La frontera de piedra Capítulo III
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Capítulo III

CAPÍTULO III

La caravana tardó varias semanas en alcanzar su destino. Durante ese tiempo, atravesaron tierras completamente desconocidas para Goar: praderas inmensas, montañas traicioneras, bosques tupidos y ríos caudalosos. Pero, pese al paisaje cambiante, un día parecía igual al otro.

Los jóvenes alanos sólo se relacionaban con los siervos que los atendían; incluso comenzaron a aprender algunas palabras en su lengua.

Únicamente en contadas ocasiones los señores se dirigían a ellos.

El trato era frío, pero al menos no salía a relucir el látigo cuando los contrariaban, algo que sí sufrían los esclavos.

Dos lunas después de comenzar el viaje avistaron por primera vez el Istro, el río que, según Torcuato y Nepociano, tribuno de la I Adiutrix, separaba su civilización de la amalgama de bárbaros salvajes.

Nepociano había quedado satisfecho con los muchachos, seguro de que agradarían a su superior.

Satisfecho y tranquilo, pues al fin podría regresar al hogar.

Y, además, aquellos jóvenes eran alanos; nada de alamanes, cuados, vándalos, francos o burgundios, que se asentaban demasiado cerca de sus tierras y con los que cada verano se enfrentaba en alguna escaramuza, cuando no directamente en una guerra abierta que provocaba dolor y muerte en ambas orillas del Istro o del Rhenus.

La orden había sido muy clara: no instruirían a quienes en el futuro pudieran llegar a ser sus enemigos con sólo cruzar el río para reunirse con sus hermanos.

Los alanos eran, por otro lado, un pueblo valeroso, además de excelentes jinetes; los mejores no sólo entre los salvajes, sino también en todo el Imperio.

Roma carecía de jinetes como ellos, al menos en sus provincias occidentales, y él luchaba por Valentiniano, augusto de esa mitad occidental del Imperio.

Sabía que Valente, señor de Oriente, contaba con varias unidades de clibanarios y arqueros pesados a caballo a su servicio, acantonadas en Armenia y Siria.

Aquellos muchachos formaban parte de un regalo caro y extravagante, uno que sólo estaba al alcance de hombres poderosos, como aquellos que formaban el círculo de colaboradores cercanos del emperador.

Las primeras jornadas, los muchachos apenas hablaron entre ellos.

En silencio, sobrellevaban su carga de la manera más digna posible.

Se conformaban con avanzar durante horas, un día tras otro, hasta la caída del sol, momento en que, extenuados, se arrebujaban en una manta.

Cuando la claridad del astro rey volvía a asomar en el cielo, ellos amanecían con él.

Poco a poco comenzaron a dejar atrás la timidez, a la vez que sus piernas se fortalecían por el duro camino. Compartían origen, pero eran de tribus distantes, y si bien sus mayores se conocían, pues era habitual para los guerreros reunirse en asambleas o compartir cabalgadas, no así ellos.

Goar encontró su primer amigo en Fariban, de su mismo asentamiento; pero pronto Malvar comenzó a frecuentar también su compañía.

Al final de cada jornada, contemplaban el nuevo paisaje que se extendía ante sus ojos asombrados y compartían reflexiones, temores y melancolía.

Algunos afrontaban el futuro con más esperanza que otros, pero en todos los corazones se escondía un sentimiento de abandono y de pérdida que en cierta forma los unía entre sí.

El mundo que habían conocido hasta ese momento se difuminaba a sus espaldas a la misma velocidad con la que el paisaje cambiaba conforme se acercaban a la frontera de piedra.

Esa noche, habían levantado el campamento a poca distancia del gran río. Sentados sobre la hierba, se asombraban aún de la estampa que habían intuido desde la distancia antes de que cayera el sol.

–Si atravesamos ese río, no habrá marcha atrás –afirmó Goar con los ojos fijos en el ancho cauce del Istro–. Nunca volveremos a ver a los nuestros.

–Es enorme –secundó Malvar.

–Tanto que estoy seguro de que seríamos incapaces de volver a cruzarlo.

Fariban era el más joven de los tres. Tenía sólo diez años, aunque su carácter reservado y su gesto circunspecto lo hacían parecer extrañamente maduro.

De pocas palabras, permanecía siempre atento a la más mínima señal, como si se tratara de un ave de presa.

A pesar de que lo observaban, esperando su opinión, permaneció callado.

–Yo no sé nadar –confesó Malvar–. Me iría al fondo como una piedra.

Malvar, por el contrario, destacaba por su fisonomía infantil; a sus doce primaveras era muy delgado, fino como una aguja, y el más hablador.

–Incluso si supieras, te cansarías y te hundirías antes de poder llegar a la otra orilla –apostilló Goar.

–Como una piedra –repitió Malvar, fingiendo que chapoteaba.

A continuación estornudó, y una infinidad de minúsculas gotas brillaron sobre la hierba.

Habían dejado atrás los meses de verano, y el otoño ya comenzaba a notarse.

Se pasó la manga por la nariz y respondió con voz enronquecida–: He oído decir a los siervos que los romanos construyen balsas enormes, capaces de transportar a un centenar de personas, e incluso animales, entre una orilla y otra.

Goar también lo había oído, pero no era capaz de creérselo hasta que lo viera con sus propios ojos.

–No haría falta algo tan grande para nosotros tres. –Malvar se encogió de hombros–. Sólo una barca, o algo así. Nunca he navegado, pero no puede ser tan difícil, ¿verdad? Esas cosas flotan. Y no se moverán más que un caballo.

–Pero, una vez crucemos, ¿por qué querríamos volver? –Fariban los interrumpió–. Nuestras familias nos han alejado para salvarnos. Del hambre, de los hunos. Eso es lo que me dijo mi madre. Que estaremos mejor aquí.

Goar agachó la cabeza. Él deseaba creerlo, pero no podía evitar pensar que no valía la pena ser salvado si eso implicaba renunciar a todo cuanto conocía, a todo lo que había amado.

Ni aunque Amage le hubiera revelado que su linaje era impuro y que quizá ni siquiera tenía derecho a reclamar un hogar al que pertenecer.

¿Se cumpliría finalmente la terrible profecía del hechicero huno?

Si algún día lo deseaba, ¿quedaría algún lugar al que volver?

Lo ignoraba, y por mucho que pensara en ello no hallaba respuesta.

Sólo sabía que el panorama que había dejado tras de sí no era halagüeño.

La presión de los hunos se intensificaba cada vez más.

Sus vecinos godos habían sufrido varios ataques, y buena parte de ellos se habían visto obligados a adentrarse en las montañas que los separaban de Roma.

Era cuestión de tiempo que terminaran por derrotarlos o añadirlos a sus huestes, y, entonces, entre ellos y la frontera de piedra tan sólo estarían los suyos y el resto de las tribus en retirada.

Llegado ese momento, no habría hogar al que retornar.

Ni para él ni para Fariban, pero tampoco para Marval, por mucho que encontrara una barcaza con la que atravesar el río.

A la mañana siguiente, la escena que se desplegaba ante sus ojos excedía con creces cualquier cosa que su imaginación hubiera podido pergeñar.

Se acercaban, al fin, a la frontera de piedra.

Cuando estuvieron ante el primer fuerte que servía para proteger el margen septentrional del río, un recio edificio de planta cuadrada construido sobre sólidos sillares de piedra, junto al que destacaba un solitario muelle, a Goar le pareció en sí mismo una pequeña montaña.

Desayunaron su ración de avena sobre el embarcadero, mientras decenas de marineros disponían carretas y mercancías sobre la pasarela que daba acceso a las embarcaciones.

Goar no perdió detalle de la maniobra, así como tampoco del suave movimiento de las olas, que lamían una y otra vez los cascos de los barcos en su camino al mar.

Había escuchado hablar acerca de las murallas de madera con las que los pueblos vecinos se protegían de los ataques, pero nunca había imaginado que del mismo material pudieran construirse aquellas enormes casas flotantes.

Antes de hacerlos cruzar, habían cubierto los ojos de caballos y bueyes con telas, para evitar que se asustaran.

Goar, nervioso, casi deseó que hubieran hecho lo mismo con ellos cuando a mediodía les llegó el turno.

La tensión era palpable; el temor reflejado en sus rostros provocó las burlas y risas de marineros y escoltas, y la resistencia de algunos alanos, desesperados por huir hacia la seguridad del muelle, obligó a Nepociano a emplearse a fondo para mantener el orden.

Finalmente, los muchachos fueron distribuidos en los transportes y, fuertemente vigilados, se dispusieron a soltar amarras.

Tras varias órdenes a voces y un seco chasquido de cuerdas, las naves comenzaron a dejarse llevar por la corriente. Todo lo que conocían quedaba atrás.

Goar, a su pesar, temblaba de miedo. Nunca antes se había sentido tan inseguro, minúsculo y frágil como en medio de aquella inmensidad de agua, balanceándose sobre aquellos maderos inestables.

Sin embargo, esa sensación lo acompañaría muchas veces a partir de ese instante, en cada paso de la nueva vida que ahora comenzaba, una vida en la que las certezas que lo habían guiado hasta entonces se desvanecían como sombras que huyen ante la luz.

La embarcación se deslizaba con suavidad.

Nepociano, de pie en la proa de la primera nave, no pudo evitar sonreírse al contemplar a los muchachos; quietos, muy juntos, con la mirada perdida en las tablas, como evitando contemplar el río sobre el que se deslizaban.

A sus ojos, era como si Medusa, aquel monstruo legendario capaz de convertir en piedra a quien la mirara, hubiera desplegado ante los alanos sus cabellos de serpiente.

Sin embargo, su buen humor casi desapareció al llegar a la otra orilla: los alanos parecían incapaces de reaccionar.