La frontera de piedra Capítulo I #3
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Capítulo I #3

Goar estudió con detenimiento el rostro de su primo, tan diferente al suyo: si Safrax era de cabellos rubios extremadamente claros, los de Goar, en cambio, eran del color de la cebada madura; los ojos del primero eran azules, ligeramente rasgados, cuando los suyos eran del verde de las aceitunas.

Pero nada de aquello importaba a Goar en comparación con lo diferentes que eran sus cabezas.

En el caso de Safrax, siguiendo la costumbre para los alanos recién nacidos, sobre todo de noble cuna, le habían envuelto el cráneo en lienzos cuidadosamente colocados hasta conseguir aquella forma tan peculiar.

Sin embargo, no habían hecho tal cosa con Goar, y su cabeza lucía igual que la de los extranjeros de tantos lugares que, de vez en cuando, se dejaban ver por sus tierras.

Nadie había perdido el tiempo en moldear sus tiernos huesos cuando nació.

Su madre había fallecido al poco de traerlo al mundo, y su padre, antes aún; o eso, al menos, era lo que le habían dicho.

En tales circunstancias, nadie se había preocupado por él.

El lugar de sus padres desaparecidos fue ocupado por sus abuelos, Beuca y Amage, pero el primero apenas le prestaba atención, siempre atareado, pues el futuro de las gentes con las que compartían camino dependía en buena parte de él.

Así que durante la infancia sólo había contado con su adorada abuela.

El familiar temblor que avisaba a los oídos atentos de que se acercaban hombres a caballo pronto lo sacó de su ensimismamiento.

Safrax no aguardó más: descendió a saltos entre las rocas hacia donde se hallaban las mujeres, con tal habilidad que más pareciera un carnero que un muchacho.

En cuanto quedó a la vista, comenzó a hacerles señas para que se resguardaran en el cañón, pues allí estarían a cubierto y podrían huir por el desfiladero en caso de que fuera necesario.

Pocos minutos después, la media docena de jóvenes que permanecían en el asentamiento llegaron hasta él corriendo y comenzaron a encordar los arcos con manos temblorosas.

Goar los observó desde la distancia, y al deseo de tener el cráneo elegantemente moldeado como la mayoría de aquellos muchachos se unió el de ser mayor y poder sujetar un arma de verdad, no sólo el simple arco de caza que había dejado en el campamento.

El viejo Zandipo solía decir que el tacto de los arcos de madera y hueso era tan suave como el de la piel de una mujer, aunque Goar tenía mucho más interés en acariciar una de aquellas armas que en comprobar la verdad de sus palabras.

–Tasio, Freulis, a la colina –susurró Safrax, señalando el lugar en el que debían apostarse.

Tomó el arco que le ofrecía uno de sus compañeros y desanudó la cuerda con la que se recogía el cabello para encordarlo con ella.

Siempre era así: los arcos de alanos y sármatas permanecían sin cuerda hasta que debían ser utilizados, bien para cazar, bien para repartir la muerte entre sus enemigos, porque de lo contrario la presión constante de la estructura sobre la tripa o el tendón de animal podía provocar que ésta perdiera potencia en el momento deseado.

Y sin potencia no hay flecha que atraviese la correosa musculatura de un jabalí ni la armadura de un jinete.

Los ágiles dedos de Safrax anudaron enseguida uno de los extremos, e, inclinándose sobre la madera, flexible, enganchó la cuerda en la otra punta de hueso.

Goar había visto cómo lo hacía una y otra vez: de forma mecánica, sin pensar, un gesto tan natural como respirar o colocar una pierna delante de la otra al caminar.

Sólo cuando el arco estuvo preparado, Safrax miró hacia atrás, y vio a su primo a medio camino entre él y las mujeres que comenzaban a resguardarse tras las rocas.

–Goar, ve con ellas –le indicó sin elevar la voz.

El pequeño lo escuchó, pero sus pies se negaron a obedecerlo; sintió que se enraizaban en el suelo, como si de un raquítico arbusto se tratara, dejándolo allí, plantado, en aquella tierra de nadie.

–No –murmuró.

–Ve con las mujeres –repitió Safrax con gesto impaciente.

–Dame un arco. Sabes que puedo acertar a una liebre a medio centenar de pasos –se obstinó Goar.

Safrax sacudió la cabeza. Conocía de sobra las habilidades de su primo; no en vano, había sido él mismo quien le había enseñado a utilizar el arco, como también a montar a caballo, incluso antes de que su abuelo lo considerara adecuado.

Pero en aquel momento no se trataba de un juego.

Sus vidas podían estar en peligro. Y no había tiempo para discutir.

Alertado por el constante retumbar que resonaba en la distancia, Safrax se volvió de nuevo y enterró algunas flechas en el suelo.

Tomó una con delicadeza, la colocó en el arco y llevó el brazo hacia atrás para comprobar la elasticidad de la cuerda, fabricada con tendón de ciervo.

Ésta llegó hasta su hombro sin esfuerzo aparente, aunque había que ser fuerte y hábil para conseguirlo.

Pero Safrax llevaba casi seis años repitiendo aquella maniobra un día tras otro; cada jornada, lloviera, nevara o hiciera sol, montaba a caballo y disparaba el arco.

Era algo natural, tan necesario como comer, beber o respirar.

Era lo que le recordaba que estaba vivo, que era un hombre, que era un alano.

Ese mismo verano empezaría a ser considerado uno más de los guerreros de su abuelo.

Sin embargo, a su primo pequeño le quedaba aún mucho tiempo para eso; sólo acababa de iniciar el exigente camino.

El joven Goar tenía toda la vida por delante para demostrar que la sangre de Beuca corría por sus venas; siempre que no se la dejara allí, sobre las piedras de aquel camino.

–Corre, crío estúpido –musitó Safrax sin desviar la mirada del frente.

No había nadie por delante de él. Sería el primero al que vieran los jinetes que se acercaban al galope.

A su espalda, Goar temblaba. El sudor le corría por el cuello, pero afortunadamente el miedo no le había humedecido los calzones, como Zandipo aseguraba que solía suceder a los guerreros más jóvenes al entablar sus primeros combates.

El miedo dominaba a los hombres, como la furia, como el valor.

Los tres eran capaces de mantenerte con vida durante una lucha, y también de ser los culpables de la derrota.

El valor desmedido puede llevar consigo una falsa sensación de invulnerabilidad que invita a la imprudencia; la furia nos empuja a actuar sin razón ni mesura, y el miedo puede llegar a paralizar, aunque, en ocasiones, ayuda a escoger la dirección correcta.

La clave era buscar el equilibrio. Aquello siempre había intrigado a Goar, que pensaba que la cobardía era el peor de los defectos, pero Zandipo trataba de inculcarles que, si uno no permite que lo domine, el miedo puede convertirse en una virtud, así que no debían desoír la voz de la prudencia cuando tuvieran la fortuna de galopar sobre un corcel de batalla para enfrentarse a los enemigos de su pueblo.

Se agachó despacio, como si se moviera en medio de un sueño, y tomó del suelo una piedra grande e irregular. La sopesó en la mano, sudorosa pero firme, dispuesto a arrojarla hacia la primera amenaza que se concretara en el horizonte. «Estaré a la altura», se prometió.

Pronto las primeras cabalgaduras se hicieron visibles a unos cien pasos de donde estaban.

Al momento, Safrax soltó el aire en un largo suspiro y relajó el brazo.

Las robustas armaduras de metal de los jinetes relucían al sol del atardecer, y los caballos, tres veces más numerosos que los guerreros, hacían retumbar la tierra bajo sus cascos.

Eran, a las claras, alanos. Por fortuna, pues el muchacho era consciente de que si hubieran sido enemigos nada hubieran podido hacer.

No habrían podido defender a las mujeres y los niños, pero aun así tampoco hubieran eludido su responsabilidad con quienes compartían sangre y camino.

Enseguida las mujeres abandonaron sus escondrijos, y una multitud de niños comenzó a descender por las rocas. La tensión y el miedo dieron paso a una alegre algarabía.

Safrax, con un rápido movimiento, desanudó la cuerda e hizo que el arco girara entre sus dedos. A continuación, se acercó a Goar, que permanecía inmóvil a pocos pasos de él, y le propinó un buen coscorrón en la cabeza.

–Un día harás que te maten, Goar. No eres más que un crío, éste no era tu lugar.

–Todavía –replicó él, desafiante.

–Todavía –convino Safrax, entre exasperado y orgulloso.