La frontera de piedra Capítulo II #2
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Capítulo II #2

Durante el encuentro entre los cabecillas de las tribus vecinas, habían discutido acerca de la amenaza de los hunos en el este; de la escasez de alimentos, cada vez más preocupante, y de la presencia en las cercanías de una caravana de mercaderes romanos con una exigua escolta.

Attax, el caudillo de mayor renombre entre los suyos, había parlamentado con ellos, y le habían asegurado que no buscaban pendencia, sino un intercambio que podría serles de interés.

Nadie tenía a los romanos en alta estima, pero eran conscientes de que los tiempos eran duros, que los saqueos de grano y ganado no habían dado demasiados frutos, y que pronto la hambruna azotaría a niños, ancianos, mujeres y potros.

Y aquellos romanos contaban con alimentos y estaban dispuestos a negociar.

No era la primera vez que llegaban hasta allí demandando hombres y caballos para sus ejércitos, buscando nutrir sus filas: una enorme y macabra máquina ávida de vidas en la flor de la juventud.

Pagaban bien, compraban voluntades y ambiciones, y, a pesar de que Attax conocía la opinión del viejo Beuca tras la marcha de Respendial, a quien él mismo había apreciado como al mejor de los amigos, las circunstancias lo habían obligado a hacer llegar la propuesta a todos los cabecillas.

Habló con firmeza, elocuente. Había sido un año nefasto.

El ganado sufría por la falta de alimento, y aquella región no parecía capaz de producir pasto suficiente para todos los que se habían asentado en ella: alanos, sármatas, godos, vándalos y suevos al norte; alamanes, cuados y otras tantas tribus de las que desconocían sus nombres al oeste.

Demasiados pobladores, veranos duros e inviernos gélidos.

Y la necesidad, cada vez más urgente, de preparar a los guerreros para el ataque huno que intuían que se estaba gestando.

Necesitaban comida y forraje con desesperación.

Y los romanos se lo darían a cambio de apenas medio centenar de muchachos a los que llevar a sus tierras e instruirlos para servir en sus ejércitos.

Pretendían, de primeras, a chicos de entre trece y dieciséis años; pero, ante la negativa de Attax, que sabía que todas las manos que pudieran empuñar una lanza o un arco al año siguiente serían pocas, se habían conformado con aceptar a pequeños de entre diez y trece.

Muchas voces se alzaron. Ninguno deseaba que sus hijos se convirtieran en vulgares esclavos o algo peor, pues muchos eran los rumores acerca de las libertinas costumbres de los romanos.

Sin embargo, el mercader que dirigía la caravana había tomado la palabra para asegurarles que sus hijos serían tratados con respeto y que, con el tiempo, se convertirían en jinetes al servicio del Imperio.

Alabó la reputación de la caballería alana, regalando sus oídos, hasta que, empujados por la necesidad, las reticencias fueron desapareciendo.

Finalmente, habían aceptado entregar a unos cuantos muchachos de cada asentamiento, sacrificando una parte de su futuro para poder afrontar el mañana con esperanzas de sobrevivir a él.

Beuca había dudado. Odiaba todo cuanto provenía de Roma, pero ciertamente el trato resultaría beneficioso.

Garantizar la supervivencia de su pueblo era su responsabilidad.

Y debía dar ejemplo ante los demás: su propio nieto formaría parte de la comitiva, junto con otros tres muchachos de su asentamiento.

Tal vez lo más duro había sido afrontar la mirada de Amage.

Ese día, casi una luna después de la asamblea, con los ojos de su gente clavados en él, se había obligado a mantener un gesto impasible al señalar a Goar.

Enseguida, uno de sus hombres de confianza lo secundó ofreciendo al menor de sus hijos, de nombre Fariban.

Mientras aguardaban a que otros dos muchachos dieran un paso adelante, empujados por sus familias, Goar sintió crecer la ira en su interior.

Su abuelo ni siquiera se había dignado a mirarlo, y sin embargo recorría los rostros de los guerreros, exigiendo en silencio que imitaran su gesto y entregaran a uno de los suyos.

Furioso, se le cerró la garganta y tensó el cuerpo para encararse a su abuelo, que siempre le había negado su afecto y ahora lo vendía como vulgar mercancía a unos desconocidos.

Sólo el contacto de la mano de Safrax sobre su hombro frenó su impulso de gritar a aquel hombre sombrío y severo su desprecio, su dolor.

Escuchó la voz de Amage de lejos, amortiguada por los latidos de su corazón martilleándole en las sienes, y dejó escapar un gruñido de rabia, de frustración.

La comitiva romana estaba formada por más de un centenar de hombres.

Algunos iban a caballo, simples jamelgos a ojos de los alanos, y transportaban carros enormes llenos de enseres de lo más variado.

Los siervos, o esclavos, pues Goar no podía distinguir entre unos y otros, corrían como perros tras sus amos, atentos a cualquier cosa que éstos necesitaran.

Junto a ellos, había también un nutrido grupo de muchachos de fisionomía variada: altos y gráciles, pequeños y fornidos, de cabellos claros u oscuros.

Todos los caudillos habían cumplido con su parte del trato, pues el suyo era el último asentamiento que Torcuato, el mercader de Vindobona, visitaría antes de regresar a su tierra.

Por supuesto, los carros llevaban su propia escolta, formada por una treintena de hombres equipados con espadas y escudos, la mayoría con cómodos gorros de cuero en lugar de yelmos de metal y sin más protección que gruesas y coloridas telas.

Eran tipos de mirada sucia y gesto hastiado que, a ojos de Safrax, ni siquiera sabían tratar a sus caballos.

La mayoría eran, sin duda, mercenarios bien pagados por su labor.

Dos oficiales de la legión I Adiutrix, en guardia por detrás de Torcuato, eran los ojos y los oídos de quien había organizado aquella caravana.

A su lado, el intérprete godo que los había conducido hasta allí.

Goar recorría la escena con la mirada; él no había conocido hasta entonces más hombres que los que arropaban a Beuca, y todo le resultaba extraño, ridículo, desconcertante.

Torcuato le había desagradado desde que posara la vista en él.

En ese momento, su odio se repartía a partes iguales entre aquel tipo, que lo arrancaba de su hogar, y su abuelo, que lo permitía.

El mercader parecía nervioso. Tenía la frente perlada de gotas de sudor y apenas podía evitar que su voz temblara.

Estaba acostumbrado a alejarse de la frontera y a vivir entre salvajes, como los llamaba su mujer, cómodamente instalada en Vindobona, pero pocas veces había llegado tan lejos.

Sin embargo, en aquella ocasión su patrón no era un cualquiera, y el riesgo valía la pena, pues el encargo le reportaría pingües beneficios.

Dejó hablar a su sirviente godo, que tan útil le había sido desde que lo comprara años atrás cada vez que atravesaba el limes , y trató de relajarse, pese a sentir los ojos de aquel pequeño alano de mirada salvaje clavados en él.

Apoyó el peso de su cuerpo en el bastón labrado y con la mano libre se recolocó el gorro de fieltro que le ocultaba la incipiente calva.

El caudillo alano de largo cabello blanco, al que había conocido semanas atrás, hablaba en aquella lengua tan extraña a sus oídos.

Suspiró, aliviado, cuando el traductor le confirmó que había aceptado el trato.

En breve podría regresar a su hogar y recoger la generosa bolsa de monedas que su cliente le había prometido.

Los muchachos eran algo más jóvenes de lo deseado, pero ya crecerían.

Sí, el instinto le decía que el prefecto de la I Adiutrix quedaría satisfecho con ellos.

* * *

Partirían con las primeras luces del día siguiente.

Goar sabía que lo sensato sería tratar de descansar antes de emprender el largo camino, pero no se sentía capaz, como tampoco con humor para compartir lumbre con aquellos a los que pronto diría adiós.

Comió con desgana, evitando la compañía de sus primos, de su abuela y de Zandipo, los únicos que lo habían intentado consolar.

Por el contrario, buscó un rincón tranquilo y solitario, se arrebujó en una manta y contempló las hogueras, dejando que la rabia ardiera en su pecho.

Un único pensamiento lo carcomía: se sentía abandonado, repudiado por los suyos.

Incluso a las monturas malheridas se les reservaba un final más digno, pues se las acompañaba hasta morir.

–Goar.

Amage se había llegado en silencio a su lado.

–Déjame en paz.

La mujer lo contempló con tristeza. Alargó la mano para acariciarle el cabello, pero él se apartó con brusquedad.

–Márchate. Nunca me habéis querido. Ya podéis celebrar que no os volveré a molestar –masculló, dando rienda suelta a su rabia.

Ella, paciente, se sentó a su lado, extendiendo la amplia falda y alisando con la mano las arrugas de la tela.

–Eso no es verdad, y tú lo sabes. Eres mi nieto querido y siempre lo serás.

–¿Y por eso me alejáis de vuestro lado? –protestó el muchacho con un hilo de voz que sonó más desvalido que furioso.