Capítulo II
CAPÍTULO II
Esa noche compartieron cena alrededor de la lumbre de cinco grandes fogatas, sin más techo sobre sus cabezas que el cielo estrellado.
Sin embargo, no hubo risas ni canciones.
Si para las mujeres y los niños el regreso de los hombres había supuesto una inmensa alegría, ellos no compartían su felicidad.
Habían regresado todos, pero los gestos eran serios, los ceños se fruncían, graves, y los ojos permanecían en constante alerta.
Goar había corrido hacia su abuelo en cuanto lo reconoció entre los jinetes.
Pese a sus más de cincuenta inviernos, Beuca lucía como el más fiero de los guerreros.
Tanto él como su montura iban recubiertos de escamas de metal, pero, si el calor lo incomodaba, nada en su actitud lo traslucía.
No dulcificó el gesto cuando abrazó brevemente a Safrax; a Goar, por su parte, apenas le dedicó un leve asentimiento, lo mismo que a sus nietas.
Sentado junto a las brasas, el muchacho miraba a Beuca con pesar.
Era un hombre serio, siempre distante. Había sobrevivido a todos sus hijos, y aquello había agriado su carácter.
Los dos primeros varones habían fallecido siendo aún muy jóvenes, y el tercero, Respendial, el padre de Safrax, había marchado hacia el sur para servir bajo los estandartes de Roma.
Once años más tarde, nadie osaba nombrarlo en presencia de Beuca, que aseguraba que aquellos mismos hombres que se habían apoderado de sus dragones, sus ancestrales enseñas, pretendían hacer ahora lo mismo con sus hijos.
Desde entonces, siempre se había negado a aprobar la partida de más jóvenes hacia la frontera de piedra.
Leda, la madre de Goar, había fallecido durante el parto.
Pero tampoco su nombre parecía representar un buen recuerdo para el anciano.
Y la dureza de su mirada al evaluar a su nieto más joven hacía que éste se preguntara si, en cierto modo, lo culpaba de su pérdida.
Y nada sabía el pequeño sobre su padre. Así, Beuca había visto apagarse la luz de cada uno de sus hijos, para tener entonces, tan sólo, un puñado de nietos.
–Tu madre era igual de bella que las estrellas.
La voz dulce de Amage, impregnada de melancolía, se coló en los pensamientos del muchacho.
–¿Sí? –preguntó éste, distraído, sin dejar de observar a los guerreros que rodeaban a su abuelo.
–No, más aún –respondió la mujer, esbozando una sonrisa.
Goar se volvió hacia su abuela. Ya era casi una anciana, pero siempre había pensado que era hermosa.
Su cabello, del color de un campo de mies en su juventud, le caía ahora sobre los hombros blanco como la nieve que adornaba las montañas durante el invierno.
Su piel lucía suave, por más que estuviera surcada por un entramado de finas arrugas.
Goar dirigió nuevamente una mirada de envidia hacia Beuca y sus hombres.
–¿Y mi padre? –se decidió a preguntar con un hilo de voz, aunque sabía que ella evitaría el tema, como hacía siempre.
Amage permaneció en silencio un largo instante durante el que el crepitar de las llamas y el chirrido de los grillos parecieron llenar por completo el aire a su alrededor.
–Tu madre lo amaba. Eso es lo único que le importaba a ella, y es también lo único que debe importarte a ti –repuso al fin.
–A veces me pregunto cómo era. Cómo murió.
Amage lo miró con los labios apretados y suspiró.
Llegaría el día en el que las evasivas dejarían de ser suficientes para acallar la comprensible curiosidad de su nieto.
Pero aún no había llegado el tiempo de las respuestas.
Cuando Goar fuera un hombre, uno de los suyos, cuando nadie pudiera dudar ya de él, ella misma le diría la verdad.
–Ni tu abuelo ni yo lo conocimos –aseguró–. Y es un asunto del que a Beuca no le gusta hablar.
–¿Por qué? –se atrevió a insistir Goar.
–Otro día, Goar. Otro día hablaremos sobre eso. Ahora, vayamos junto a los hombres –zanjó Amage.
El muchacho, aunque molesto, no tuvo más remedio que seguir a su abuela. Y pronto se olvidó de todo, en cuanto se acercaron al cabeza del clan, cuya vista permanecía fija en su nieto favorito, Safrax.
–¡Abuelo, aquí llega Goar! –sonrió Safrax–. Se portó como un valiente. Y se habría quedado a mi lado aunque hubieran sido los hunos de Balamir quienes aparecieran por el desfiladero.
Algunos hombres asintieron, y un agradable calor ascendió por las mejillas del muchacho. Sin embargo, Beuca mantuvo el ceño fruncido.
–Si sólo pudiéramos oponer un puñado de niños ante los hunos, significaría que ha llegado el fin –murmuró entre dientes.
Beuca, como Zandipo, había vivido en carne propia la llegada de los hunos, el abandono de sus tierras, la migración hacia el oeste hasta instalarse en esos lugares que los godos greutungos, que gobernaban en la zona, no reclamaban para sí mismos.
Sin embargo, la pesadilla no había terminado.
Aquellos sanguinarios guerreros de piernas torcidas seguían amenazándolos.
Habían dejado atrás las grandes praderas, habían traicionado la memoria de sus mayores, y ni así estaban a salvo.
Desde la irrupción de los hunos, todo había cambiado para ellos, hasta la forma de entender y hacer la guerra.
No hacía tanto que su pueblo era reconocido y temido como el de los más temibles jinetes y más diestros arqueros de las llanuras.
Resultaban letales con aquellas largas lanzas que empuñaban a dos manos, sin necesidad de portar escudo alguno, pues ellos y sus monturas iban revestidos de suficiente metal como para resistir los embates enemigos.
Pero aquello también había terminado, por mucho que algunos –cada vez menos– se resistieran a creer que sus días como dominadores de la estepa habían llegado a su fin.
Sus nuevos enemigos eran igual de feroces que ellos, si no más, para desgracia de Beuca.
Y sus motivos de orgullo, sus anteriores certezas, parecían diluirse sin remisión.
Aquellos hunos que los habían expulsado de sus tierras apenas vestían protección alguna, sino más pieles y cuero prácticamente sin curtir que metal, pues confiaban ciegamente en su ligereza sobre los caballos, cuyo dominio rivalizaba con el de los propios alanos.
No se acercaban a sus enemigos ni solían entablar combate cuerpo a cuerpo; su fuerza radicaba en su velocidad, y principalmente en el arco, que usaban con maestría.
Eran armas terribles. De mayor envergadura que las que alanos o sármatas solían emplear, mucho más cortos en su mitad inferior que en la superior, podían ser usados desde las monturas con increíble precisión, y la potencia con la que expelían los proyectiles les permitía acabar con la vida de un guerrero revestido de armadura a más de un centenar de pasos de distancia.
Cuando Zandipo narraba estas batallas, los muchachos pensaban que exageraba; sin embargo, Beuca sabía que no era así, para desgracia de todos ellos.
La aparición de tan terrible arma estaba cambiando la forma de luchar de los alanos, perfeccionada durante generaciones.
Algunos, fundamentalmente los más jóvenes, comenzaban a cambiar las antiguas protecciones de metal por otras más ligeras, de cuero o de hueso.
Nada harían contra las flechas hunas, pero al menos ganarían velocidad a lomos de sus monturas y serían así blancos menos predecibles.
El mundo que Beuca había conocido parecía escurrírsele sin remisión entre las manos ajadas.
Primero había perdido a sus hijos y, si él mismo no lo impedía, en poco tiempo perdería a sus nietos.
Al principio, lo había invadido la pena; después, la rabia.
Había preguntado a los dioses el motivo por el que permitían que los padres sobrevivieran a los hijos, pero no había obtenido respuesta.
Quizá les habían dado la espalda por abandonar las tierras de sus ancestros.
Nada percibía al enterrar su espada en la tierra y verter su sangre sobre ella; nada más allá del rumor de la brisa y el silencio de la llanura.
Su fe vacilaba, mientras que la magia oscura de los hechiceros hunos parecía extenderse por el mar de hierba como una sombra devorando a la luz.
Sólo quedaban el vacío y la vergüenza de la huida permanente.
Centró por fin la mirada en su nieto menor, luchando por tragarse la bilis que le trepaba por la garganta cada vez que recordaba la traición de su amada Leda.
–La sangre de mi hija corre por sus venas y, por tanto, la mía propia –aseveró, lo que provocó que algunos hombres golpearan la tierra con los puños en señal de asentimiento.
El muchacho los miró agradecido; rostros duros, cabellos largos, en su mayoría rubios, como también las frondosas barbas y bigotes que durante la batalla quedaban por debajo de aquellos cascos de metal rematados por penachos de crin de caballo.
Los ojos de Beuca fueron de los de Safrax a los de Goar, e indicó al pequeño que tomara asiento junto a su primo.
–Goar –el viejo caudillo apretó los dientes–, es necesario que sepas lo que va a acontecer en los próximos días, pues es muy probable que debas abandonarnos –soltó al fin sin ambages–.
Esta decisión no ha sido fácil, pero lo hago por tu bien y el de nuestro pueblo.
Los dioses quieran que nunca te enfrentes a una encrucijada así.
Su nieto lo contempló sin comprender, con los ojos muy abiertos. Beuca, por su parte, perdió la mirada en el fuego. No añadió nada más.
* * *
Tres semanas tardó la comitiva de Roma en llegar.
Tres largas semanas en las que el humor de Beuca fue sombrío, con la conciencia acosada por las dudas y la culpabilidad.
Goar lo evitaba, dolido, incrédulo, hosco, reprochándole con la mirada lo que sentía como una traición.
El viejo caudillo sabía que su decisión no había sido bien acogida en el poblado.
Pero era algo que debía hacerse, por el bien de todos.