Capítulo VII #2
–Ahora sí tienes una escolta digna de un príncipe –soltó él, provocando una leve sonrisa en los labios de Hilduara.
–Debo darte las gracias, entonces, pues cuando apartaste a Hermerico de mi lado temí que conseguirías justamente lo contrario.
–Es un buen hombre, y valiente. Ha luchado bien, como todos. Ahora, si no te importa, creo que Amage tenía razón... Estoy agotado, y lo mejor será que vaya a descansar.
Tras tantos días a la intemperie, expuesto al sol implacable, el frescor que reinaba dentro de la tienda le hizo emitir un murmullo de satisfacción.
Se desató el tahalí y luego la correa que sostenía el puñal; después se deshizo de la protección de metal y la colocó sobre uno de los arcones.
En ese momento, vestido sólo con las telas, se sintió invadido por una extraña sensación, como si se hubiera desprendido de su propia piel, como las serpientes que viven en lo más profundo de los bosques.
Un ruido a su espalda lo sorprendió. Al volverse, comprobó que Hilduara había seguido sus pasos.
Ella, con la mirada baja, depositó a Tulga sobre un mullido vellón y se acercó a recoger un barreño de madera y un paño.
Safrax le hizo un gesto de agradecimiento, se enjuagó las manos y aguardó a que se marchase.
–¿Estás herido? –preguntó la mujer, señalando su costado, donde la camisola se oscurecía por un rastro de sangre seca.
–Estoy bien –aseguró el alano.
–Déjame verte. Sé maneras de ayudar a un hombre a sanar.
Algo en su tono de voz logró ponerlo nervioso. Aún sin mirarlo, se acercó y tironeó de la camisola para indicarle que se despojase de ella.
El simple roce de la tela hizo que se le escapara un breve quejido. Había recibido el impacto de una flecha en la última escaramuza, y, aunque ésta había llegado amortiguada y apenas había atravesado las protecciones, tenía toda la zona amoratada e hinchada.
–Eso debe de doler –observó Hilduara.
–Sí, pero no me puedo quejar. Hombres mejores que yo se han dejado la vida ahí fuera.
–Dame. –Y alargó la mano para que le diera el paño.
Hilduara lo mojó en un agua cada vez más turbia, dispuesta a limpiar los hombros y la espalda del alano.
Una repentina sensación de bienestar inundó al joven, que, con un suspiro, cerró los ojos y se abandonó a las suaves manos femeninas que le recorrían la piel.
Las atenciones de la goda comenzaron a alejarse de su espalda y se centraron en su pecho.
Después, el paño descendió para pasearse por su abdomen, despertando en él sensaciones que creía dormidas, olvidadas.
Ahogó un jadeo, abrió los ojos y tomó las delgadas muñecas de Hilduara entre las manos.
La mujer lo miró fijamente, sin apenas parpadear.
Era hermosa. Gozaba de una belleza particular, muy diferente a la de las muchachas que había conocido hasta entonces.
La atrajo con delicadeza hacia sí, y ella, en lugar de resistirse, deslizó los dedos más allá de su vientre, dentro del calzón.
Fundieron los labios en un beso desesperado.
Las manos de Safrax abandonaron el cuello de Hilduara para deslizarse por los hombros y apartar la tela, mientras ella agarraba con firmeza lo que ocultaba el rugoso pantalón.
El alano jadeó al sentir el contacto, tan inesperado como excitante.
Y, dejándose arrastrar por el deseo, olvidó cuanto los rodeaba: las obligaciones, el campamento, el dolor que sentía en el costado y el que atenazaba su alma.
Tomó a la mujer entre sus brazos y la depositó con mimo sobre el vellón de oveja que hacía las veces de lecho.
Quiso entonces desprenderse del calzón, pero para entonces apenas lo cubría.
Deslizó las manos por las piernas de ella, notando cómo sus latidos aumentaban con cada palmo de piel que quedaba desnuda.
Se detuvo a contemplarla un instante, pero entonces fue Hilduara la que se acomodó junto a él.
La goda lanzó una mirada casi imperceptible hacia donde descansaba Tulga; seguía dormido, así que atrajo a Safrax hacia sí, invitándolo a penetrarla.
* * *
Tres semanas más tarde, los víveres comenzaban a escasear.
Pese a las vituallas arrebatadas a los hunos, alimentar a más de ochocientas bocas no resultaba tarea sencilla.
Además, el número aumentaba cada jornada, pues eran muchos los que creían ver en aquel enorme grupo su única esperanza de sobrevivir.
Habían ya decidido levantar el campamento e iniciar el camino hacia el sur, para establecerse entre la frontera de piedra y las tierras tervingias, cuando una comitiva a caballo se acercó hasta las proximidades del valle. No avanzaron demasiado sin que los alanos de Safrax dieran con ellos.
Eran doce hombres, todos tervingios, y habían sido enviados allí por su caudillo, Atanarico, al que llamaban juez.
Se los veía incómodos entre la muchedumbre; no en vano, aquéllas eran sus tierras, y en ese momento, a su pesar, se veían obligados a compartirlas con un montón de desconocidos.
Ni a Safrax ni a ninguno de los suyos se les escapaba que haber ocupado aquellos territorios podría suponer problemas con los tervingios.
Por eso, el joven alano había insistido en tener a Hilduara a su lado; al fin y al cabo, tanto greutungos como tervingios eran godos, y tal vez ella ayudara a que pudieran entenderse más rápidamente.
Los emisarios fueron escoltados por Akkal.
Safrax los estudió con interés. Aun desarmados, quedaba claro que eran guerreros.
Lucían los cabellos largos, llamativas joyas y ropas de buena calidad, mucho más coloridas que las que acostumbraban a usar los alanos.
Pese a las tiranteces y escaramuzas habituales con los romanos, no era menos cierto que la posición de privilegio de aquella tribu ponía a su disposición artículos que no estaban al alcance de los que vivían más hacia el este.
El contacto con Roma los había vuelto, en cierto modo, más refinados, y más débiles a ojos de Safrax.
–Así que tú eres Safrax –saludó uno de los tervingios, sin poder esconder su sorpresa por la juventud del alano.
–Lo soy. ¿A quién me dirijo?
–Gundebaldo, hijo de Liuva. Enviado de Atanarico, juez de los godos tervingios.
Safrax frunció el ceño, pero le hizo una seña para que se sentara. Lo contempló con detenimiento: se trataba de un hombre de mediana edad, sin duda curtido en muchos combates, pero que, como la mayoría de los suyos, nunca se había enfrentado antes a la amenaza que llegaba desde naciente.
–Os agradecemos vuestra gentileza por habernos permitido acampar en esta zona durante unos días –comenzó Safrax, tratando de aparentar mansedumbre, pues era lo que Hilduara le había aconsejado para ganarse la confianza de los embajadores.
Gundebaldo asintió, sin dejar de recorrer el escenario con ojos nerviosos.
–Todos tenemos un enemigo común –contestó con un tono acorde de amabilidad–.
Si antes fueron nuestros hermanos greutungos –dirigió una leve inclinación de cabeza a Hilduara, reconociéndola como una de ellos– los que se enfrentaron a ellos, en breve seremos nosotros quienes sufriremos su ataque, pues nos han llegado noticias de que avanzan hacia el oeste...
Y vuestra presencia aquí no hace más que confirmarlas.
–No se detendrán hasta que no quede frente a ellos un palmo de tierra más que arrasar –afirmó Safrax con dureza, buscando con la mirada al viejo Zandipo.
El santón, si bien mantenía una expresión ausente, se estremeció ante sus palabras.
Su oscuro sayo, descosido en múltiples lugares, estaba salpicado de huesecillos que devolvían un brillo extraño bajo la luz de la mañana y que tintinearon cuando sacudió su cuerpo enjuto.
Safrax, con Goar en el pensamiento, se repitió las palabras que ambos habían escuchado decir a Zandipo tantas veces.