La frontera de piedra Capítulo II #4
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Capítulo II #4

–No tienes la culpa. Y ella, tampoco. Nunca repetimos aquella profecía, pues no deseábamos que su eco nos debilitara. Pero Beuca jamás la ha podido olvidar.

–Háblame sobre mi padre –pidió Goar.

–Es una historia triste –advirtió Amage.

–Quiero escucharla. Por favor.

–Dos años antes de que nacieras, nuestro pueblo sufrió el ataque de unos bandidos.

Surgieron de la nada y se llevaron consigo algunas cabezas de ganado y a varias jóvenes, entre ellas a tu madre.

Nuestros jinetes, con tu abuelo a la cabeza, las buscaron sin descanso durante lunas, hasta que no nos quedó más remedio que asumir que las habíamos perdido para siempre.

Los dioses castigaban a Beuca con dureza, y los hombres comenzaban a cuchichear a su espalda recordando las palabras del chamán huno.

Fueron tiempos convulsos; pero tu abuelo era fuerte entonces, más que ahora, y supo imponerse a quienes dudaban de su liderazgo.

Sin embargo, un año más tarde, Leda reapareció.

Cuando me avisaron de su llegada, casi no podía creerlo.

Había vuelto con nosotros, tan hermosa como siempre, como si jamás se hubiera marchado.

Descabalgó con agilidad de su montura y abrió los brazos hacia mí.

Sólo al abrazarla me percaté de su incipiente preñez...

Estaba encinta, y tú eras el regalo con el que acudía a nuestro lado.

–¿Era mi padre uno de los bandidos? –se horrorizó el muchacho.

–No, Goar. Tu padre la ayudó a escapar de aquellos malnacidos. Triunfó donde tu abuelo fracasó. Dos de sus hombres de confianza la acompañaban; eran vándalos, miembros de una tribu que habita al noroeste, a bastante distancia de aquí. Portaban unos escudos con serpientes verdes sobre fondo oscuro.

–Vándalos –murmuró el chico.

–Geiseric. Ése era el nombre de tu padre.

–¿Por qué no vino con ella?

–Era un hombre poderoso, casado con una mujer noble.

Se enamoró en verdad de tu madre, fascinado por el valor que había demostrado durante la lucha contra los bandidos, y la conservó a su lado.

Pero, cuando se quedó embarazada, la envidia de su esposa, incapaz de engendrar, se despertó, por lo que hizo jurar a aquellos dos hombres que la pondrían a salvo antes de que fuera demasiado tarde.

Él sabía que, cuando falleciera, su pérdida desataría una lucha de poder entre los suyos, y tu madre, siendo una simple esclava, tendría todas las de perder.

Tiempo después supimos que él había muerto envenenado.

–Entonces, no soy uno de... vosotros –tartamudeó Goar, casi sin creerlo.

–Lo eres, al menos en parte. Para mí siempre has sido un tesoro que llegó a nuestras vidas cuando nada esperábamos ya.

Tu abuelo, sin embargo, nunca pudo olvidar la profecía, y, cuando comprendió quién era tu padre, no atendió a las desgraciadas circunstancias que había sufrido nuestra hija.

Pobre muchacha... –suspiró–. Como si hubiera podido elegir.

–Por eso mi cabeza no... –Goar empezaba a entender algunas cosas.

–Sí, ése fue el motivo que llevó a tu abuelo a no envolverte cuando naciste –reconoció la mujer–. Pero él te aprecia, Goar. Quiero que lo recuerdes siempre. Y también quiero que, vayas a donde vayas, te lleves dos cosas contigo: la primera, la verdad que te he transmitido. La segunda...

Amage rebuscó entre sus ropas y extrajo una espada.

No era grande, como las que usaban los jinetes alanos cuando perdían su lanza, sino pequeña, poco más que un puñal, de hoja ligeramente curvada; la empuñadura estaba forrada en cuero, e igualmente de cuero era su vaina, primorosamente bordada.

En ella, por primera vez, vio la enseña que había sido de su padre: dos serpientes de ojos refulgentes enroscadas entre sí.

–Esta espada fue de Geiseric, tu padre, la misma con la que tu madre arrebató la vida a uno de los bandidos que la prendió. A partir de hoy es tuya, hijo mío; es mi segundo regalo para ti. Haz buen uso de ambos, pues es cuanto puedo ofrecerte.

Amage sacó la hoja de la funda, y el metal brilló frente a las llamas. Ensimismado como estaba observándola, Goar no se percató de que una nueva figura se detenía junto a ellos.

–Ven tú también –escuchó que su abuela se dirigía al recién llegado.

Goar alzó entonces la mirada para encontrarse con los ojos azules de Safrax. Éste, sin dudarlo, se agachó y se fundió en un abrazo con su primo.

–Te echaré de menos –dijo con voz entrecortada.

Safrax era sincero, como siempre lo era con él. Amaba a su primo, quizá tanto como éste, más pequeño, lo idolatraba a él. Para uno y para el otro, eran lo más cercano a un hermano varón que pudieran tener.

La presencia de Safrax fue suficiente para que el sordo dolor que aún anidaba en el pecho de Goar se mitigara casi por completo.

Respondió al abrazo con todas su fuerzas, y en cuanto abrió los ojos pudo ver como su abuela los miraba a ambos con ternura; hubiera asegurado que, incluso, lloraba.

Fue la primera y única vez que creyó verlo.

–Y yo a ti, hermano –respondió Goar, sintiendo los ojos humedecerse a su pesar.