La frontera de piedra Capítulo I
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Capítulo I

CAPÍTULO I

Tras una primavera más fresca de lo habitual, el estío había llegado al mar de hierba, y el sol lucía implacable en el cielo.

Aun así, los riachuelos seguían transportando agua en su camino hacia el mar.

Agua fresca y clara con la que abrevar a las muchas monturas que la pequeña tribu poseía.

Cada hombre en edad de combatir contaba con, al menos, cuatro, lo que daba como resultado que en cualquier mísero campamento hubiera que preocuparse por mantener a más de un centenar de equinos.

Pero en ese momento apenas había una docena en el cercado junto a las chozas: los potros, los más viejos y los más débiles.

Igualmente sólo permanecían en el lugar los hombres más jóvenes, como Safrax, o los ancianos, como Zandipo.

El resto, los más capaces para el combate, había partido hacia naciente semanas antes junto con el mayor de los tesoros que poseían aquellas gentes: sus monturas de batalla.

Algo fuera de lo normal había movido a aquellos guerreros, a los alanos de Beuca, a dejar atrás a los suyos y avanzar hacia oriente tras tanto tiempo desplazándose siempre hacia el oeste.

Había surgido de nuevo aquella amenaza que habían creído olvidada. Al principio habían sido meros rumores, pero durante las últimas lunas los rostros de preocupación cuando alguien llegaba al poblado desde el este eran cada vez más evidentes.

Las noticias corrían como el viento, incluso hasta los asentamientos más alejados: alanos, sármatas, y también entre los godos que se habían instalado junto al gran mar, que aseguraban que algunos ya habían tenido que hacer frente a aquella horda vociferante que llegaba lenta, pero inexorable, desde Oriente; como la noche oscura extendiendo su manto, apagando las estrellas que iluminaban todo el mundo conocido.

Hasta el pequeño Goar lo había comprendido.

A sus apenas once años, los días en el asentamiento se sucedían sin mayor interés desde que los guerreros se habían marchado.

Junto a otros niños, atendía desde el amanecer a los pocos caballos que pacían en los alrededores y ayudaba a las mujeres a ordeñar a los animales que los acompañaban en su continuo vagar.

Después, observaba cómo ellas despiezaban la carne de las bestias sacrificadas, y luego, con las últimas luces del día, practicaba con un pequeño arco de caza hasta el anochecer.

Una jornada igual a la otra, siempre esperando noticias desde el este.

Noticias que se hacían de rogar, para desesperación de todos.

Pero ese día, terminados sus quehaceres, pensó que hacía demasiado calor para entregarse a su pasatiempo favorito, al menos cuando no podía montar a caballo; así que dejó el arco a un lado y decidió buscar acomodo a la sombra de los altos árboles del bosquecillo que flanqueaba la aldea, allí donde Zandipo, el viejo santón, solía reunir a los muchachos de menor edad para narrarles historias y evitar así que la memoria de los suyos se diluyera en el olvido.

Goar sentía la camisola empapada en sudor, así que se la quitó y la dejó caer sin cuidado sobre la hierba amarillenta.

Con una mirada de disculpa a Zandipo, que había hecho una pausa y lo escrutaba con el ceño fruncido, molesto por la interrupción, se sentó a escuchar.

El anciano meneó la cabeza y siguió desgranando su historia con una voz que resultaba extrañamente musical pese a provenir de aquella garganta arrugada, de aquellos labios finos casi ocultos tras la frondosa barba gris.

Amage, su abuela, le decía siempre que la dulzura de su voz era lo que permitía a Zandipo comunicarse con las aves del cielo, de tal manera que éstas le revelaban si durante las jornadas siguientes la lluvia azotaría la hierba o brillaría el sol.

También los animales del bosque compartían sus secretos con él, e incluso las propias entrañas de la tierra o las tranquilas aguas de los lagos susurraban verdades a su oído.

Goar pensaba que la mayoría de aquellas historias no eran más que leyendas, pero aceptaba a su vez que representaban la conexión de la tribu con un pasado que parecía cada vez más lejano.

Los más pequeños idolatraban al santón, al menos hasta que la infancia daba paso a una incipiente madurez; entonces, la ambición de ser aceptados como hombres los llevaba a ignorarlo, e incluso a reírse abiertamente de sus excentricidades, que no dudaban en calificar como manías.

No en vano, eran muchos los que aseguraban que Zandipo, por sabio que hubiera sido en el pasado, había terminado por perder la cabeza.

Sin embargo, Amage lo respetaba profundamente, y eso, además de la amabilidad del anciano, había calado en Goar, que lo buscaba con frecuencia.

La historia de ese día, como tantas veces antes, dibujaba ante los ojos asombrados de los pequeños la extensión infinita de hierba situada entre los dos mares, el antiguo hogar de los alanos.

Zandipo hablaba de cuando él era un crío, provocando un bufido incrédulo entre los que eran incapaces de imaginarlo sin todas aquellas arrugas surcando su piel de pergamino.

Tantos y tantos años atrás, para sorpresa de los mayores, el clima pareció volverse progresivamente más frío y lluvioso, como si el invierno hubiera decidido extender su dominio durante más lunas cada vez.

Pronto, sólo la primavera pareció capaz de enfrentarse a él, sin dejar lugar para el verano o el otoño.

Los animales habían comenzado a enfermar, tanto los que les proporcionaban pieles y alimento, como sus amados caballos, incapaces de encontrar sustento en unas praderas cubiertas casi permanentemente de escarcha.

A partir de entonces, no habían tenido más remedio que comenzar un largo viaje que parecía no tener fin.

La voz de Zandipo, melancólica hasta el momento, se tornó lúgubre.

Unos jinetes fantasmagóricos se extendieron como una sombra a sus espaldas, ennegreciendo todo cuanto ellos iban dejando atrás, emponzoñándolo de forma irreversible.

Aquellos seres, mitad humanos mitad demonios, más parecieran espíritus asesinos, jinetes de otro mundo que comían y dormían sobre sus monturas e incluso amaban sobre ellas.

Figuras sin alma capaces de los crímenes más atroces, que atravesaban la gran llanura marchitando a su paso la hierba que pisaban.

Desde que aquellos seres habían aparecido, sármatas y alanos se habían visto obligados a abandonar sus tierras ancestrales, desplazándose siempre hacia el oeste, dejando atrás todo cuanto habían poseído.

No sólo sus enseres, sino también a sus muertos, las esperanzas y los sueños.

Quienes se habían negado a hacerlo habían sido arrasados u obligados a seguir a los recién llegados sujetos por pesadas cadenas.

Los más pequeños, atemorizados, mantenían los ojos fijos en Zandipo.

Éste, al percatarse, hizo una pausa y se esforzó en suavizar el semblante.

En su juventud, Zandipo nunca había temido a los hunos; al contrario, había aguardado con ansia cada enfrentamiento, sabiendo que la muerte en batalla era el único destino deseado por un alano.

Había medido su pericia con el arco y su habilidad con la espada con decenas de enemigos, y siempre había salido victorioso.

Sin embargo, la visión de los hechiceros que acompañaban a la horda todavía le provocaba escalofríos y alimentaba sus pesadillas más oscuras.

Hombres impíos, desprovistos de alma, que sacrificaban bestias y cautivos sin distinción para honrar a sus terribles dioses, que se ensañaban aplicando tormento y que extraían las vísceras de los cuerpos aún calientes para predecir el futuro.

Por las noches, Zandipo sentía las cuerdas mordiendo la carne de sus muñecas, la piedra del altar ritual fría contra la espalda desnuda, el extraño brillo que rodeaba al cuchillo pétreo al abatirse sobre su pecho.

Y lo consumía la impotencia de saberse totalmente a merced de aquellos demonios, convertido en una mera ofrenda en su sangrienta ceremonia.

Una muerte aún peor que la que el destino parecía haberle reservado al fin, lejos del hogar, consumido por el tiempo, como un caballo viejo que se postra en el suelo, cansado de llevar a su dueño a la batalla.

–Son sólo hombres, Zandipo, como tú, como yo o como mi abuelo Beuca. Si los hieres, sangran, y, si sangran lo suficiente, mueren.

La voz firme de Goar interrumpió los pensamientos del santón, que se giró hacia el muchacho. Pensó que los suyos todavía no habían sido doblegados del todo; no, al menos, mientras jóvenes como Goar o su primo Safrax estuvieran allí.

–No dirías eso si los vieras llorar.

No se debía subestimar a esos demonios. Él mismo, como otros, lo había hecho cuando aparecieron por primera vez en la pradera, y aquello había tenido unas consecuencias catastróficas.

–¿Llorar? –gruñó el chico–. Nadie que llora da miedo; sólo inspira vergüenza o lástima.

–Es que su llanto no es como el de los demás. Cuando muere uno de sus jefes, los guerreros afilan los cuchillos y se hacen cortes en las mejillas para derramar así lágrimas de sangre por su señor.

Los más pequeños se removieron, incómodos. Algunos incluso decidieron que habían tenido suficiente y abandonaron el corrillo rumbo al arroyo cercano, buscando refrescarse un poco y, quizá, encontrarse allí con sus madres, quienes aliviarían la desazón de sus corazones.