Capítulo IV #3
–El pelo. Cúbretelo –le susurró. El joven se echó la tela con presteza sobre la cabeza.
Beuca alargó el brazo para tomar un trozo de carne del envoltorio de hojas que descansaba sobre los cuartos traseros de la montura de su nieto.
Masticó con fuerza, lamentando contar sólo con unas pocas muelas.
«Soy un anciano», se dijo, «de ser uno de estos carpos, estaría más cómodo alimentándome con leche recién ordeñada».
Pero no era un carpo, era un alano, y, como los dioses no habían tenido a bien llevárselo antes, seguiría peleando, espada en mano, hasta el día final.
* * *
Asaltaron otros dos poblados antes de darse por satisfechos.
Sólo tuvieron que lamentar algunas heridas leves; dos hombres volvían sobre parihuelas atadas a sus propios caballos, pero se recuperarían con unos vendajes y algo de descanso.
Los seguían una reata de animales de granja y las monturas de refresco cargadas hasta los topes de grano, forraje, verduras y cuantos enseres de valor habían encontrado durante el pillaje.
–Muchacho, has demostrado ser un hombre de verdad. –Beuca dedicó un leve pero satisfecho asentimiento a Safrax.
El joven le devolvió el gesto, agradecido.
Sí, había tenido miedo al principio; no lo reconocería, pero tampoco se avergonzaba de ello.
A medida que su caballo abandonaba la seguridad del bosque para dirigirse al primero de los asentamientos, había llegado a dudar si realmente estaba preparado.
Pero había seguido adelante, y de repente todo había sucedido muy rápido.
Los gritos de alarma, las antorchas prendiendo los techos de paja, el refulgir de las armas, el humo, la sangre.
Imposible pensar en medio de tal remolino de emociones desatadas.
A lomos de su caballo, acostumbrado a disparar una y otra vez el arco, se cobró las primeras víctimas de su vida.
No las eligió de forma consciente; sólo evitaba a los suyos, fácilmente reconocibles por las armaduras y los penachos de sus yelmos.
Una flecha, dos, tres. Pronto aquellos lugareños que no se habían rendido a tiempo yacían sin vida sobre la tierra.
Caminó como si lo hiciera entre nubes, algo mareado, sin ser consciente de si el vértigo se debía al cansancio, a la tensión, al humo de los incendios o a la extraña sensación de haber terminado para siempre con la vida de otros hombres.
Pero, si él avanzaba lentamente, con paso dubitativo, para los veteranos no había tiempo que perder.
Penetraron en las casas, las registraron y tomaron cuanto creyeron de valor, amontonándolo todo en un mismo lugar.
Mientras, los más jóvenes se hacían cargo de los habitantes, que se hacinaban en el suelo, suplicando.
Safrax se acercó a ellos, pero no se atrevió a mirarlos; por el contrario, continuó hasta el lugar donde recordaba haber disparado su primer proyectil.
Allí había un único cuerpo sobre la tierra.
El astil de la flecha sobresalía bajo la axila; habría muerto al instante aunque hubiera llevado armadura, que no era el caso.
Había elegido ese punto para hacer blanco por mero instinto.
Utilizó el extremo de hueso de su arco para voltear el cuerpo y se encontró cara a cara con un muchacho poco mayor que él.
–¡Safrax! ¡Cuidado!
La advertencia pareció llegar desde muy lejos, embotado como estaba; sin embargo, reaccionó con rapidez.
Por delante, una figura blandía un hacha, dispuesta a partirlo en dos.
Se apartó con presteza para esquivar el golpe, desechó el arco y, desenvainando la espada, golpeó con la hoja el mango de madera del hacha, obligando a su adversario a soltarla.
Para su sorpresa, cuando se disponía a atacarlo, el hombre simplemente se desplomó.
Al observarlo con más detenimiento, vio que una flecha se había enterrado profundamente en su cuello.
A pesar de que a aquel asalto habían seguido otros dos, eran los ojos vacíos del muchacho y el hacha en las manos de aquel hombre las imágenes que más se repetían en sus sueños.
–Gracias, abuelo. Hemos tenido suerte –murmuró, refiriéndose al abundante botín que transportaban.
Beuca le respondió con un bufido molesto.
–¿Suerte? Suerte tienen los campesinos si hay lluvia suficiente para que la semilla brote y calor para que grane.
Nosotros no conocemos la suerte. Nos esforzamos desde la niñez para no necesitarla nunca.
¿Dejarías tu vida en las manos de la veleidosa fortuna?
No. Tú has practicado con el arco hasta que las yemas de los dedos te sangraban, hasta que tu piel se endureció y tus músculos se fortalecieron.
Mientras, los hijos de los campesinos se limitan a trabajar la tierra y atender a los animales de granja como si fueran simples esclavos.
¿Por qué aquel muchacho murió y tú no? Porque aquí –señaló el arco– y aquí –hizo un gesto hacia la espada– reside nuestra fortuna.
La única que podemos permitirnos. No lo olvides nunca.