Capítulo II #3
–Goar, esta situación es muy difícil para todos...
También para tu abuelo. –Amage interrumpió la protesta incipiente alzando la mano para que la dejara continuar–.
Tienes derecho a estar enfadado, pero piensa que todo nuestro pueblo depende de él, y él sólo busca la mejor solución para todos.
No conviene contrariar a los señores de la frontera de piedra.
Y, aun así, jamás habría aceptado este trato si la situación no fuera realmente desesperada.
Si te quedaras, pasarías hambre. Muchos morirían este invierno.
Si te vas, existe una oportunidad; no sólo para los que permanecerán aquí, sino también para ti.
Piensas que te repudia, pero no es así: confía en ti para llevar su nombre, y el de nuestro pueblo, más allá de la frontera de piedra, donde tantos ambicionan ir.
Te pide un sacrificio, sí, pero él también lo sufrirá...
, aunque no seas capaz de comprenderlo ahora.
–Pues espero que sufra, igual que lo hago yo. Si fuera realmente una cuestión de confianza, una oportunidad –Goar escupió la palabra con desprecio–, habría escogido a Safrax, no a mí.
–Goar, Beuca envejece, y nuestro hijo ya no está con nosotros. Safrax está destinado a ocupar su lugar más pronto que tarde. Tu abuelo no puede prescindir de él.
El muchacho utilizó la áspera manta para cubrirse de la vista de su abuela y secarse las lágrimas. Lágrimas de rabia o de angustia, o ambas.
–Beuca me odia –protestó de nuevo, obstinado.
–Eres nuestro niño, Goar, el hijo de la mujer más hermosa que haya visto nunca, y la más dulce también.
Y, aunque no has tenido la suerte de disfrutar de la compañía de tus padres, yo puedo decirte que has sido un hijo maravilloso, el mejor que cualquiera podría desear.
Eres lo único que nos queda de mi querida Leda.
Tu abuelo te aprecia..., aunque, en parte, su frialdad contigo tenga que ver con esto también –suspiró.
–¿Me culpa acaso por su muerte?
–Le recuerdas su traición.
El muchacho abrió mucho los ojos, sorprendido.
Amage parecía perdida en sus pensamientos, como si intentara ordenar las ideas antes de comenzar a hablar.
No la apremió, aturdido como estaba. A pesar de la curiosidad, tras tanto tiempo y tantas preguntas sin respuesta sobre sus padres, ahora no estaba muy seguro de desear escuchar aquella historia.
–Hace muchos años –comenzó la abuela, al cabo–, cuando todavía vivíamos en la tierra entre los dos mares, ocurrió algo que cambió nuestras vidas para siempre.
Tu madre era un poco más joven que tú hoy; su hermano, de una edad similar a la de su hijo Safrax.
Vivíamos convencidos de que los dioses nos sonreían, hasta que aparecieron esos demonios llegados desde naciente.
–Amage se estremeció–. Seres de pesadilla, tienes que creerme.
Animales, pero no como pueden serlo nuestros caballos, nobles, sino como las alimañas o los jabalíes del bosque.
En uno de los múltiples combates que asolaron nuestras tierras, tu abuelo consiguió tomar varios cautivos, entre ellos uno que provocaba aún mayor repulsión que los demás. Era su hechicero, su chamán.
–¿Un chamán? ¿Como Zandipo? –preguntó el muchacho, intrigado.
–No. Zandipo, en todo caso, sería la luz, y ese ser... la oscuridad.
Goar dio un respingo involuntario.
–¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
–Aguarda. Tu abuelo confiaba en poder canjear a aquellos prisioneros por algunos de los nuestros, capturados por sus guerreros durante las escaramuzas previas.
Pero no fue así... Pocos días después, un emisario huno se presentó en nuestras tierras y nos entregó un fardo con las cabezas de todos ellos, hombres y mujeres, sin distinción.
–¡Malditos! –se indignó Goar, interesado a su pesar–. Espero que mi abuelo les hiciera pagar por ello.
–Lo hizo. Él mismo ajustició a los hunos cautivos.
Pero, antes de que separara la cabeza del hechicero de su tronco de un golpe seco, éste habló.
El mismo sol pareció oscurecerse cuando su voz resonó como el graznido de un cuervo de mal agüero.
Todavía recuerdo cada palabra: «Hoy me arrancarás la vida.
Disfruta de tu última victoria, alano, pues mañana perderás todo cuanto amas.
Tu tierra te será arrebatada, y tus hijos no te sobrevivirán.
Vagarás por una tierra que, a tu muerte, no te reconocerá como hijo suyo.
No te acogerá, renegará de ti, como también renegarán los tuyos, pues emparentarán con otros pueblos, avergonzándose del suyo». Ésas fueron sus palabras.
Los ojos de Goar estaban muy abiertos, al igual que su boca.
–¿Y qué tiene que ver eso conmigo? –preguntó el muchacho, sin entender.
–Tu madre, Leda, unió su destino a un extranjero, Goar. Tu padre no era uno de los nuestros –explicó Amage con voz queda–. Ella hizo realidad, sin saberlo, la maldición del hechicero. Y tu abuelo jamás se lo perdonó.
–Abuela, yo...