La frontera de piedra Capítulo VI #3
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Capítulo VI #3

La lucha se intensificaba a su alrededor, pues los alanos parecieron recuperar cierto brío con la aparición de refuerzos.

Safrax llegó junto a aquel que había mantenido a raya a más de una decena de hunos justo en el momento en que su montura se desmoronaba, herida de muerte; el guerrero, arrastrado en la caída, logró liberarse a duras penas y trató de incorporarse apoyándose en su espada.

Su armadura y el no portar escudo lo identificaban como uno de aquellos que, como su abuelo, debía de haber comenzado la lucha armado con un largo contus .

Todavía eran tres los hunos que atacaban al individuo.

Uno se abalanzó contra Safrax, mientras que los otros dos continuaron acosando al cada vez más debilitado jinete.

Aquélla fue la primera ocasión en que Safrax midió su espada con la de uno de aquellos extranjeros.

El huno era ágil, pero, estando tan cerca, el alano tenía ventaja por su espada de caballería, larga, de doble filo, también capaz de hincarse en el vientre del enemigo.

Con tanto ímpetu la insertó que tuvo que apoyar el pie en el pecho del cadáver para extraerla.

En ese mismo instante, otro enemigo caía sin vida sobre la hierba rala teñida de carmesí, y el único adversario que aún sobrevivía, viéndose superado en número, decidió poner tierra de por medio.

Safrax, sintiendo una mezcla de alivio y excitación, lo siguió unos pasos hasta cerciorarse de que no regresaría.

La misma imagen se repetía allá donde posara la vista a su alrededor: los hunos huían mientras greutungos y alanos los perseguían aullando.

Habían conseguido ponerlos en fuga, pero no debían dispersarse sin saber si más hunos recorrían los alrededores.

Así que gritó con toda la fuerza de sus pulmones, hasta que su voz terminó por imponerse a los quejidos de los heridos y a la celebración de los vencedores.

Poco a poco, los jinetes dejaron de perseguir a los fugitivos para reagruparse a su alrededor.

Muchos ojos se dirigieron hacia él, pero nadie osó contradecirlo.

Sus miradas le recordaron de repente a las de los perros de caza: fieras, cegadas por el olor de su presa.

Y, sin embargo, no tardaban en responder a la voz del amo.

Él era, probablemente, el más joven de los que pisaban aquel campo de batalla, pero una suerte de encantamiento parecía haberse apoderado de ellos: de él mismo, que había tomado las riendas de la situación instintivamente, y del resto, que habían obedecido sin dudar.

Abrumado, hizo un rápido recuento. Si antes eran cerca de cuatro decenas, ahora sumaban casi setenta los que celebraban la inesperada victoria.

Safrax sintió el impulso de frotarse los ojos, invadido por una sensación de irrealidad.

Había sido su primer enfrentamiento contra guerreros de verdad –y no frente a cualquiera, sino contra los odiados hunos–, y se habían alzado con la victoria.

Si pocas semanas atrás se había considerado un hombre por haber asaltado unas míseras aldeas, en ese momento se sentía invencible, destinado a convertirse en un guerrero de leyenda, como Beuca o como Attax, el viejo amigo de su padre.

–¡Reunid las monturas y tomad las armas que necesitéis! –gritó, envainando la espada.

El guerrero solitario había caído de rodillas, y su respiración sonaba sibilante y entrecortada.

Lo rodeaba un charco de sangre, pues más de una decena de hunos había encontrado la muerte a sus pies.

Sin embargo, no toda pertenecía a los enemigos de su pueblo: un hilo carmesí manaba lentamente entre las escamas de su armadura.

Como si sólo el metal fuera capaz de contenerla en parte, como si se tratara de un pez herido por el arpón de un pescador.

Safrax le retiró con cuidado el casco. La que había sido una crin de un blanco níveo lucía ahora apelmazada y oscura, manchada de sangre, de barro, de todo a la vez; también el cabello, trenzado, se le pegaba al cráneo por el sudor.

El guerrero ladeó el rostro; sus ojos, verdes y rasgados, destellaron por la sorpresa.

–Safrax. ¿Eres tú? –preguntó–. Muchacho, ¿qué haces aquí? Tu abuelo me dijo que partirías hacia el sur, hacia la tierra de los godos.

El joven apenas fue capaz de reaccionar. Todo a su alrededor pareció detenerse, incluso el viento que acababa de levantarse para azotar la llanura. Un millar de imágenes pasaron por su mente. Aquel gran guerrero, aquel hombre moribundo era Attax. Attax, el invencible.

–Mi señor Attax –acertó a decir, respetuosamente.

Las voces de los hombres volvían a elevarse sobre el campo. Pasada la euforia, se daban cuenta de que la situación continuaba siendo precaria; debían marchar antes de que nuevas patrullas hunas conocieran lo sucedido. Algunos lo miraban directamente, como si esperasen que él dijera o hiciese algo.

Attax, el campeón, el único que le había hablado sin reparos de su padre, el guerrero admirado y respetado por todos, rechinaba los dientes por el dolor, y su rostro se mostraba terriblemente pálido, como si la muerte lo reclamara para sí.

La respiración era superficial, agitada.

La vida lo abandonaba a la misma velocidad a la que su sangre se escurría entre las escamas de su armadura.

–Tienes que irte, muchacho. –Su voz sonó rasposa, tenue.

–Mi señor, ¿dónde está Beuca, mi abuelo? ¿Sabéis algo de él?

Attax intentó hablar, pero el sabor ferruginoso de la sangre le subió a la boca, y las palabras no brotaron de sus labios. Se aferró a la espada, clavada en la tierra, para mantenerse incorporado.

–Mi señor Attax... –insistió el muchacho, desesperado.

El sonido de aquella voz que lo ataba al mundo llegaba al guerrero cada vez más amortiguado.

Attax no sabía si lo que resonaba en sus oídos eran los latidos de su propio corazón o los cascos de su caballo, Alba, que venía a su encuentro para llevarlo hacia donde lo esperaban los suyos.

Tantos guerreros habían muerto ya, tantos buenos hombres...

Generaciones de intrépidos jinetes que habían sido los señores de la tierra entre los dos mares durante siglos.

La tierra que habían perdido. Se habían dejado arrebatar su legado.

¿Lo perdonarían aquellos que lo aguardaban en la otra vida?

–Safrax, eres un buen muchacho –murmuró, alzando la voz sobre el ruido de cascos que retumbaba en su cabeza–.

Ve al sur. Lleva a los tuyos al sur, como Beuca quería.

Tu abuelo luchó hasta el final y tuvo la muerte de un alano, como yo mismo me he ganado.

Nuestro tiempo se acaba, muchacho; pero comienza el tuyo, hijo de Respendial.