Capítulo VI #2
Las miradas de los guerreros greutungos estaban clavadas en él, pero se obligó a ignorarlos.
Safrax abrió y cerró los puños para controlar el impulso de acariciar el puñal que llevaba atado con una correa alrededor del muslo.
Los ojos de la mujer lo miraban fijamente, retadores.
Sin embargo, tras un instante de tensión, dejó escapar un largo suspiro y su rictus pareció relajarse.
Hizo una seña tranquilizadora a los hombres y caminó hacia él.
Conforme se alejaban, sabiéndose vigilado por aquellos guerreros, Safrax apretó los labios en una fina línea, incómodo, y sólo habló cuando estuvo seguro de que nadie podía escucharlos.
–Hilduara, entiendo el dolor por la muerte de tu esposo y el vínculo que te une a tu pueblo, pero esta situación es insostenible.
No puedes seguir atrayendo a más guerreros a tu lado.
¿Es que no lo ves? ¡Casi hemos agotado las reservas de alimentos!
Esto tiene que parar. Pronto tendremos que partir hacia el sur; será un camino duro, y necesitaremos las provisiones. Todas ellas.
Ella no respondió de inmediato. Sacudió la cabeza con gesto irritado, aunque luego perdió la mirada en el suelo.
–Sólo deseo asegurar la supervivencia de Tulga, hijo de Hildibaldo –repuso con voz dulce–. Por eso reclamo la presencia de estos hombres, como miembros de su casa.
–En parte, te entiendo. Sin embargo, cada día que pasas aquí compromete más vuestra situación, pues, aunque te sigan más hombres, la distancia con esos demonios se acorta más y más.
–No habríamos podido llegar a la tierra de los tervingios con sólo dos hombres; al menos, desde luego, no como pretendo. No quiero que nos acojan como si fuéramos unos desgraciados. ¡Deben saber a quiénes reciben!
–¿Y a quiénes reciben? ¿Quién era Hildibaldo, y quién eres tú? ¿Por qué Tulga necesita semejante escolta? ¡No habéis sido claros con nosotros, y tal número de hombres sólo espolea la desconfianza entre los míos!
Hilduara estudió con interés al joven alano.
Era un muchacho a sus ojos, aunque en realidad sólo contara con un año menos que ella misma.
Sin embargo, ella se sentía toda una mujer: había sido la esposa de uno de los hijos de Vitimero, aunque se tratara de un bastardo, y había dado a luz a su primer hijo varón.
Safrax, por su parte, únicamente era un joven carente de experiencia y poder, por más que sus mayores lo hubieran dejado al cargo de mujeres y niños. Aun así, debía bastar.
–Tulga es nieto de Vitimero –explicó, muy atenta a su reacción–. Si los dioses lo permiten, su destino es dirigir a los supervivientes de nuestro pueblo, ahora que se ha quedado sin rey.
El alano dio un respingo ante aquella revelación.
Eso explicaba algunas cosas..., y lo complicaba todo mucho más.
Quiso hablar, pero un relincho lejano y el ruido de cascos que se acercaban acallaron sus palabras.
Pronto las voces de los hombres se alzaron por todo el asentamiento, y Safrax corrió hacia los recién llegados.
Había reconocido a los jinetes desde la distancia: eran tres de los hombres que habían partido junto a su abuelo.
En ese momento, lo único relevante para él eran las noticias que aquellos guerreros portaban.
* * *
–Beuca indicó con claridad que debíamos partir hacia el sur al alba del séptimo día –afirmó Akkal, aunque su voz sonaba menos imperiosa que de costumbre. La preocupación y la incertidumbre se reflejaban en su rostro.
Safrax buscó la mirada de su abuela, pero Amage permanecía con la cabeza baja.
No había pronunciado una sola palabra desde que los jinetes, tras recorrer medio centenar de millas sin detenerse a descansar, les habían transmitido la noticia de la derrota.
Aun extenuados, habían cumplido la palabra dada a Beuca.
El mensaje era escueto: había tenido lugar una gran batalla, en la que las huestes alanas, pese a su bravura, habían sido derrotadas por los hunos.
Los supervivientes se habían dispersado en todas direcciones, y no había noticias concretas sobre lo que le había ocurrido a Beuca.
–Yo iré hacia el este –insistió Safrax.
–Pero... ¿y las mujeres?, ¿y los niños? Tu abuelo te dejó al cargo, Safrax –protestó Tasio.
Ante la falta de guerreros veteranos, también él había sido invitado al cónclave.
–Tú los conducirás hacia el sur, si es que Akkal decide acompañarme. Puedes apoyarte en los godos; así nos serán de utilidad.
–Amage, haz entrar en razón a tu nieto –pidió Akkal–. Yo también deseo saber qué ha pasado con los nuestros, pero no a costa de romper la palabra que le di a tu esposo.
–No romperás tu palabra, pues las mujeres y los niños partirán hacia el sur –replicó Safrax.
En ese instante, la lona de la tienda se abrió para dejar paso a Hilduara y a uno de sus hombres de confianza. La mujer miró desafiante a todos los que se atrevieron a escrutarla y permaneció en pie con los brazos cruzados sobre el pecho hasta que Safrax le dio permiso para hablar.
–Contad con nosotros para partir mañana –anunció con altivez.
–¿Ves, Tasio? Podemos contar con ellos. –Safrax dedicó una ligera sonrisa a la mujer, quiera, agradeciéndoselo con un asentimiento, se acomodó a su lado–. Marcharéis mañana hacia las tierras de los tervingios. Mientras, yo iré al este, en busca de supervivientes, y de respuestas.
Hermerico, que así se llamaba el hombre que estaba junto a Hilduara, y Akkal se estudiaban con desconfianza, como dos viejos canes que intentan decidir si encontrarán en el otro un apoyo o un enemigo. Al escuchar a Safrax, el greutungo se volvió con el ceño fruncido.
–¿Acaso has perdido el juicio? –Fue la voz aguda de Hilduara la que se alzó para convertir en palabras lo que tanto Tasio como Akkal pensaban–. ¡La muerte es lo único que hallarás allí!
–Encontraré a mi abuelo y lo traeré de vuelta, o al menos averiguaré cuál ha sido su destino.
Luego me reuniré con vosotros, si es lo que los dioses quieren.
Pero no voy a marcharme sin más. Aún puede haber muchos de los nuestros vivos, tanto alanos como greutungos, y es mi deber intentar reunirlos mientras exista una posibilidad.
Amage se retorcía las manos, nerviosa. Ella también anhelaba conocer el destino de Beuca, pero a la vez temía perder a su nieto. Un silencio opresivo se impuso sobre ellos, hasta que para sorpresa de todos Hermerico tomó la palabra:
–Hilduara, tú misma has logrado reunir a casi medio centenar de hombres y cuentas con Ubaldo para dirigirlos –expuso, mencionando al guerrero que se había llegado junto a ellos–.
Permite que yo acompañe a este muchacho, pues hay nobleza en sus palabras y le asiste la razón.
Nosotros hemos sido testigos de que aún quedan muchos de los nuestros buscando cómo salvar la vida, y merecen una última oportunidad.
Safrax sentía los latidos de su corazón retumbar con fuerza en sus oídos. Dirigió una mirada de agradecimiento al godo; había encontrado apoyo donde menos lo habría esperado.
–Si ese godo va, yo también iré contigo. Lo siento, Amage, pero Beuca nunca me perdonaría si lo dejara marchar solo –se disculpó Akkal.
–Cuida de mi nieto, y regresad ambos con vida. Es lo único que te pido –respondió ella.
–Safrax... –intervino Tasio con voz dubitativa.
–Tú no, Tasio. Tu cometido es otro: escoltarás a los nuestros hasta su destino, y Ubaldo será tu compañero en esa tarea. –Miró a Hermerico y a Hilduara–. Estamos juntos en esto.
* * *
Los treinta y siete jinetes godos y alanos que comandaba Safrax cabalgaron sin descanso un día entero.
La batalla decisiva había tenido lugar a pocas jornadas de donde se encontraban, y cada paso sin encontrar oposición se traduciría en un mayor margen para sus familias, que, mientras tanto, se encaminaban al suroeste.
Tras unas pocas horas de reposo para las monturas, continuaron sin tardanza, hasta que al día siguiente, cerca del mediodía, se dieron de bruces con la primera escaramuza: poco más de un centenar de hunos contra alanos, estos últimos en clara inferioridad numérica.
Enfrascados en la lucha, nadie pareció reaccionar a su súbita aparición, así que Safrax ordenó a los suyos desplegarse con premura y lanzarse a la refriega.
En medio de la terrible escena que se mostraba ante sus ojos, algo había llamado poderosamente su atención: un guerrero alano se defendía en solitario contra un grupo de enemigos, como un robusto jabalí acosado por una jauría de perros de caza que lo iban debilitando dentellada a dentellada.
Safrax taloneó a su caballo, preparó el arco y comenzó a disparar; en medio centenar de pasos, cuatro hunos cayeron abatidos.
Los seis greutungos que lo seguían se desplegaron en abanico, lanzándose contra quienes acosaban al solitario alano.
Cuando los hunos se percataron, estaban ya tan cerca que los arcos resultaban inútiles; relucieron los aceros, al igual que la rabia en los ojos de los godos, deseosos de devolver el dolor recibido durante las últimas semanas.
Safrax azuzó a su montura contra los enemigos descabalgados, obligándolos a apartarse ante él.
Pero entonces una flecha impactó en el pecho del caballo, escasamente protegido.
La punta atravesó el cuero y la piel, y el animal perdió fuerza casi instantáneamente, obligando a su jinete a saltar sobre la montura de refresco y a cortar la cuerda que mantenía unidos a ambos animales, usando para ello la punta de la flecha que sólo un instante antes se disponía a colocar en su arco.
De inmediato, el alano volvió a tensar el arco y acabó con la vida del siguiente huno en el que se posaron sus ojos.