La frontera de piedra Capítulo VI
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Capítulo VI

CAPÍTULO VI

Pablo abandonó el opulento banquete satisfecho, pues todo había discurrido según lo previsto: su señor, el magister equitum Víctor, y el dux de la provincia de Mesopotamia, Urbicius, habían debatido durante horas con los representantes del emperador Sapor los términos del acuerdo.

El futuro del reino de Armenia, situado entre ambas potencias, se había dirimido entre aquellas cuatro paredes.

Poco después había dado comienzo la celebración, pensada para olvidar las tensiones de la negociación mientras se degustaban los más delicados bocados.

Llegado ese momento, el concurso del alano era innecesario, así que se excusó con su señor y abandonó la sala.

Se sentía agobiado, quizá por el denso humo que ascendía desde las teas y quemadores distribuidos por la sala, o tal vez por el persistente calor de las tierras persas.

Paseó por uno de los jardines, repleto de plantas desconocidas para él, hasta que un sirviente del palacio se ofreció a guiarlo hasta las dependencias que se le habían asignado.

Una vez allí, ya solo, examinó la estancia.

Sin lugar a dudas, los que serían sus aposentos como invitado del emperador persa gozaban de una decoración acorde al lujo imperante en el gran palacio de Ctesifonte.

Adornos, tapices, destellos metálicos a la luz de las lamparillas de aceite y un delicioso aroma a sándalo, procedente de un quemador situado junto al lecho.

Las suaves volutas que éste desprendía ascendían perezosamente hasta el alto techo, perfumando el aire a su alrededor.

Pablo inspiró profundamente, cerró los ojos y trató de relajarse, luchando por dejar atrás la opresión que se le había anclado en su pecho.

Al abrirlos de nuevo, le llamó la atención un mueble bajo de madera pulida donde reposaban una gran fuente dorada repleta de frutas exóticas y una jarra profusamente decorada, llena hasta el borde de vino: las viandas ideales para satisfacer a un embajador romano.

Sin embargo, no se atrevió a comer ni a beber.

Con un suspiro, decidió dejarlos a un lado y se dirigió a la cama.

Se dejó caer pesadamente sobre el colchón, maravillado de su suavidad y firmeza, y se dispuso a descansar.

Le resultaba curioso recordar aquel lejano tiempo de su vida en el que ni siquiera habría sido capaz de imaginar tales lujos, y mucho menos ambicionarlos.

Con los años, los apreciaba, aunque no se había acostumbrado a ellos.

Seguía siendo, ante todo, un guerrero siempre dispuesto para la batalla, presto a sufrir las penalidades propias de una campaña, a pasar días enteros, si hacía falta, a lomos de su montura.

Porque, de algún modo, seguía siendo hijo del pueblo en el que había nacido y merecedor del nombre que sus padres habían elegido para él: Respendial.

Sin apenas ser consciente, un sueño inquieto se apoderó de él.

De repente, se encontró en medio de un campo interminable mecido por el viento del este.

A ese lugar había renunciado, como también a su nombre.

Aguzó el oído, pues le pareció escuchar un zumbido metálico no del todo desconocido, y se dirigió hacia él.

La llanura dio paso a una leve pendiente, que ascendió sin detenerse hasta llegar a la cima de la colina.

Un escalofrío lo recorrió cuando contempló el desolador escenario que se extendía a sus pies.

Allí parecía haber sucedido una cruenta batalla.

Los cadáveres cubrían la tierra por doquier: miles de cuerpos de hombres y caballos, miles de flechas de oscuros astiles clavadas en ellos y en la hierba, sus plumas negras agitadas por el viento como si fueran las espigas de un macabro campo de cereal.

Cerró los ojos para intentar evadirse de la terrible escena, pero un coro de gemidos lastimeros lo martilléo en los oídos.

El sonido sólo se amortiguaba si permanecía con la vista fija en el frente, así que eso hizo.

Avanzó sin rumbo, esquivando los cadáveres, cuyos rostros parecían velados, indistinguibles unos de otros, sin rasgos definidos.

El olor a sándalo inicial dio paso rápidamente a la fetidez propia de la guerra, un hedor que él conocía muy bien.

Volvió a escuchar el zumbido que lo había llevado hasta allí, claro ahora, agudo.

Alzó la vista. Entre la maraña de restos que tapizaba el siniestro campo creyó ver un solitario estandarte firmemente enterrado, en la tierra húmeda.

Un dragón de metal. La larga vara sobresalía del suelo; las tiras carmesíes ondeaban al viento.

Y el ruido era agónico como un lamento, sibilante como un estertor.

Extendió el brazo para aferrar el viejo artilugio de metal.

Lo sintió frío al tacto, tan frío que le quemaba la piel, y retiró la mano con brusquedad.

Entonces, el dragón cayó al suelo y quedó en silencio, su voz apagada para siempre.

Se agachó, ignorando todo lo demás, embargado por una insoportable melancolía.

Pues aquel viejo dragón no era el de las unidades de caballería del Imperio, sino aquel otro que él había idolatrado en su infancia: el dragón de su tribu, el dragón de Beuca.

Lo recogió con veneración y trató de plantarlo de nuevo en la tierra, para que se alzara para siempre, tan orgulloso como recordaba; pero, al ver al guerrero que yacía en el suelo, se quedó paralizado otra vez.

No llevaba yelmo; las facciones eran duras; las mejillas, huesudas, y los ojos azules, ligeramente rasgados, contemplaban el cielo con la mirada vacía de los que ya nada ven, de los que se han enfrentado a la muerte y se han rendido a ella.

Beuca. Su padre. Aquel del que se había despedido para siempre doce años atrás.

En ese instante, la mano con la que sostenía el estandarte empezó a temblar, y el metal se calentó progresivamente, hasta tornarse rojizo.

Pablo aulló de dolor, pero se obligó a sujetar con firmeza la enseña de los suyos.

No la dejaría caer. No volvería a caer si era su mano la que la sostenía.

–Viejo amigo, ¿estás bien?

Pablo se incorporó de golpe. Sentado en la cama, Víctor lo escrutaba con preocupación.

–¿Pablo? –insistió, al darse cuenta de que continuaba desorientado.

Éste se miró con fijeza la palma de la mano izquierda, la que había sujetado el estandarte. No había en ella marca alguna de la quemadura que aún parecía percibir. La piel estaba intacta.

–Te escuché gritar en sueños. Sólo ha sido una pesadilla –aseguró Víctor, buscando tranquilizarlo.

Pablo lo miró con desconsuelo. Las marcas habían desaparecido, y él se sentía incapaz de recordar con detalle el estandarte que tan claramente había creído ver.

Sólo había sido un sueño, un engaño de su mente, y ya había quedado atrás.

Inspiró profundamente antes de volver la mirada hacia el rostro preocupado de su compañero de armas.

–Sólo ha sido una pesadilla –repitió, casi para sí mismo–. Ha debido de ser por este maldito calor –afirmó después, recuperando la firmeza en su voz.

Víctor asintió, más tranquilo, y palmeó el hombro de su viejo amigo.

Él también estaba cansado y harto de aquel calor.

Por suerte, la misión podía darse por concluida, y en poco tiempo marcharían de regreso a la frontera.

A casa; si es que tipos como él, o como Pablo, podían llamar así a algún lugar.

La próxima vez que tomaran el camino hacia la tierra de los dos ríos, si no se equivocaba, lo haría seguido de un ejército, con Valente al frente.

* * *

Mayo del 375. En algún lugar de la estepa

Hildibaldo murió al día siguiente de la marcha de Beuca.

Siguiendo las indicaciones de su esposa, fue incinerado junto con sus escasas pertenencias, recuerdo de la posición de la que había disfrutado entre los suyos.

Ardió durante horas, y los hombres que lo habían acompañado alimentaron pacientemente la hoguera.

Hilduara había contemplado la pira durante largo rato, con su hijo en brazos y los ojos secos.

Safrax la observó desde la distancia. El último adiós de su esposo debía de resultar muy duro para ella, tan joven y frágil, y, sin embargo, apenas había habido llanto, ni angustia.

Firme y serena, cuando los últimos rescoldos se apagaron, ordenó a los dos guerreros que habían permanecido junto a ella que partieran raudos, pero no hacia el sur, sino al norte y al este, en busca de supervivientes a los que reunir a su lado.

Como respuesta a su llamamiento, decenas de guerreros godos con sus familias se habían presentado en el asentamiento de Beuca; un puñado cada día, como barcas atraídas por la menguante luz de un faro que ilumina la costa frente al mar embravecido.

Para Safrax y la decena de hombres que habían quedado en el poblado, la situación había resultado algo violenta, pues pronto se vieron superados en número por aquellos extranjeros.

A pesar de que los godos se mostraban amistosos, y de que muchos de ellos todavía parecían perdidos y atemorizados, la tensión era palpable, y los alanos, portando sus armas en todo momento, hacían turnos para vigilar no sólo a quienes pudieran rondar en las cercanías, sino incluso a los que habían buscado refugio junto a ellos.

Siete días después, los guerreros no habían regresado, y Safrax sólo podía pensar que había llegado el momento señalado por Beuca para que marcharan hacia el sur sin mirar atrás. Pero él no se sentía capaz de hacerlo, ni tampoco Amage.

Se encaminó al lugar donde acampaban los greutungos.

La mayor parte estaban reunidos alrededor de dos grandes fogatas, mientras que Hilduara, en pie, parecía arengarlos en su lengua.

Los primeros que repararon en su presencia alertaron a la mujer, que guardó silencio y le sostuvo la mirada con gesto orgulloso.

–Necesito hablar contigo, Hilduara –la abordó Safrax, indicándole con un gesto que lo siguiera.