Capítulo III #2
Goar se tambaleó unos pasos cuando abandonó la embarcación, sorprendido porque la sensación de mareo no remitía al pisar tierra de nuevo, sino más bien al contrario.
Las náuseas treparon por su garganta; sin poder evitarlo, se inclinó y vomitó cuanto había desayunado, hasta quedar vacío y dolorido.
Un sudor frío le bañó la frente, y las piernas comenzaron a temblarle.
Con un gemido, se dejó vencer y cayó de rodillas.
–Si puedo evitarlo, jamás volveré a subir en una cosa de ésas. –Oyó a su lado la voz de Malvar.
Luchó contra el embotamiento y, al abrir los ojos, se halló frente a un marinero que empuñaba un cubo repleto de agua; lo balanceó unos instantes ante su rostro, y al momento el contenido impactó sobre él. Pese a la impresión, el frescor le resultó sorprendentemente agradable.
–No sois tan fieros cuando hay agua de por medio –masculló el tipo entre dientes.
Goar sacudió la cabeza, se puso en pie y miró a su alrededor: el resto de sus compañeros recibían un trato similar.
Cuando se pusieron por fin en marcha, lo que alcanzaba a distinguir le pareció tan impresionante que casi olvidó el mareo.
Más puestos avanzados, construidos cada cierta distancia, y entre ellos torres de madera, o incluso de piedra, para asegurar que las noticias se transmitieran con rapidez y eficacia de fortificación a fortificación.
Todo grandioso, regular, ordenado; una realidad puesta al servicio de los hombres, en vez de una naturaleza agreste a la que las gentes se tuvieran que adaptar.
Fariban se mostraba especialmente fascinado por los caminos: calzadas de tierra apisonada o incluso pavimentadas con piedra, amplias y cómodas, sin vegetación ni socavones.
Se habían excavado también unas zanjas paralelas al trazado para canalizar el agua y que ésta no molestara a los caminantes, que podían avanzar con rapidez y eficacia, sin sobresaltos, sin desviarse o tener que frenar.
Las tierras de labor se extendían a ambos lados, enormes, interminables, empequeñeciéndolos aún más.
Era aquél un lugar de gigantes, donde el hombre gobernaba sobre la naturaleza, no como en la gran llanura, donde los suyos vivían al ritmo que marcaban las estaciones.
Dos jornadas más tarde llegaron a la primera ciudad que hubieran pisado jamás: Dorustorum.
Apenas vivían en ella unos pocos millares de personas y un centenar de soldados, pero los muchachos nunca habían visto tal cantidad de gente reunida en un mismo lugar ni tal profusión de edificios con tantos usos diferentes.
Acostumbrados a las tiendas de piel en la inmensidad de la llanura, el ambiente les resultaba agobiante y hasta el aire se les antojaba irrespirable, espeso, maloliente.
La gente vociferaba en las calzadas abarrotadas, los desperdicios se acumulaban a ambos lados.
Tal era la cantidad de estímulos que le saturaban la vista, el oído y el olfato que Goar sentía la cabeza a punto de estallar.
Tracia. Ése era el nombre de la provincia, y allí, como en tantos lugares de la frontera limitada por los sinuosos cauces del Istro y el Rhenus, las ciudades habían florecido a partir de los viejos campamentos legionarios levantados siglos atrás para contener el incesante ataque de los pueblos germánicos.
–¡Eh, tú, no pierdas el paso! –escuchó que le gritaba uno de los siervos.
Hacía ya tiempo que entendía la mayoría de lo que hablaban en el campamento, aunque se había guardado de dar muestras de ello.
Aun así, no era necesario conocer las palabras para comprender el gesto imperioso que las acompañó: debían continuar adelante, siempre adelante, hacia dondequiera que los llevara el destino que otros habían fijado para ellos.
La cabeza le daba vueltas. Las mujeres y los niños lo miraban con una expresión mezcla de curiosidad y repulsión, escrutándolo, y él deseaba encogerse sobre sí mismo, pasar desapercibido, desaparecer. «Salvaje», oyó a su paso. Apretó los puños y continuó, pues de nada habría servido rebelarse.
Por fortuna, no tardaron mucho en llegar al que sería su nuevo alojamiento, situado en las cercanías del campamento militar de la ciudad.
Allí encontraron acomodo Torcuato, Nepociano y el compañero de éste, Trebonio.
Los sirvientes se establecieron en el exterior, los mercenarios se dispersaron tras cobrar por sus servicios, y los muchachos ocuparon el piso superior de un antiguo almacén reconvertido.
Les llevaban comida dos veces al día y dormían sobre jergones que hedían a sudor y a humedad.
Cuando alguien se quejaba de algún malestar, era atendido por un físico, no por chamanes o mujeres sabias, como estaban acostumbrados.
Nada era como en su tierra, y nada volvería a serlo en adelante.
–Es imposible descansar aquí dentro –se quejó Malvar la tercera de las noches.
Fariban asintió, removiéndose incómodo sobre el catre.
Goar tenía los ojos fijos en el techo, como si tratara de atravesarlo con la mirada para ver el firmamento.
La sensación de estar aprisionados entre aquellas cuatro paredes, cubiertos por un tejado que no dejaba pasar la luz, les resultaba angustiante.
Para Goar, las paredes parecían encogerse, y cada vez que cerraba los ojos los abría al momento para cerciorarse de que las vigas del techo no se desplomaran sobre él.
Un sonido inesperado lo hizo incorporarse. En medio de la penumbra, distinguió las sombras de los muchachos de mayor edad reunidos cerca de la única ventana que daba al exterior.
–Ellos tampoco pueden dormir –musitó Malvar, como si la idea le resultara reconfortante.
Goar no respondió. Se puso en pie y se acercó a ellos. Uno, de nombre Palaco, le dedicó una mirada furibunda.
–No hagas ruido, mocoso. ¡No querrás que nos descubran!
Goar se detuvo en seco. Junto a él, dos chicos aupaban a un tercero para que alcanzara el ventanuco; de repente, la hoja de un cuchillo refulgió en la mano de Palaco, sin que Goar acertara a ver de dónde lo había sacado. Con gesto impaciente, se lo tendió al que se aferraba a la ventana.
–¡Date prisa! –lo apremió, volviéndose hacia la puerta de la estancia, temeroso de que alguien ascendiera por la escalera.
El joven alano trabajó con ahínco en la madera, que parecía estar en mal estado debido a la humedad.
Cuando al fin logró desprender parte del entramado, tiró con fuerza para ampliar el hueco, hasta que el espacio resultó suficiente para acceder a través de él.
Ayudándose unos a otros, los alanos de mayor edad comenzaron a atravesar aquella salida improvisada, sin importarles la elevada altura.
Palaco fue el último en marcharse, no sin antes dedicar una elocuente seña a Goar para que guardara silencio.
Éste miraba la abertura con los ojos muy abiertos.
De pronto se le había aparecido una vía de escape para un destino que había creído sellado.
Una parte de él deseaba seguir a Palaco y los demás hacia la libertad, pero otra lo mantenía enraizado al suelo, paralizado por el temor.
Temor a lo desconocido, a encontrarse a solas en medio de aquella enorme ciudad, entre centenares, miles de personas, tan distintas a él, sin saber cómo moverse ni hacia dónde ir.
¿Qué hacer? ¿Buscar su propio camino, lejos de los suyos pero también de Roma, o por el contrario permanecer allí y convertirse en uno de los hombres que su abuelo le había enseñado a detestar?
En su interior se libraba una batalla entre el miedo, la resignación, el odio y el ansia de libertad.
Aún no había conseguido decidirse cuando el sonido de unos pasos lo sacó de su ensimismamiento.
–¡Rápido, Goar! –lo llamó Malvar en un susurro.
No se hizo de rogar; un par de ágiles zancadas y estuvo de nuevo en su lecho, tratando de controlar el ritmo de la respiración.
Permaneció inmóvil mientras los recién llegados recorrían el piso y reparaban en los jergones vacíos y el ventanuco roto.
Enseguida comenzaron los gritos destinados a alertar al resto de los soldados.
Un muchacho intentó incorporarse y se llevó un golpe seco, seguido de un chaparrón de insultos.
Ningún otro se atrevió a imitarlo; permanecieron allí, en los camastros, vigilados por aquellos hombres armados, mientras la búsqueda de los fugitivos se extendía por la ciudad.
A mediodía, trajeron de vuelta a dos, a los que empujaron al interior del barracón con evidentes signos de haber sido castigados: hematomas, costras sanguinolentas, ropas hechas jirones.
Un silencio pesado reinaba en la estancia, sólo roto por algún quejido lastimero.
Poco antes de que la noche se adueñara del cielo por completo, vieron entrar a un Palaco humillado y dolorido.
El cuarto de los fugitivos no regresó; se había precipitado desde un tejado y se había roto el cuello.
A partir de aquel día, las condiciones cambiaron.
Palaco y sus compañeros comenzaron a sufrir los rigores propios de un cautiverio; atados de pies y manos durante la mayor parte del día y toda la noche, recibían golpes con regularidad.
Pero la situación también empeoró para el resto: las raciones se volvieron más escasas, y la presencia de vigilantes armados en los alrededores comenzó a ser habitual a todas horas.
Cayo Nepociano no estaba para bromas. Grande era la recompensa prometida, pero también lo sería su castigo si no conseguía llevar a buen puerto el encargo de Tito Valerio Flaco, prefecto de la I Adiutrix.
Nueve días más tarde, la puerta se abrió para dar paso a una visita nada habitual: Torcuato, al que no veían desde que llegaran a la ciudad, y Nepociano, el tribuno de cabello oscuro corto y mandíbula cuadrada y bien rasurada.
Y con ellos, otra media docena de hombres vestidos de manera elegante y con espadas al cinto.