La frontera de piedra Capítulo IV #2
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Capítulo IV #2

Indicó al tribuno que tomara asiento en uno de los taburetes colocados frente a su escritorio, en el que pasaba largas horas leyendo toda clase de correspondencia.

En eso consistía buena parte de su trabajo mientras no estaban en campaña; todo lo relacionado con la intendencia, las notificaciones de interés en Panonia Valeria, y eventualmente también al norte del Istro, convergían irremediablemente sobre su mesa.

–Mi señor, me complace informaros de que vuestras órdenes han sido cumplidas, y ahora mismo los muchachos están siendo instalados en el campamento. Hemos conseguido reunir a medio centenar, como se nos había encomendado..., aunque debo advertiros de que son algo más jóvenes de lo que esperábamos.

–¿Más jóvenes? ¿Cuánto más jóvenes, exactamente?

–Unos pocos acaban de cumplir la decena, y otros tienen ya los catorce –reconoció el tribuno–. Pero incluso los más pequeños no lo aparentan, pues son fuertes y de buena estatura –se apresuró a añadir.

Tito Valerio asintió. Si eran de complexión robusta, complacerían igualmente al comes domesticorum equitum del emperador; que aquellos muchachos tardaran unos pocos años más en añadirse a su guardia personal no representaría un problema.

Los entregaría como un presente al emperador cuando regresara a la ciudad de forma triunfal.

El conde de caballería de Valentiniano recibiría su agradecimiento, y quizás él vería cómo su licencia, retrasada durante años debido a la inestabilidad de la frontera y la ausencia de oficiales competentes, era expedida por fin.

–Buen trabajo, tribuno. Imagino que no habrá sido misión fácil reclutar a esos salvajes. Hace tiempo que no ves a tu familia, ¿me equivoco?

Nepociano asintió. Hacía al menos tres años que no disfrutaba de un permiso.

–Pues te mereces un descanso –dijo, estampando su sello personal en el pergamino que tenía frente a él–. He aquí el permiso.

–¿Cómo están las cosas en el norte, señor? –se atrevió a preguntar Nepociano mientras su superior garabateaba sobre el documento.

–Todo lo bien que pueden estar. El emperador ha acorralado a esos cuados malnacidos y, en cuanto el tiempo lo permita, acabará con ellos, si es que antes no lo consiguen la falta de alimentos y el frío.

El año que viene todo esto habrá acabado.

–Dejó a un lado el cálamo, sopló sobre la tinta y enrolló ceremoniosamente el pliego antes de entregárselo–.

Dispones hasta el fin de la primavera para estar con los tuyos.

Ahora, ve a descansar. Mañana, antes de que marches hacia el sur, veré a esos muchachos por los que has tenido que atravesar el Istro y correr tantos peligros.

* * *

Abril del 375. En algún lugar de la estepa

El invierno resultó tan duro como Beuca había temido, y si quienes dependían de él no lamentaron más pérdidas de vidas, tanto humanas como equinas, fue sólo gracias al abundante pago que les había reportado la entrega de Goar y del resto de los muchachos.

Tras la llegada de las primeras lluvias, un nuevo fenómeno se instaló en la llanura: el viento, que parecía empeñado en soplar día y noche sin descanso. El azote constante, el sonido sibilante que producía al agitar la vegetación, irritaba a hombres y mujeres.

Zandipo advertía a quien lo quisiera escuchar que el ulular del viento que descendía de las montañas hacia el mar oriental, de no detenerse, podría llevarse con él la cordura de quienes lo escucharan.

Los jóvenes se mofaron de sus palabras; sin embargo, tras días de soportar aquel susurro infinito, las risas se atenuaron, y en los ojos de muchos empezó a reflejarse la preocupación.

El primero, su viejo amigo Beuca. Sin embargo, cuando llegó la primavera y el viento amainó, el veterano caudillo seguía en sus cabales, por lo que pensó que tal vez Zandipo sí había perdido la cabeza definitivamente.

Con el buen tiempo llegó también la primera ocasión para que Safrax siguiera a los guerreros en sus correrías.

Las reservas de comida y forraje, pese a todo, casi se habían agotado.

La nieve, que había cubierto con su manto blanco gran parte de la llanura, congelando incluso la superficie de los ríos menos caudalosos, no parecía tener prisa en dejar paso a la vegetación regresando a la vida.

El frío mantenía las semillas adormecidas; el agua las pudría; la escarcha y el granizo malograban las yemas tiernas.

Pronto no quedó más opción que acudir a las armas y dirigirse hacia el sur, con la esperanza de hacerse allí con provisiones suficientes para sobrevivir unas lunas más, hasta que la pradera verdeara.

–¿Estás seguro de que está preparado? –había preguntado Amage a Beuca la noche antes de la partida.

La mujer llevaba todo el día pensando en ello. Con Goar lejos, Safrax era su único descendiente varón. Y Beuca no soportaría una pérdida más; la pena lo embargaría hasta llevárselo a la tumba. Ella lo sabía. Sólo la presencia de Safrax parecía mantener a su esposo atado a su existencia.

Se habían acostado fuertemente abrazados, buscando ahuyentar el frío con el calor de sus cuerpos. Él no respondió ni abrió los ojos, de manera que Amage se volvió para mirarlo a la cara.

–Sé que estás despierto. ¡Llevo más de treinta años durmiendo a tu lado! Así que deja de fingir. Sé muy bien cuando algo te preocupa lo suficiente como para robarte el sueño.

–Si tan sabia eres –Beuca entreabrió los ojos con un leve gruñido–, sabrás lo que ronda en mis pensamientos.

–Lo sé. Tú mismo dispensas a tus guerreros de acompañarte en las incursiones si no tienen quien los suceda. Y, si Safrax muere, nuestro linaje desaparecerá.

–Es un hombre, Amage. Ha cumplido los diecisiete. Es grande y ágil. Es mejor cabalgando y usando el arco que yo a su edad.

–Sí, pero sigue siendo nuestro niño, el único que nos queda...

El guerrero miró con ternura el rostro de su esposa.

Le resultaba asombroso lo hermosa que era todavía, pese a que había compartido a su lado casi una eternidad.

Él, sin embargo, se encontraba cansado y viejo, tanto que sabía que ya no faltaba mucho camino por recorrer hasta que pudiera descansar para siempre.

–Quizá no tenga mucho más tiempo para cabalgar como un alano. Quizá todos hayamos desaparecido antes de que Safrax llegue a la edad con la que su padre se marchó hacia el sur. Me equivoqué con Respendial, pero no lo haré con Safrax. Luchará, pero lo hará a mi lado. Aunque sea una única vez.

–¿Y si cae? Siempre hay riesgo.

–No vamos a la batalla. Sólo pretendemos obtener comida, y nos arriesgaremos lo menos posible.

–Hasta un campesino puede acertar a desmontar a un jinete. La mala fortuna o una mala caída pueden acabar con la vida del más valiente.

–Sabes que es capaz de saltar de una montura a la otra incluso al galope. Ningún carpo cagado de miedo acabará con él.

Beuca recordó entonces cuando, años antes, había sorprendido a Safrax instruyendo a Goar en la doma y monta de los caballos. Ellos no se habían percatado, y Beuca nada les comentó, pero se había quedado sorprendido por el desparpajo de Goar sobre la cabalgadura, pese a no ser más que un mocoso.

–¿Y si la fatalidad se cruza en su camino?

–Llevamos años conviviendo con la fatalidad. Todos moriremos, tarde o temprano. Pero no será mañana. La decisión está tomada: Safrax cabalgará conmigo –habló con firmeza, y luego se inclinó para besarla en la frente–. Ahora, intenta descansar –añadió con un suspiro.

* * *

Tres días más tarde, los veintiséis hombres que comandaba Beuca llegaban a uno de los poblados situados a los pies de las grandes montañas.

Cada uno llevaba dos monturas de refresco para poder avanzar más durante cada jornada.

Apenas habían descansado un par de horas al día, las suficientes para alimentar a los caballos.

Con aquella incursión, agotarían parte de sus reservas de forraje, pero Beuca estaba convencido de que el premio merecería la pena.

Habían cabalgado hacia el suroeste, bordeando las montañas, hasta dar con un poblado de no más de un centenar de almas. Los caminos eran de tierra, y las edificaciones, simples, de madera en su gran mayoría, pero eso ya era más de lo que el joven Safrax había visto hasta entonces.

Anochecía ya cuando dejaron las monturas de refresco en un bosque cercano, al cuidado de Tasio y otro de los muchachos que, como Safrax, acompañaban por primera vez a sus mayores.

El plan consistía en aguardar hasta que el poblado durmiera para tomar cuanto encontraran de valor, principalmente comida, con la menor lucha posible.

Si tenían suerte, bastaría con repetir la operación un par de veces, y entonces podrían regresar al hogar con los caballos bien cargados.

Beuca había elegido el lugar con cuidado.

Eran pocos hombres, así que debían limitarse a asaltar pequeños asentamientos sin empalizada defensiva.

Estudiaron el enclave desde la distancia, hasta que el brillo de las teas destacó entre los edificios aquí y allá.

Después de compartir agua fresca y una magra ración de carne de ciervo ahumada, que les pareció todo un manjar, el alano hizo una seña a los suyos para que se preparasen.

Contempló de reojo a su nieto: su cabello rubio, casi blanco, como el suyo propio, resaltaba en la oscuridad.

Habían ocultado las armaduras de escamas bajo unos amplios sayos, pero tal vez Safrax habría hecho mejor en cubrirse el cabello.

Caminó hasta él, asintiendo cada vez que sus ojos se topaban con los de alguno de los suyos.