Capítulo VII
CAPÍTULO VII
Dos semanas más tarde, poco quedaba en Safrax del joven que era antes de la primavera.
Amage corrió a estrecharlo entre sus brazos, sin importarle la terrible visión del macabro botín que cargaban las monturas de refresco: cabezas repletas de mugre, sangre seca y enjambres de moscas zumbando alrededor.
–Safrax, hijo...
El joven sintió aquellas simples palabras, aquel abrazo, como un encantamiento capaz de lograr que algo cambiara en su interior.
Al momento sintió algo que por fin no era furia; esa furia que lo había llevado a olvidar toda razón y a adentrarse en el territorio de los greutungos para perseguir y desbaratar cada una de las partidas hunas que se habían ido encontrando en el camino.
Había marchado con poco menos de cuarenta hombres, pero aquel día, ya en tierras tervingias, eran diez veces más, entre alanos y godos.
Muchos eran supervivientes de las dos últimas batallas que habían asolado la región: la resistencia de Vitimero y la encabezada por Beuca y Attax.
A otros los habían encontrado tratando de huir de aquellos lugares que hasta poco antes habían sido suyos.
Y nadie, de entre los que conformaban aquel pequeño ejército, había cuestionado la autoridad de un muchacho que no había cumplido todavía los dieciocho inviernos.
Su tiempo comenzaba, había dicho Attax, y tiempo era de lo que apenas disponía, pensaba Safrax.
Se sentía ajeno a todo aquello, como si estuviera viviendo un sueño en el que las esperanzas se difuminaban y lo único que podían hacer era avanzar, sin preocuparse por el destino.
El joven alano hizo una seña a Hermerico y a Akkal, que se habían convertido en sus lugartenientes de forma tácita.
Los dejó a cargo del campamento y, rodeando con el brazo a su abuela por los hombros, se alejó con ella entre la multitud que empezaba a acumularse con la esperanza de descubrir rostros familiares entre los recién llegados.
Esquivando a los curiosos, se detuvieron al llegar junto a las fogatas, a cuyo alrededor se amontonaban las pertenencias de aquellos que habían partido junto a Tasio y Amage.
El rostro de Safrax reflejaba una serenidad y una tristeza nuevas en él, muy distintas de las de aquel muchacho jovial y de sonrisa fácil que ya sólo habitaba en sus recuerdos.
Tenía la piel y la armadura manchadas de sangre y barro, pero era en su expresión donde se reflejaban las heridas más profundas.
Sus armas descansaban en las fundas, pero las llevaba encima aún; no las había dejado junto a su montura, ni siquiera allí, entre los suyos.
Amage lo miró con cierta amargura. Era una visión terrible, pero también atrayente, como si la estampa salvaje que ofrecía su nieto ahora fuera la representación del mismo dios de la guerra despertando en su interior.
–Safrax, he rezado tanto por tu regreso –dijo por fin.
La mirada del joven estaba fija en una figura que emergía entre los árboles raquíticos que marcaban el final del improvisado campamento.
Aun así, aquellas palabras resonaron en su cabeza.
Era extraño volver a oír una voz tan dulce tras tantos días de escuchar sólo los gritos de los caídos y el entrechocar de las armas.
Todavía, si cerraba los ojos, creía oírlos.
Hombres, mujeres, ancianos. El filo de la espada de Safrax se había cobrado la vida de decenas de enemigos, sin importarle su condición.
Ahora Amage le removía la conciencia, recordándole las atrocidades cometidas en el campo de batalla.
No se sentía orgulloso de ello, pero lo volvería a hacer.
Su vida y las de los que le quedaban en el mundo dependían de ello.
–¿Y quiénes son todos esos hombres que te siguen? ¡Has regresado con un verdadero ejército! –le preguntó su abuela.
Pero Safrax continuaba con la mirada fija en el frente, observando a Hilduara, que se acercaba con el pequeño Tulga en brazos.
–¿Safrax? –insistió Amage, y sólo entonces el muchacho desvió los ojos de la goda hacia su abuela.
Llevaba días pensando en cómo abordarla una vez se reunieran.
Tal vez por ello había retrasado tanto el momento de volver.
No habían encontrado el cuerpo de Beuca, pero otros alanos que habían estado presentes en la batalla habían confirmado las palabras de Attax.
Y él no deseaba ser el portador de las malas nuevas.
–Abuela, yo también he orado y he vertido la sangre de los enemigos de nuestro pueblo sobre la hoja de la espada del más grande guerrero para hacer mi sacrificio grato a sus ojos.
Y ha surtido efecto, pues he reunido a centenares de hombres a mi lado.
–La tomó por los hombros y la miró a los ojos–.
Ellos nos permitirán vengar la muerte de Beuca.
Amage abrió desmesuradamente los ojos, y Safrax sintió que se estremecía bajo su contacto, como si le fallaran las fuerzas repentinamente.
La envolvió entre sus brazos, y el aire se volvió espeso a su alrededor.
Beuca había sido su compañero inseparable durante más de treinta años.
Todo lo habían compartido: las alegrías y las penas, los buenos momentos y las pérdidas, el adiós a sus hijos y a su tierra.
Nada había logrado separarlos, salvo la misma muerte.
Como buen guerrero, Beuca jamás había rehuido la lucha, y, pese a que Amage sabía que su destino era caer en el campo de batalla, nunca pensó que fuera a ser en la siguiente.
La fuerza pareció volver al cuerpo de la mujer, que, asintiendo con la cabeza, se separó de su nieto. El gesto adusto, los ojos secos.
–Abuela, tenemos que...
–No, Safrax, basta por hoy –lo interrumpió ella–. Mañana seguiremos hablando. Ahora ve a descansar. Todos lo necesitamos.
–¿A dónde irás tú?
–Al bosque, a orar. Debo despedirme de Beuca.
Él la tomó de la muñeca para evitar que se marchara.
Tanta frialdad le resultaba desconcertante; había esperado que se quebrara y que sus lágrimas sirvieran para que las suyas propias acudieran a su rescate, y así llorar juntos la pérdida de Beuca.
Había escuchado decir muchas veces a Amage que sólo pedía a los dioses partir antes que su esposo, pues no deseaba continuar adelante sin él.
Quizá no sólo él había cambiado en los últimos tiempos.
–Te prohíbo que vayas sola –dijo, pero la mirada fulminante de la anciana hizo que se arrepintiera al momento–. Me refiero... Hablaré con Aleda, ella te acompañará. Ya es hora de que aprenda a honrar a nuestros muertos. No tienes por qué pasar por esto tú sola.
Amage se desembarazó de las manos de su nieto, deseosa de darle la espalda antes de romper a llorar, y se apresuró hacia el bosque sin mirar atrás.
No disponía de mucho tiempo hasta que su nieta mayor la siguiera, así que apretó el paso.
Sintió el frío del metal en su costado y acarició el cuchillo que guardaba bajo el sayo.
Si se apuraba, Aleda llegaría demasiado tarde, cuando el pasaje para reencontrarse con Beuca ya hubiera sido aceptado y no tuviera vuelta atrás.
Hermosa, dulce Aleda. Pensó también en su otra nieta, Caina, que a sus trece años estaba a punto de convertirse en mujer.
Los había criado fuertes, sanos, temerosos de los dioses. Estarían bien sin ella.
Apartó los arbustos de hojas coriáceas y echó una última mirada sobre el hombro.
Hilduara caminaba hacia Safrax con Tulga en brazos; pero otras dos ligeras figuras femeninas seguían sus pasos, y no podían ser otras que sus hermanas.
Amage, consciente de que el tiempo se le agotaba, se remangó las faldas y echó a correr.
Cuando llegó junto a los árboles de mayor tamaño jadeaba por el esfuerzo, lo que le recordó que ya no era una muchacha.
Tanteó el puñal, pero, alterada como estaba, el mango se enganchó en la tela y la hoja, escapándose de entre sus dedos, cayó al suelo con un tintineo metálico.
Ahogando un reniego, lo recogió. Comprobó el filo, acariciándose con él la palma de su mano.
Al instante, el metal se tiñó de rojo. Amage suspiró.
Todo estaba dispuesto. Hundió el puñal en la tierra para formular una última oración.
Por su mente pasaron los rostros de aquellos a quienes dejaba atrás: sus nietos, sus parientes, los amigos a los que apreciaba, hasta que la imagen de Goar se quedó flotando frente a ella, negándose a disolverse. ¿Dónde estaría su pequeño?
–¡Abuela! ¡Abuela! ¿Dónde estás?
Amage inclinó la cabeza, vencida, y escondió el puñal. No, no podía marcharse aún, no sin volverlo a ver, sin saber que la perdonaba por permitir que Beuca lo hubiera alejado de ellos en aras del bien de todos.
A un centenar de pasos de allí, Safrax miraba a su hermana, que corría tras Amage llamándola en voz alta. Sólo cuando la perdió de vista se volvió hacia Hilduara, que parecía evaluar su rostro como si no lo reconociera. Safrax, sin embargo, no se extrañó; a él mismo le costaba a esas alturas.
–Me alegro de que alcanzarais las tierras de los tervingios sin mayores problemas –le dijo–. ¿Cómo está Tulga? –preguntó, señalando al pequeño.
–Todo lo bien que puede estar –respondió ella secamente–. Has reunido a muchos hombres. Godos, en su mayoría.
Safrax no se había detenido a contarlos.
Todos habían luchado como compañeros, independientemente de su origen.
Tenían un enemigo común y también el mismo acicate: la desesperación.
A él le traía sin cuidado dónde habían nacido quienes lo seguían.
Y su único pensamiento, de tanto en tanto, era que ojalá hubiera habido alguien a quien él pudiera seguir.
Pero parecía que sólo él, espoleado por la muerte de Beuca, había encontrado fuerzas para congregar a los hombres a su alrededor.
Los ojos color miel de Hilduara estaban clavados en él. Bajó entonces la mirada hacia el mentón, cubierto por una tupida barba albina.