Capítulo V
CAPÍTULO V
Había pasado poco más de una luna desde su marcha; sin embargo, mucho habían cambiado las cosas en el asentamiento.
Los habían recibido con doble alegría: la de ver que regresaban indemnes y la de saber que habían obtenido provisiones que alejarían el hambre durante meses.
Safrax sonrió en cuanto distinguió a sus hermanas en la distancia.
Se había ido sabiéndose ya un hombre, pero regresaba como un guerrero digno de cabalgar junto a su abuelo, con el cabello trenzado como tal.
Desmontó de un salto y las abrazó; primero a Aleda, de catorce años, y luego a Caina, de doce.
Le sorprendió la seriedad del rostro de su abuela, pero igualmente se acercó a abrazarla.
Amage le indicó con un gesto, dirigido también a Beuca, que permaneciera en silencio.
Sin más, los condujo hasta la tienda y levantó la piel curtida que cubría la entrada. Debían conocer las nuevas sin tardanza.
En el interior, una mujer joven abrazaba a un bebé de pocos meses mientras le susurraba palabras dulces, y, a pocos pasos, yacía el cuerpo agonizante de un guerrero.
–Amage, ¿qué ocurre? –preguntó Beuca, desconcertado.
–Esto es lo que nos aguarda, esposo –repuso ella con voz grave.
El viejo alano se acercó a examinar con atención al hombre.
Cerca descansaban una espada de aspecto recio y un puñal de estilo similar al que solían usar sus vecinos godos.
Tenía los ojos cerrados y la piel perlada en sudor; pese a los cuidados de las mujeres, que le habían vendado el abdomen, una sombra carmesí traspasaba la tela.
«No han conseguido detener la hemorragia», razonó el alano.
O mucho se equivocaba, o a aquel hombre de tez macilenta no le quedaba mucho tiempo de vida.
Centró entonces su atención en sus brazos; lo que en un primer momento le había parecido suciedad o sangre seca se trataba, sin embargo, de un intrincado tatuaje que lo señalaba como greutungo.
Desvió la vista del moribundo y la posó en la muchacha; se colocó frente a ella y cruzó los brazos sobre el pecho con gesto adusto.
El tintineo de las escamas de metal sobresaltó a la criatura que sostenía.
–¿Quién eres y qué haces aquí? Explícate –exigió con dureza.
Amage podía percibir el miedo de la muchacha.
La entendía; si ella hubiera estado en su situación, también lo sufriría.
Se encontraba sola en medio de desconocidos, el padre de su hijo no tardaría en expirar, y los otros dos guerreros que los habían acompañado se encontraban bajo la vigilancia de los hombres que se habían quedado para proteger el poblado.
Beuca la escrutaba con expresión dura, y aunque Amage sabía que no tenía motivos reales por los que sentirse amenazada, podía llegar a parecerlo.
–Esposo –intervino con voz suave–, llegaron ayer a última hora de la tarde. Eran poco más de una docena, pero la mayoría continuaron su camino hacia el sur. Sólo ellos dos y otros dos hombres permanecen aquí. No han tenido más remedio que quedarse, porque...
–¿Vas a hablar tú o vas a dejar que sea ella quien se explique, mujer? –la interrumpió Beuca de malos modos, sin apartar la vista de la muchacha.
Amage apretó los labios y guardó silencio, consciente de que cualquier protesta lo irritaría más.
–Y bien, ¿quién eres y qué haces aquí? –repitió–. ¿Acaso eres sorda o muda?
Safrax, que hasta ese instante había permanecido junto a la entrada, se acercó a la joven con ademán tranquilizador.
Pese a los ojos acuosos y la nariz congestionada, era hermosa; su cabello era largo y sedoso, y su piel lucía extraordinariamente pálida, muy blanca, como la misma nieve, igual que su propio cabello, pensó el joven, asombrado.
–Tranquila –le susurró al ver que temblaba–. Sólo queremos ayudarte.
El bebé se removió y alargó la mano diminuta hacia Safrax. El joven le tendió la suya, y, para su sorpresa, el chiquitín le agarró el pulgar.
–Me llamo Hilduara –dijo la mujer en voz baja, intentando expresarse en la lengua de los señores del mar de hierba.
–Sois godos, entonces –afirmó Beuca–. ¿Y qué haces tan lejos de los tuyos, mujer?
–Ellos son los míos. No me queda nadie más –afirmó con tristeza, abarcando con un gesto al bebé, que seguía sin soltar a Safrax, y al guerrero moribundo.
–Llegaron ayer, poco antes del anochecer –volvió a hablar Amage, ahora que su esposo parecía más calmado–. Un puñado de hombres y mujeres de la tribu de los greutungos. Ellos se quedaron porque este hombre no estaba en condiciones de seguir.
«Sólo habría podido hacerlo si se hubieran dirigido a la tumba», pensó Beuca, esbozando una leve sonrisa torcida.
–¿Y qué hacéis aquí? ¿Por qué habéis llegado hasta nosotros?
Hilduara sentía una presión en el pecho casi insoportable. El que había sido su esposo los últimos dos años estaba a punto de abandonarla para siempre, dejándola sola y desprotegida. Ni siquiera la fe en sus dioses, que hasta entonces nunca le había fallado, la reconfortaba.
Ocultó el rostro entre las manos y ahogó un sollozo. Beuca volvió a impacientarse, pero Safrax lo contuvo. Por fin, la mujer se recompuso lo suficiente como para volver a hablar.
–Huíamos hacia el sur, pero Hildibaldo no podía..., no podía continuar. –Buscó a Amage con la mirada y le dedicó una leve inclinación de cabeza–. Siempre os estaremos agradecidos por vuestra hospitalidad y cuidados.
–¿Huir de quién? –la interrumpió Beuca, a punto de perder la paciencia.
–De los hunos –aclaró Hilduara tras un leve sobresalto.
–¿Los hunos? –El rostro del caudillo palideció al instante.
Ella apretó los labios con fuerza. Cuando los volvió a abrir, su voz se desbordó como un torrente:
–Los hunos han vuelto a aparecer y destruyen todo cuanto encuentran a su paso.
Tras la muerte de Emenarico, pensamos que se contentarían con permanecer en el este, pero nos equivocamos.
Incendiaron todos los poblados orientales.
Las columnas de humo nos avisaron de que lo se nos venía encima.
Nuestro rey, Vitimero, convocó a sus huestes junto al gran río y trató de contener el avance de esos demonios.
Gracias a su sacrificio, muchos pudieron huir y contar con algunos días de ventaja; sobre todo, mujeres, niños y ancianos, porque fue una masacre más que una batalla.
Esos monstruos ni siquiera respetaron la vida de los que se rindieron.
–Un intenso escalofrío apagó un instante su voz–.
Alentados por sus oscuros hechiceros, se bañaron en la sangre de los caídos, los desollaron para vestirse con sus pieles y aullaron durante horas como lobos de pesadilla.
Hildibaldo consiguió huir, pero estaba gravemente herido cuando nos encontró.
Safrax observaba a la mujer con los ojos muy abiertos, tan asombrado por la narración como encandilado por su belleza, exótica, dramática, atrayente. Se obligó a apartar la mirada; no en vano, era de su marido de quien hablaba, el mismo que agonizaba a sus pies.
–Está bien, muchacha. –En la voz de Beuca se intuían la tensión y el esfuerzo por parecer tranquilo–. Dime, ¿quién ha organizado nuevamente la defensa tras la derrota de Vitimero? –preguntó, sabedor de que el territorio greutungo era lo único que se interponía entre ellos y los odiados hunos.
–¿Defensa? –respondió Hilduara con voz ronca–. No hay defensa. Algunos se sometieron a Balamir, el huno; aquellos que no lo hicieron están muertos o corren en busca del auxilio de nuestros hermanos tervingios.
El alano apretó con fuerza la mandíbula.
Aquello no podía estar sucediendo, no todavía, era lo único que acertaba a pensar, a la vez que recordaba el lejano día en el que aquel hechicero huno le había lanzado la funesta profecía que, desde entonces, como una maldición, rondaba sobre su cabeza.
Había perdido su hogar, también a sus hijos, su semilla se había agostado. El fin estaba cercano.
–¿Cuándo sucedió lo que cuentas?
–Hace tres días que me uní a mi esposo, y seis desde que tuvo lugar la batalla. Desde entonces no hemos dejado de avanzar, hasta ayer, cuando...
El bebé comenzó a llorar con desconsuelo, e Hilduara se abrió el vestido y se lo colocó contra el pecho para calmarlo. Bajó la cabeza, y sendas lágrimas recorrieron sus mejillas.
–Deberías marcharte, mujer. Tu esposo no sobrevivirá otra noche. Lo enterraremos a vuestro modo, si es lo que quieres, pero debes continuar tu camino en pos de los tuyos mientras estés a tiempo. Nada más puedes hacer aquí.
Beuca se pasó la mano por la frente, tratando de asimilar lo que había escuchado.
Los poderosos godos greutungos habían sido aniquilados.
No era la primera ocasión en que uno de sus reyes caía en combate frente a los hunos, pero, si lo que la muchacha contaba era cierto, lo acaecido días atrás era una verdadera catástrofe.
Si los godos abandonaban su hogar para avanzar hacia el oeste, los alanos volvían a quedar solos frente a sus viejos enemigos.
Los hunos al este, los tervingios al oeste, y más allá la frontera de piedra y todo lo que ésta representaba.
Sólo unas horas atrás, su mayor preocupación era obtener alimento para los suyos. Beuca se sintió estúpido.
El alano lanzó una última mirada al cuerpo de Hildibaldo y se puso en pie.
Sentía lástima por él, pero también algo parecido a la envidia, pues el fin de su sufrimiento estaba ya próximo.
Hacía mucho tiempo que sabía lo que debía hacerse, pero hasta ese momento había deseado que su pueblo se volviera a enfrentar con sus antiguos enemigos en un momento en el que se supieran poderosos, no como entonces. Sin embargo, la hora había llegado.
–Safrax, te quedarás junto a Amage y ocuparás mi lugar.
A partir de mañana, todos serán hombres.
Dejaré contigo a Akkal y a media docena de guerreros, pues no puedo prescindir de nadie más.
Si no hemos vuelto en siete jornadas, partid hacia las montañas, al oeste, y seguid a los greutungos allá donde ellos vayan.