La frontera de piedra Capítulo IV
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Capítulo IV

CAPÍTULO IV

El destacamento de auxiliares enviado por Tito Valerio, prefecto de la I Adiutrix, se presentó en la pequeña ciudad de Dorustorum cinco días más tarde, y la caravana, convenientemente escoltada, regresó nuevamente a los caminos.

Un asombrado Goar estudió con detenimiento a la veintena de hombres que formaban alrededor de los carros.

Todos parecían iguales. O al menos su vestimenta y sus equipos lo eran, conformando la incómoda ilusión de ser ubicuos, de replicarse como sombras.

También llevaban túnicas similares bajo las armaduras, de escamas cosidas unas encima de otras sobre un armazón de lino o bien de anillas de metal entrelazadas entre sí, y una prenda recia y acolchada para evitar las rozaduras del metal.

Eran auxiliares montados de una de las cohortes de los alrededores de la ciudad de Brigetio, pero sus orígenes eran diversos: burgundios, francos y alamanes, principalmente, aunque todos llevaban años firmemente establecidos en territorio romano.

Sin embargo, bajo los uniformes las diferencias parecían disiparse, convirtiéndolos a ojos de Goar en una colonia de insectos, de escarabajos de relucientes caparazones, indistinguibles unos de otros.

La caravana avanzaba sin sobresaltos. No hubo más intentos de fuga por parte de Palaco y los otros, y Goar y sus compañeros simplemente caminaban, un paso tras otro, un día tras otro, dejándose llevar.

Hacía muchas jornadas que Goar había perdido toda noción del lugar donde se encontraba; si durante los primeros días intentó recordar cada arroyo, cada bosque, cada macizo de piedra, cada población, con la esperanza de saber regresar, pronto dejó de esforzarse.

Después de todo, ¿adónde pretendía volver?

Su abuelo había ordenado su marcha, y nadie se había opuesto a aquel trato.

No, no volvería a un lugar en el que no era bienvenido.

Sólo podía seguir adelante y tratar de olvidar.

Caminar y caminar junto a Fariban, Malvar y sus compañeros.

Seguían la calzada que discurría paralela al sinuoso cauce del Istro, siempre hacia el oeste, dejando atrás torres y fortines, tantos que dejaron de sorprenderse cada vez que uno nuevo se recortaba en el horizonte.

Hasta que, varias semanas de marcha después, llegaron a su destino: la provincia de Panonia Valeria.

La antigua provincia de Panonia había sido dividida en cuatro nuevas circunscripciones en época del emperador Diocleciano, ochenta años antes, durante uno de los múltiples reajustes administrativos.

Se trataba de un territorio fuertemente militarizado a causa de su situación fronteriza; cada cierto tiempo, vándalos y cuados volvían a aparecer, y debían estar preparados para ello.

Brigetio, una de las ciudades de mayor importancia en la provincia, era además hogar de la legión I Adiutrix, unidad a la que pertenecía Cayo Nepociano.

Pero, como el propio Imperio, mucho había cambiado la estructura de la legión desde que fuera creada durante el gobierno de Galba, trescientos años antes.

Parte de las conocidas como unidades limitanei , encargadas de defender las múltiples fronteras, disponía de pocos efectivos y de un territorio demasiado extenso que cubrir, con múltiples fortines a lo largo de la ribera del río.

Con no más de un millar de hombres, se apoyaba en diversas cohortes de auxiliares con oficiales que dependían directamente del prefecto, cuya sede se encontraba en el campamento militar junto al que la ciudad, la cannaba , había crecido como lo harían los hongos sobre un tronco podrido.

Ese día se había desatado tal vendaval que caminaban embozados en sus sayos, sin apenas ver lo que se encontraba delante de sus ojos.

Sólo cuando atravesaron la primera de las necrópolis, al este de la ciudad, el viento pareció remitir, pero al momento comenzaron a notar una lluvia pertinaz que pronto se convirtió en granizo.

Los soldados protestaron, y quienes los tenían a mano se cubrieron con sus escudos.

Con los ojos medio cerrados y la tela cubriéndole casi todo el cuerpo, Goar sólo se dio cuenta de que había llegado a la ciudad cuando tropezó contra el primer muro de piedra.

Hacía muchas generaciones que Brigetio era un animado burgo en el que convivían miles de personas.

En un primer momento, se había llenado de mujeres, de los hijos que éstas tenían con los soldados y de mercaderes que buscaban quedarse con parte de las ganancias de los militares; pero hacía ya mucho tiempo que había dado paso a una verdadera ciudad romana.

Panonia podía ser una región fronteriza, pero no era menos cierto que en aquel lugar habían nacido, y se habían curtido, varios emperadores.

Nepociano suspiró con alivio cuando entraron en la fortificación en la que vivía desde hacía ocho años.

Nacido en Sirmium, ciudad de la vecina Panonia Segunda, en el seno de una familia de tradición militar, su padre ya había servido en las legiones, así como también su abuelo, signifer en época de Constantino.

Como muchos otros muchachos, su ascendente había decidido por él, y no había tenido más remedio que continuar con la carrera de su progenitor.

El Imperio requería constantemente hombres con los que reponer sus castigadas filas, así que los hijos de quienes habían prestado servicio al emperador en el pasado prácticamente no tenían otra opción.

Mas Nepociano había tenido suerte: no le disgustaba la vida castrense, y, como su padre conocía a algunos de los cargos administrativos más relevantes de la provincia, había podido iniciar su carrera en el estado mayor de la I Adiutrix, acantonada muy cerca de su hogar.

–Vaya, ¡el tribuno ha vuelto! –lo saludó Marcial, centenario de la legión.

Nepociano se retiró la tela del rostro y caminó hacia su compañero, al que agarró del antebrazo antes de abrazarlo.

–¿Me has echado de menos, carcamal? Pensé que esos cuados cabrones acabarían contigo mientras no me tenías a tu lado para protegerte –se mofó.

Marcial lo golpeó en el hombro. De baja estatura y robusto, tenía la piel curtida y el mentón siempre cubierto por una incipiente barba rasposa, aunque se hubiera afeitado al alba.

–He aconsejado al prefecto que permaneciéramos a este lado del río para que, cuando te dignaras a regresar, todavía quedara alguno de esos cabrones por matar. Joder, ¡casi parece que has tenido que llegar hasta el mismísimo Hades para traer a esa reata de críos!

Nepociano se echó a reír, contento por regresar a sus obligaciones, a la rutina; por dejar atrás aquel largo y extraño viaje en el que había pisado tierras que muy pocos llegarían a ver jamás: tierras sin calzadas, casi sin edificaciones que merecieran tal nombre, por donde avanzabas una jornada tras otra sin alcanzar a ver más que el verde de la pradera y el azul del cielo.

Aquel escenario se le representaba como el fin de una civilización por la que los suyos llevaban luchando incontables generaciones.

Más allá del limes , todo era primitivo, peligroso, traicionero...

, aunque quizá no más que las calles de una gran ciudad a la caída del sol.

El tribuno hizo señas a Trebonio y a los auxiliares de la caravana para que instalaran a los alanos.

Sólo cuando éstos se hubieron perdido entre los edificios, Nepociano, tomando a Marcial del brazo, marchó en dirección al pretorio.

Situado en el centro del enorme campamento, había sido construido para albergar y proteger a más de cinco mil hombres, por más que en aquel momento sólo sirviera de hogar para la décima parte; casi la mitad de quienes servían en la I Adiutrix se encontraban al otro lado del río, en campaña.

Una vez allí, Nepociano se quitó el capote. El agua se escurrió por los pliegues de la capa engrasada y formó un charco alrededor de sus ya anegadas botas.

–Mierda –exclamó mientras se descalzaba, y se acercó al fuego para secarse.

A un aviso de Marcial, un secretario partió raudo a poner sobre aviso al prefecto del regreso de Nepociano.

Entretanto, un esclavo lo proveyó de ropa seca y le sirvió un generoso vaso de vino caliente y especiado con el que templar el estómago.

Le bastó un sorbo para sentir que había vuelto realmente a la civilización.

No tardó el secretario en volver a paso vivo; Tito Valerio Flaco quería verlo.

El tribuno rodeó el vaso de cerámica con las manos un instante más, disfrutando del agradable calor, y luego se puso en camino.

Ni siquiera allí los sencillos placeres de la vida podían paladearse demasiado rato sin que las obligaciones lo reclamaran.

Tito Valerio Flaco, prefecto de la I Adiutrix, a sus cuarenta y nueve años llevaba más de veinticinco en las legiones.

Hijo de un importante senador galo, había nacido en Lugdunum, donde aún tenía a su familia y donde esperaba retornar más pronto que tarde, una vez lo liberaran de sus responsabilidades castrenses.

En sus años de servicio había visto morir a dos emperadores, Juliano y Jovino, antes de servir al tercero: Flavio Valentiniano.

A su modo de ver, sólo con este último el Imperio había conseguido cierta estabilidad.

Con igual empuje que Juliano, había demostrado, sin embargo, un pragmatismo del que aquél no había sabido hacer gala.

Tras mucho tiempo guerreando sin descanso contra cuados y alamanes al norte de la ciudad, por fin parecía que la campaña estaba a punto de finalizar.

El augusto, al mando de varias legiones comitatenses y vexiliaciones de unidades limitanei , como parte de la I Adiutrix, había conseguido derrotar a los bárbaros en varias ocasiones, y era sólo cuestión de tiempo que se rindieran.

Una vez esto fuera realidad, retornaría a la orilla sur del Istro, y ellos tendrían el privilegio de recibirlo en Brigetio.

–Cayo Nepociano, celebro tu regreso –anunció Tito Valerio.