La frontera de piedra Capítulo VI #4
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Capítulo VI #4

Soltó la espada y se dejó caer. Al instante, su cabeza reposó al fin sobre la tierra embarrada.

Aquellas palabras quemaron a Safrax en el pecho. «¿Mi tiempo? ¡No soy nadie! ¿Cómo voy a cargar con esta responsabilidad sobre mis hombros, cómo emprender una empresa en la que mis mayores, mil veces mejores que yo, se han dejado la vida?», se dijo.

–Pero... mi señor –insistió.

Mas para entonces Alba ya había partido, llevando sobre su lomo el alma de su dueño. El pecho de Attax dejó de subir y bajar, y su vida se apagó para siempre.

Un extraño silencio se apoderó del campo de batalla.

Las palabras de Attax se abrían paso, por fin, en su conciencia.

Su abuelo había muerto. Aquel al que había creído invencible, incluso frente a los estragos del tiempo, se había marchado, y su mundo se derrumbaba.

Repentinamente, una furia desconocida lo invadió, y golpeó el terreno ensangrentado con los puños hasta que la sangre le manchó los nudillos.

Miró entonces el rostro pálido de Attax.

La muerte había cincelado en sus facciones un rictus extraño, entre melancólico y sereno.

La idea de que aquel guerrero, legendario entre los suyos, hubiera caído, le resultaba difícil de asimilar.

El amigo inseparable de su padre en su juventud, el único vínculo que le quedaba con él, se había quebrado también.

Él era lo que restaba de su familia, de su sangre.

El legado que le dejaba se le antojaba un peso insoportable.

Pero Safrax supo en ese mismo momento que no había otra alternativa que tomarlo y continuar.

Cerró los ojos de Attax y se puso en pie. Dejó la espada del héroe clavada en la tierra, como una última plegaria muda elevada a sus dioses.

–Safrax, tenemos que regresar cuanto antes. –La voz de Akkal sonó apagada a su lado–. No sabemos si hay más hunos en los alrededores, y para nuestra desgracia ya sabemos lo que habíamos venido a averiguar.

El joven asintió. Para su sorpresa, el veterano alano parecía continuar aguardando que fuera él quien los guiara, a pesar de ser el más inexperto de todos. El peso de llevar la sangre de Beuca recaía sobre su espalda, aunque en esos momentos era él quien en verdad necesitaba un guía.

Dirigió una última mirada a Attax. Con un suspiro, rezó a los dioses para que su alma pudiera reunirse con la de Respendial, para retomar aquella amistad que la decisión de su padre había quebrado tiempo atrás.

Roto. Así se sentía. La ambición que despertaban las riquezas de Roma lo había apartado de su padre, y la amenaza de Oriente le había arrebatado a su abuelo.

Sí, Akkal estaba en lo cierto: tenía que regresar y llevar a su abuela y a sus hermanas hacia el sur; ponerlas a salvo, si es que aquello era posible.

Eso era lo que debía hacerse, lo que Attax le había transmitido y lo que su abuelo deseaba.

Sin embargo, no era lo que él haría, pues eso suponía rendirse y aceptar la derrota.

–Los hombres se impacientan. Deberíamos ponernos en marcha. –Hermerico secundó las palabras de Akkal. Sin embargo, él tampoco se movió, aguardando su reacción. Sus órdenes.

Safrax apretó los puños.

–Han demostrado que son buenos guerreros. ¿Cuántos hemos perdido?

Hermerico recorrió la escena con la mirada antes de responder:

–Ocho muertos y cuatro heridos, que probablemente se repondrán en unos días.

–Y se han sumado a nosotros cerca de cuarenta hombres –aportó Akkal, satisfecho.

Safrax asintió. Con tal número de hombres, no era necesario elegir.

Podían dividirse, enviar a unos cuantos para escoltar a los suyos en su camino y designar a otros para adentrarse en el territorio hacia el este en busca de enemigos, como sus instintos más oscuros demandaban.

Devolver el golpe, cortar cabezas hunas hasta que el dolor que quemaba su pecho remitiera.

–Ambos estáis en lo cierto. Ha llegado el momento de que los heridos, con una docena de hombres, marchen hacia el sur en busca de nuestras familias. Que no se detengan hasta que se encuentren a salvo entre los tervingios.

–¿Sólo una docena? ¿Y el resto? –preguntó Hermerico.

–Os dije que greutungos y alanos merecíamos una última oportunidad.

Hemos llegado tarde en el caso de Attax, y en el de mi abuelo, pero hay muchos más ahí fuera que dependen de nosotros.

Dos días, tan sólo dos días más. Es cuanto os pido.

Cortad las sucias cabezas de esas bestias y cargadlas en los caballos de refresco.

Los perseguiremos, y reuniremos a más supervivientes.

Os prometo que no nos arriesgaremos sin motivo, pues nuestro pueblo, nuestras familias, nos necesitan con vida; pero al menos acabaremos con los hunos que se hayan confiado en exceso y liberaremos a algunos hermanos más.

–Se acercó hasta donde estaba la espada de Attax y posó ambas manos en la empuñadura–.

Yo lo juro por la hoja de esta espada. Ahora, jurad vosotros también o marchad hacia el sur con los heridos. La decisión es vuestra.