La frontera de piedra Capítulo III #3
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Capítulo III #3

Junto al tribuno destacaba la presencia de un individuo ya maduro, ataviado con armadura completa de escamas relucientes.

Se recogía la capa de color granate sobre el hombro derecho con un llamativo adorno plateado.

Su aspecto sorprendió a Goar, pues presentaba una estampa algo diferente a la que el joven alano había empezado a asociar a quienes habitaban más allá del gran río.

Llevaba el cabello corto, pero era rubio, muy similar al suyo; además, sus ojos eran verdes, también como los suyos.

Volvió la vista hacia los demás: un joven de la edad de su primo Safrax y otros cuatro guerreros que, apostados junto a la puerta, eran los únicos que portaban yelmo y escudo.

Los primeros eran amplios, con protecciones para la nariz, nuca y carrilleras; los segundos, ovalados y de un tono azul oscuro sobre el que destacaban unos símbolos desconocidos para él.

–Mi señor Flavio Constancio –comenzó a hablar Torcuato, adelantándose–, éstos son los muchachos de los que os han hablado.

Goar, que entendía parte de lo que decía, decidió prestar atención, pues se percató de que el guerrero rubio, de ojos verdes y rostro pétreo, se disponía a responder. Sin embargo, aquél no se dirigió al mercader, sino a ellos, y lo hizo en una lengua muy similar a la propia.

–Os saludo, hijos de la estepa.

Una breve sonrisa cruzó su semblante al ver la sorpresa con la que fueron acogidas sus palabras.

Se volvió e hizo una seña al joven que lo acompañaba para que se situara a su lado, de manera que Goar pudo observarlo bien.

De rostro amplio y agraciado, vestía una túnica de color vivo parcheada de granate aquí y allá y una capa de corte similar a la del veterano.

Su cabello lucía repeinado, corto y brillante, impregnado con algún tipo de ungüento aceitoso.

Visto así, parecía romano, hasta que uno reparaba en sus ojos verdes y el evidente parecido con el otro hombre, probablemente su progenitor.

–Hijo mío –confirmó sus sospechas Flavio Constancio–, tienes ante ti a los mejores jinetes que nunca conocerás.

Ni siquiera los persas pueden compararse, a mi modo de ver, con sármatas y alanos.

Cuando sean hombres, ganarán batallas para nosotros, pues ningún ejército prospera de verdad despreciando a la caballería.

El joven romano asintió. Estudiaba con interés a aquellos muchachos pobremente vestidos, de cabellos largos y desgreñados, y pronto se dio cuenta del escrutinio al que lo sometía Goar. Fijó entonces la mirada en él, tratando de imaginar en qué clase de guerrero podría convertirse en un futuro.

–Entonces, ¿no están en venta, Torcuato? –inquirió Constancio–. Puedo pagar bien.

Nepociano se apresuró a intervenir, agitando las manos.

–No, no, señor. Lo lamento, pero la respuesta sigue siendo no.

No deseaba enemistarse con Flavio Constancio, tribuno de la Schola Scutariorum Clibanariorum de Oriente, pero aquello estaba fuera de toda discusión. El hijo, Flavio Estilicón, al ver su apuro, esbozó una sonrisa.

–Di un precio –insistió Flavio Constancio–. Sabes que no es de dinero o influencias de lo que carezco, y me interesan mucho estos muchachos. Me conformaría con una docena.

Torcuato miró de soslayo a Nepociano. Agradecía que estuviera a su lado, pues así debía ser él quien diera largas a alguien tan importante como aquel vándalo que hacía ya muchos años que había entrado al servicio del Imperio. De ese modo no se vería en la tesitura de elegir entre ambos postores.

Cayo Nepociano apretó los labios. A pesar de que el vándalo ostentaba un importante puesto como jefe de las scholae palatinas, las unidades de élite del emperador Valente, todavía había hombres por encima de él; y era precisamente uno de ellos el que había auspiciado aquella misión.

–Lamento no poder complaceros, mi señor Constancio, pero debo llevar a estos muchachos a Brigetio con diligencia.

Sólo nos hemos detenido unos días en espera del salvoconducto y de la escolta que debe enviarnos Tito Valerio.

Los hombres que nos acompañaron a tierras bárbaras eran mercenarios, y su servicio ha terminado ya.

No quiero aventurarme hacia el oeste sin la escolta adecuada; no en estos tiempos.

Flavio Constancio ladeó la cabeza, contrariado.

–Me extrañó verte aquí, tan lejos de tu puesto, Cayo Nepociano. Debí darme cuenta de que se trataba de algo importante, si tú estabas involucrado. ¿Qué está tramando el bueno de Tito Valerio?

–El prefecto me ha enviado siguiendo órdenes de Flavio Merobaudes, maestro de caballería del emperador Valentiniano.

Éste ha creído oportuno comenzar a reclutar a jóvenes bárbaros para instruirlos lejos de la brutalidad de sus salvajes padres.

Todos alanos de pura cepa; nada de alamanes o cuados, brutos y traidores, poco dignos de fiar.

En el futuro formarán una unidad muy útil para el emperador.

Estilicón hizo un leve gesto para señalar a su padre algo que había llamado su atención. Junto al jergón de Goar descansaba la vaina de su scrama , la antigua espada de su padre; no así el arma, que había sido confiscada.

–Pues yo diría que os habéis traído al menos a un vándalo entre los alanos –afirmó, reconociendo la factura de aquel objeto.

Nepociano dio un respingo. Constancio ya se acercaba a Goar y se agachó a su lado para tomar la vaina en sus manos.

–¿Esto es tuyo, muchacho? –preguntó en la lengua de sus padres, para desconcierto del chico–. ¿Cómo te llamas? ¿Eres alano? –probó de nuevo en la lengua de éstos, al ver la incomprensión reflejada en su semblante.

–Me llamo Goar, y soy alano por parte de madre.

Mi padre era vándalo. Pero nunca lo conocí –explicó en voz baja.

No podía despegar los ojos de la vaina. Los dedos de Constancio recorrían con suavidad la forma de las serpientes entrelazadas, casi con veneración.

Intentó esconder su disgusto para no contrariar al hombre, pero no podía evitar que le desagradara verla en manos de otra persona.

El vándalo se la tendió de vuelta, y él dejó de contener la respiración.

–Espero que tengas dentro de ti lo mejor de ambos pueblos, Goar, hijo de...

–De Geiseric –respondió Goar con orgullo, feliz por conocer la respuesta.

Constancio alargó la mano con gesto amistoso y le revolvió el cabello.

«Un mestizo, como mi hijo», razonó. Sólo que Flavio Estilicón, además de contar con sangre romana, ya que su madre era la hija de un acaudalado senador, también había nacido en tierras del Imperio.

Aquel nombre afloraba multitud de recuerdos enterrados en su pecho, pues así se había llamado él al otro lado de la frontera, antes de cambiárselo cuando el emperador le concedió la ciudadanía romana, tras fructíferos años de servicio.

Nepociano carraspeó, interrumpiendo sus pensamientos. A su lado, Torcuato había comenzado a hipar, fruto de la tensión, y se cubría la boca con la mano para tratar de disimularlo.

–Vuestro señor actúa inteligentemente, tal y como corresponde a alguien de su posición –dijo Constancio–. Entiendo vuestra negativa a desprenderos de uno solo de estos muchachos... Lo que no deja de ser una lástima, pues habrían representado un excelente regalo para un buen amigo mío.

–¿Hablas de Víctor, padre? –preguntó Estilicón, recordando lo mucho que había escuchado hablar a su progenitor de aquel comandante cercano al emperador Valente.

–El mismo. El mejor jinete que he conocido jamás. Desde hace unos años, su escolta personal la forman alanos exclusivamente... Y siempre es difícil conseguirlos a este lado del Istro.

Torcuato, consciente de que aquélla era su oportunidad para hacer un nuevo negocio, volvió a tomar la palabra.

–Noble Flavio Constancio, dignísimo tribuno scholae , si estáis interesado, quizá pueda encontrar algún otro muchacho más adelante... Estoy seguro de que el precio no representará problema alguno para alguien de vuestra posición...