La frontera de piedra Capítulo I #2
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Capítulo I #2

Pero Goar no se inmutó. Aún no podía acompañar a sus mayores a la batalla, pero ya no era un niño pequeño.

Hacía un año que habían comenzado a instruirlo en el uso del arco, y unos pocos más como jinete.

Sostuvo la mirada del anciano, que continuó hablando con parsimonia.

Más allá de los adornos con que Zandipo aderezara sus historias, entre sus palabras asomaba la verdad.

Aquélla era la historia reciente de su pueblo: el avance de los hunos sobre sármatas y alanos, siempre obligados a retroceder.

Y ahora, sin embargo, quizá todo cambiaría.

Porque, tras haber recorrido enormes distancias, comenzaba a ser difícil desplazarse más allá.

Poco después del nacimiento de Goar, se habían establecido muy cerca de lo que conocían como «la frontera de piedra», justo tras las montañas que proyectaban su sombra sobre las llanuras al atardecer.

Más allá corría un río de cauce demasiado ancho para sortearlo, protegido por fortalezas, ciudades y torres tanto en su extremo meridional como en el septentrional.

Si ya la corriente era de por sí una barrera casi insalvable, derrotar a los miles de guerreros que se parapetaban en la frontera suponía una hazaña impracticable.

Aquel lugar suponía un atrayente para los jóvenes alanos, sármatas y godos.

Incluso el tío de Goar, Respendial, había atendido a la llamada de la ambición, pues quienes regresaban de allí lo hacían cargados de riquezas, bien recibidas por sus servicios, bien gracias a los saqueos propios de la guerra.

El brillo del oro en las manos y el destello de orgullo en los ojos al narrar las maravillas de las que habían sido testigos animaban a otros a emprender el peligroso camino hacia el sur.

Primero habían sido los más jóvenes, ansiosos por encontrar nuevas oportunidades; luego, algunos caudillos comenzaron a entender que, si enviaban a sus huestes, podían recibir a cambio una buena suma de oro, además de todo tipo de útiles y abalorios imposibles de conseguir al otro lado de las montañas.

Otros, sin embargo, habían decidido amenazar a aquellos pueblos aliados de los romanos situados más cerca de la frontera de piedra: carpos, dacios o taifalos, y les exigían tributos en compensación por dejarlos en paz.

Después de las inevitables escaramuzas, que terminaban con unas cuantas aldeas saqueadas e incendiadas, Roma solía acceder a pagar a cambio de que permanecieran alejados, avivando la codicia de quienes lo recibían y despertando la de otros.

Mas todo esto no resultaba fácil de comprender para Goar, que sólo deseaba llegar a la edad suficiente para emular a su abuelo en la batalla.

Así que el muchacho se limitaba a enarcar las cejas cuando Zandipo afirmaba que ellos mismos eran tan responsables de la desintegración de su pueblo como la amenaza huna.

Levantando el índice al cielo, peroraba sobre la degradación moral, la avaricia de unos jóvenes que pronto sólo querrían vivir entre las riquezas y lujos vanos que ofrecía el otro lado de la frontera, olvidando a cambio a sus dioses y renunciando a sus raíces.

La verde tierra entre los dos mares se convertiría apenas en una leyenda, en un recuerdo difuso en el corazón de quienes la habían conocido.

Para el resto, el mañana oscilaría solamente entre la promesas de las riquezas de Roma, al oeste, y la oscura amenaza huna, que avanzaba inexorable desde el este.

Cuando la voz del anciano murió en la brisa de la tarde, tan sólo Goar permanecía sentado frente a él.

–Ahora que sé cómo lloran los hunos, creo que en el futuro haré lo posible por provocar su llanto –anunció el muchacho.

Zandipo esbozó una sonrisa. Apreciaba a Goar.

Aunque impetuoso, hacía gala de un gran corazón.

Le recordaba, en parte, a Beuca, pero también a Amage.

Tenía lo mejor de cada uno. Observó que el chico volvía a enfundarse la camisola, arrugando la nariz al notarla húmeda todavía, y bebía con ansia del odre que descansaba a sus pies, sin importarle que el sol hubiera caldeado el líquido.

–Estoy seguro de que lo conseguirás, muchacho. Sé que lo conseguirás –afirmó, ensanchando la sonrisa.

Goar asintió y se despidió con un gesto de la mano.

Apenas había recorrido unos pocos pasos, cuando escuchó el sonido dulce de la flauta de aliso del santón a su espalda.

Echó por un momento la vista atrás y luego continuó rumbo al arroyo, pensando en todos aquellos árboles que Zandipo había conocido en su infancia y que probablemente él nunca llegaría a ver después de varias generaciones de marcha hacia el oeste.

Envuelto en aquellas historias que aludían al pasado, no se había atrevido a preguntar sobre el presente.

Nadie les había explicado por qué los hombres habían partido hacia el este días antes, dejando al poblado prácticamente desprotegido; y tampoco nadie se había molestado en ocultar la preocupación que se reflejaba en sus rostros.

Goar podía ser aún muy joven, pero no era ningún estúpido: algo no marchaba como debería.

Apretó el paso, animado por la reconfortante visión del agua cristalina a lo lejos.

La corriente descendía desde algún lugar allende las montañas que los separaban de las tierras de Roma, y desde el invierno anterior, cuando se habían instalado allí, el caudal apenas había menguado, por lo que debía manar de un rincón muy elevado de la inalcanzable cordillera.

Cuando llegó, se encontró con una multitud de niños y mujeres que se habían aprestado a acercarse al arroyo para buscar alivio ante el sofocante calor.

Sin detenerse a pensar, apretó el paso hasta convertirlo en carrera, al tiempo que se quitaba de nuevo la camisola.

Dando voces de advertencia a las muchachas para que se apartaran de su camino, se lanzó de un salto al agua.

Pero no todas reaccionaron con prontitud, y fueron salpicadas sin compasión.

Al momento, igual que Goar las había cubierto de agua, ellas lo hicieron de insultos e improperios.

Las protestas arreciaron sobre él, y así su travesura le pareció aún más divertida; una de las chicas, irritada, pasó de las palabras a la acción y se acercó dispuesta a hundirle la cabeza bajo el agua.

Goar aguardó con el cuerpo en tensión, listo para burlarla con una finta, pero ella fue más rápida y logró sujetarlo del brazo.

Las cosas podrían haberse puesto feas para el muchacho de no haber sido por la llegada de Safrax.

Al instante, todas aquellas jovencitas olvidaron su enfado y exhibieron la mejor de sus sonrisas.

Safrax era un joven bien parecido dentro de los cánones alanos, con un cráneo ligeramente alargado bajo la frondosa cabellera rubia, que llevaba recogida con una simple cuerda.

A sus dieciséis años recién cumplidos, estaba muy cerca de que Beuca y los demás guerreros comenzaran a considerarlo un hombre, aunque no le habían permitido que los acompañara esos días.

Alto, grácil y bien proporcionado, era un soberbio jinete.

Dispuesto a meterse en el agua, se había desprendido de las botas y de la camisa de lana, y únicamente vestía los calzones de cuero de montar.

La mano de la muchacha que sostenía del brazo a Goar perdió fuerza de repente, y el chico consiguió desembarazarse de ella; trepó con agilidad por las rocas para alejarse del agua, situándose junto a su inesperado salvador, que lo miró enarcando una ceja. Luego lo señaló con gesto admonitorio.

–Goar, pequeño rufián maleducado, ¡no puedes ir por ahí molestando a todo el mundo! Discúlpate ahora mismo –exigió. Aunque su tono era firme, incluso cortante, en cuanto se volvió hacia su primo y su rostro quedó oculto para los demás, una sonrisa cómplice le asomó en los labios.

–Di a tu primo que vaya a jugar a otro lado, que nosotras no estamos para soportar a los críos –dijo una de las chicas con un mohín, los ojos fijos en los iris azulados de Safrax.

Goar pensó que había visto mirlos hambrientos observar con menor atención una sabrosa ciruela.

–Lo siento –masculló entre dientes.

Safrax lo tomó del cuello e hizo el gesto de alejarlo de allí a empellones.

Caminaron en silencio entre los cuchicheos de las mujeres, que criticaban la actitud infantil del menor de los nietos de Beuca, a la vez que reconocían la oportuna y madura intervención de Safrax.

Se alejaron corriente arriba sin dirigirse la palabra, paralelos al río, allí por donde aquél aprovechaba la pendiente para ganar velocidad.

Sólo cuando estuvieron lo suficientemente lejos, Safrax acompañó sus palabras de un guiño y una sonrisa:

–Esas antipáticas no saben divertirse –dijo, y se tendió sobre una roca plana, caliente tras haber recibido durante horas la caricia de los rayos del sol.

Goar rio a su vez. Miró hacia abajo y, aunque era imposible que desde esa distancia repararan en su gesto, o tal vez precisamente por eso, dedicó a quienes se refrescaban la más espantosa mueca que se le ocurrió.

Safrax le lanzó un puntapié, divertido, indicándole que se sentara a su lado.

Goar continuó un poco más con su travesura, pero, tras unos cuantos insultos que se llevó la brisa, terminó por hacerle caso.

La superficie de la piedra estaba demasiado caliente, y se le escapó un reniego en cuanto sus nalgas se posaron sobre ella; sin embargo, calló al instante, pues su primo, en lugar de reírse, como imaginaba que haría, se había reclinado de repente y le hacía un gesto para que guardara silencio.

Antes de que Goar fuera capaz de reaccionar, Safrax ya se encontraba en pie sobre la roca, oteando, nervioso, hacia donde hasta entonces descansaban buena parte de los suyos.

Con los músculos tensos, su gesto mostraba inquietud, centrado en buscar algún signo de peligro en la distancia.