La frontera de piedra Capítulo V #3
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Capítulo V #3

El ruido comenzaba a resultar ensordecedor.

Beuca cerró los ojos con fuerza, intentando concentrarse en aquel instante, tal vez el último que compartiría con los dioses.

Trató de discernir entre tanto estrépito una señal de que sus oraciones eran escuchadas, de que había sido perdonado al fin por un pecado que no recordaba haber cometido.

Sin embargo, a sus oídos sólo llegaban los gritos y los relinchos de los caballos.

Definitivamente, los dioses le habían dado la espalda.

Dolido y a la vez resignado, se resistió un momento a ponerse en pie, aunque a su lado ya se escuchaba el tintineo inconfundible de sus compañeros incorporándose.

Uno de los últimos fue el propio Attax. Sin apenas esfuerzo se hizo nuevamente con su espada y lanzó un rugido, al tiempo que señalaba con la hoja al ejército enemigo.

Al momento siguiente, volvían a montar. Quienes iban a luchar con los arcos comenzaron a desplegarse, separándose para no ofrecer un frente compacto a las flechas enemigas.

La respuesta de los adversarios no se hizo esperar, y quienes formaban en las alas comenzaron a desgajarse igualmente del frente.

Attax llevó su montura junto a la de Beuca, y rápidamente los hombres hicieron sitio a su campeón.

–Parece que hoy no habrá parlamento alguno –anunció Attax, sin desviar la mirada de los jinetes enemigos que abandonaban el centro.

Beuca hizo una mueca. «Casi mejor», pensó. Que todo aquello empezara cuanto antes, antes de que la cercanía de la muerte lo hiciera flaquear.

–¿Qué disposiciones has tomado para los tuyos? –preguntó Attax.

–Siguen al oeste. En pocos días se dirigirán hacia las tierras de los tervingios.

Attax asintió, tomó el yelmo y se lo caló en la cabeza. Lo movió hasta que lo sintió encajado, el protector para la nariz bien colocado y las carrilleras sobre la quijada. Entonces se volvió hacia el veterano y, al hacerlo, la protección de malla emitió un centenar de notas agudas.

–Escuché que habías engendrado dos nuevos cachorros –continuó Beuca–. Me alegro por ti.

Attax pensó en sus retoños, de uno y dos años y medio.

Había perdido un hijo tiempo atrás, y había concebido a éstos cuando tanto él como su esposa ya habían perdido la esperanza de ser bendecidos con más descendencia.

Le dolía pensar en no volver a verlos, pero la idea de que ellos fueran demasiado pequeños como para extrañarlo le resultaba en cierto modo reconfortante.

–Los he enviado lejos, al noroeste. No me fío de los godos.

–¿Al noroeste? –preguntó Beuca, sorprendido.

–Sí. Desde allí a la frontera de piedra hay muchísima más distancia que desde donde habitan los tervingios. Con suerte encontrarán a algunas de nuestras tribus, y pasarán años antes de que estos hijos de perra los empujen de nuevo hacia ella.

Beuca asintió. No era el único que sentía que su pueblo estaba al borde de la desaparición.

Las alas hunas se habían detenido a poco más de una milla de distancia de la colina.

En cuanto recorrieran las dos terceras partes de aquel trecho, la mortal descarga de flechas comenzaría a oscurecer el cielo.

Sólo tenían una posibilidad: que sus arqueros absorbieran la mayor parte de aquella lluvia de madera y metal, mientras la carga suicida de la caballería pesada avanzaba al galope hacia el centro enemigo sin perder ni un ápice de impulso.

Porque eran alanos, y nadie manejaba el contus como ellos.

A una señal de Beuca, uno de los siervos le entregó la lanza.

Retorció las manos sobre el astil, flexionó el brazo y comprobó el equilibrio del arma.

Aquello fue suficiente para tranquilizarlo.

Todo estaba dispuesto. En nada cabalgarían colina abajo, primero al trote, para luego ganar velocidad a medida que llegaban al llano hasta alcanzar el pleno galope, justo antes de golpear el frente huno.

–Ha sido un honor cabalgar a tu lado, noble Beuca. No se me ocurre nadie mejor con quien compartir esta última carga –dijo Attax con voz firme.

El anciano caudillo sintió que la garganta se le cerraba. Asintió, incapaz de articular palabra. Había vivido muchos años, quizá demasiados, y por eso eran también demasiados los rostros que, en esa hora, se aparecían en su mente: Amage, Safrax, Respendial, Leda... y Goar.

Uno de los hombres se destacó entonces en vanguardia exhibiendo las antiguas enseñas de su pueblo.

El viejo caudillo sacudió la cabeza, para despejarse, y concentró la mirada en el dragón, similar a los que las tropas romanas habían comenzado a utilizar tiempo atrás.

Las tiras de color carmesí se movían con el viento, y Beuca creyó escuchar cómo la cabeza de bronce comenzaba a rugir llamando a los suyos a la batalla.

Cerró los ojos y se dejó arrullar por aquel sonido que parecía transportarlo a un lugar distante, en un tiempo más distante aún, cuando él era un joven guerrero en la plenitud de la vida y moraba en la tierra entre los dos mares.

Había llegado el momento que tanto había temido, pero también deseado.