones; un hombre cuya compañía, además, le resultaba más agradable de lo que había previsto.
Por supuesto que conocía a Alateo; lo que aún estaba por ver era si su aparición complicaría o facilitaría sus planes.
–Alateo es mi hermano.