La frontera de piedra Capítulo V #2
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Capítulo V #2

Aquellas palabras se clavaron en el pecho de Amage hasta lacerarle el alma. Contuvo las lágrimas. La fatalidad los había alcanzado y, tal vez, serían testigos del final de su pueblo. Tal vez en verdad llegaba al fin la caída de los señores del mar de hierba.

–Abuelo... –lo que fuera a decir Safrax murió en su garganta tras un imperioso gesto de Beuca.

–¿Qué harás tú? –inquirió Amage, aunque sabía la respuesta.

–Reunir a las tribus. Y luchar.

* * *

Cinco días más tarde, a medio centenar de millas del asentamiento, dos millares de alanos y casi diez mil monturas de batalla aguardaban en formación sobre una suave elevación del terreno.

El sol lucía bien alto en el cielo, cerca de su cenit, y su luz reverberaba en las escamas de metal en la vanguardia de la formación.

Beuca había conseguido reunir a muchos guerreros en los últimos días. Ninguno había querido doblegarse, negándose a convertirse en marionetas que bailaran al antojo de sus nuevos dueños. De igual modo a cuando habían tenido que partir hacia el oeste, no lo habían considerado una opción.

Aun así, conformaban un ejército pequeño, todos ellos jinetes.

La mayoría lucharía con los arcos y las espadas, sin más protección que el cuero o la tela de los ropajes, confiando sobre todo en su movilidad.

De entre ellos, poco más de medio millar, entre los que se encontraba Beuca, lo harían a la vieja usanza.

Cuando llegara el momento, se lanzarían en tromba hacia el corazón de la formación enemiga, en forma de la afilada moharra de una lanza, buscando atravesar las líneas y decidir el combate antes de que el número y la pericia de los arqueros hunos desangraran sus alas.

Era una estrategia tan simple como desesperada, pero era su única oportunidad.

El ejército enemigo había acabado con los poderosos greutungos hasta casi reducirlos al exterminio, así que su número sería, en todo caso, siempre mucho mayor al suyo.

El viejo alano vestía armadura completa, como los jefes y los séquitos de aquellos que los seguían: metal desde el cuello hasta las muñecas, con un faldellín que le caía hasta las rodillas.

También las monturas iban protegidas en los costados y en el pecho contra la lluvia de proyectiles que pronto surcaría el aire hacia ellos.

Aquello debería haber sido suficiente para evitar las flechas, pero por desgracia no frente a los que ocupaban el otro extremo del campo de batalla.

Llevaba el arco encordado a la espalda, pero fiaba su suerte y la de la batalla a su pericia con la lanza larga, que los jinetes alanos manejaban con maestría desde hacía generaciones.

Se trataba de un arma pesada para la que se precisaban ambas manos.

Algunos incluso hacían uso de un correaje para aliviar el peso; no así Beuca, pese a que hacía muchos años que había dejado de ser el más temible de los guerreros.

Cuando el sol llegó a su punto más alto, comenzaron a vislumbrarse los contornos de la horda enemiga más allá del bosque.

El caballo situado junto a Beuca emitió un relincho, nervioso; su jinete pasó la mano derecha por el hocico del animal y le susurró algo en la oreja, con la esperanza de calmarlo.

Llevaba años de entrenamiento conseguir buenas monturas para la batalla, tan leales en el combate como el mejor de los compañeros.

Pero aquélla era joven y temperamental, y nunca había tomado parte en una lucha similar.

Por primera vez desde hacía días, Beuca pensó en su nieto más joven, Goar.

Un año antes, al separarse, le había asegurado que con su decisión le estaba salvando la vida.

Sin embargo, nunca hubiera imaginado que aquellas palabras cobrarían sentido tan pronto.

Beuca movió la cabeza con pesar. Por un lado, lo amaba, como también había amado a su hija.

Era un buen muchacho y muy habilidoso; un jinete excelente que había demostrado tanta tenacidad como valor cuando la situación lo había requerido.

Se enorgullecía de él, y, no en balde, su sangre corría por sus venas.

Por eso una parte de sí había querido conservarlo a su lado, mientras la otra se alegraba de perder de vista el recordatorio constante de la traición de Leda, por quien la profecía de aquel maldito hechicero huno se había convertido en realidad.

Su estirpe se había debilitado, estaba condenada al olvido.

«No, el muchacho no es un alano; no es uno de los míos», se recordó.

Un murmullo comenzó a elevarse entre las filas.

Beuca olvidó sus cavilaciones y miró hacia la izquierda.

Attax avanzaba hacia él sobre una montura blanca como la nieve; desmontó al llegar a su lado, apisonó la hierba que llevaba semanas luchando por aferrarse a la tierra y, cuando quedó satisfecho, sacó la espada de la vaina.

La elevó ceremoniosamente hacia el cielo, cerrando los ojos para no quedar cegado por la luz del sol, y luego la clavó en la tierra con un golpe seco.

Cerca de un tercio de la hoja quedó aprisionado, mientras que la parte superior vibraba ligeramente.

Algunos de los hombres comenzaron a vitorear al recién llegado, el gran caudillo al que todos admiraban, y poco tardaron los quinientos jinetes que lo secundaban en imitarlo y desmontar.

Beuca asintió y, aunque ya no poseía la agilidad propia de la juventud, de aquellos guerreros en la plenitud de su vida que lo rodeaban, desmontó de un salto y clavó también su espada.

El sonido del metal al abrirse paso entre las pequeñas piedras se elevó como un quejido de la tierra al recibir el arma en sus entrañas.

Attax le sonrió, y Beuca hizo lo propio, aunque sólo encontraba un motivo para hacerlo: la posibilidad de escapar a la ignominia que supondría morir en el lecho.

Se dejarían la vida allí, en el campo de batalla, y, si los dioses decidían que la conservaran, sólo sería para arriesgarla de nuevo en la siguiente contienda.

Así era y así debía ser. No existía otra posibilidad ni mayor dicha que honrar los ideales de sus ancestros.

A ojos de Beuca, Attax era un buen hombre y un excelente guerrero.

Había sido el mejor amigo de su hijo, Respendial, antes de que éste los abandonara para siempre, cegado por la sed de riquezas y las promesas del sur.

A su recuerdo, el corazón de Beuca se encogió, como si la primera flecha enemiga se hubiera clavado en su pecho antes de tiempo.

Si el mundo fuera un lugar digno de habitarse, las cosas serían diferentes.

Deseó que hubiera sido su hijo quien lo acompañara en aquel momento decisivo; sin embargo, nada se podía ya cambiar, y Attax sería un digno compañero de batalla.

Conocido y admirado por los alanos cuyas tierras se extendían entre greutungos y tervingios, por edad podía haber sido su hijo, pero llevaba tantos años luchando que Beuca lo consideraba uno de los suyos, de aquellos de los que cada vez quedaban menos en pie, como los grandes y solitarios árboles que se encontraban en la gran pradera.

Un buen hombre con el que compartir la última carga.

Attax, como hasta el más humilde de los alanos antes de una batalla, se había trenzado el cabello oscuro con esmero.

Su yelmo, bajo el que caían una miríada de anillas de metal por la nuca y el cuello, descansaba sobre el lomo de su montura.

En cuanto se arrodilló frente a su espada, la mayoría de los hombres imitaron su gesto.

Con los ojos cerrados, inclinaron la cabeza sobre las armas hendidas en la tierra, y permanecieron así un largo instante, mientras las tropas hunas y sus seguidores se situaban al otro lado de la llanura.